jueves, 19 de enero de 2017

En clave de #Hospitalidad: Reflexión para la Conversión de San Juan de Dios

1ª lectura:      Romanos 6,3-11
«Caminemos en una vida nueva»
Salmo:            «Oh Dios, crea en mí un corazón puro»
Evangelio:     Juan 3,1-8
«Hay que nacer del Espíritu»
Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.» Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.» Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?» Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla sonde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.»

*      Reflexión
Siempre se ha tenido en la Orden Hospitalaria esta fecha de la Conversión como el signo testimonial por excelencia de la llamada de Dios a Juan Ciudad, para que iniciara el nuevo camino trascendente hacia el Juan de Dios generoso y sacrificado en pro de los pobres y enfermos.
El día de San Sebastián (20-01-1538) Juan acude a la fiesta en la Ermita de los Mártires, en Granada, cerca de La Alhambra; en ella predica Juan de Ávila. Las palabras del sermón, cuales flechas, hieren el espíritu de Juan que, acabado el sermón, sale de la ermita dando voces, pidiendo a Dios misericordia y perdón; recorre la ciudad fuera de sí, como si hubiera perdido el juicio; la gente le sigue y le grita «¡al loco, al loco!»; en su tienda se deshace de cuanto tiene: destruye los libros profanos y regala los piadosos y objetos religiosos; incluso reparte sus ropas personales. Continúa después recorriendo las calles en parecidas circunstancias, «queriendo, desnudo, seguir al desnudo Jesucristo», hasta que, extenuado, es llevado ante el Maestro Ávila, de cuyo sermón provenía aquella locura.

Desde ese momento se inicia entre los dos santos una relación profunda que durará de por vida. Será su director espiritual. Consolado Juan, prosigue aún con continuas señales de conversión: se siente merecedor de todo desprecio; al fin, como a loco, es internado en el Hospital Real. Allí aprende  y vive la #hospitalidad

San Juan de Dios, escribía en la Primera Carta a la Duquesa de Sesa: «Si considerásemos lo grande que es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer el bien mientras pudiésemos; pues al dar nosotros, por su amor, a los pobres, lo que de Él mismo hemos recibido, nos promete el ciento por uno en la bienaventuranza. ¡Oh estupendo lucro y ganancia! ¿Quién no querrá dar lo que tiene a este bendito mercader? No hay para nosotros trato tan ventajoso. Por eso nos ruega, con los brazos abiertos, que nos convirtamos y lloremos nuestros pecados, y que hagamos caridad, primero a nuestras almas y después a los  prójimos, porque como el agua apaga el fuego, así la caridad borra el pecado» Estas mismas palabras nos podrían servir hoy a cada uno de nosotros para vivir este curso 2016-2017 en el que estamos trabajando sobre el retablo de la hospitalidad.
Si recordamos nuestro compromiso bautismal y nuestra vida cristiana no tenemos otro modelo ni medida que Jesucristo servidor y evangelizador de los pobres, el que nos muestra con su vida el corazón de Dios. Para Juan de Dios nuestra vida cristiana tiene sentido y es coherente si imitamos a Jesucristo servidor y evangelizador de los pobres, siendo fiel reflejo del amor entrañable y misericordioso del Padre.
Los santos en la misericordia: San Juan de Dios (1495-1550)[1]
Es considerado el “creador del hospital moderno”. Juan no sólo se hacía cargo de los enfermos, sino que los cuidados que ofrecía se extendían a todas las obras de misericordia. Escribía en una carta: “Son tantos los pobres que aquí llegan, que muchas veces no sé cómo pueden alimentarse, pero Jesucristo provee a todo y les da de comer, porque sólo para la leña se necesitan siete u ocho reales cada día, porque al ser la ciudad grande y muy fría, especialmente ahora en invierno, son muchos los pobres que llegan a esta casa de Dios, porque entre todos, enfermos y sanos y gente de servicio y peregrinos son más de ciento diez”.
De particular interés fue su manera de acoger y tratar a los “enfermos de mente”. Petro Bargellini escribió de él: “Aun completamente desprovisto de estudios de medicina, Juan se mostró más capaz que los mismos médicos, de modo particular en el cuidado de los enfermos mentales, inaugurando, con gran anticipación en tiempo, el método psicoanalítico y psicosomático, que sería el orgullo, cuatro siglos después, de Freud y discípulos”.
Cuando Juan quería pedir limosna para sus enfermos decía: “¿Alguien quiere hacer el bien a sí mismo? ¡Hermanos míos, por amor de Dios, haceos bien a vosotros mismos!”. No se es capaz, en efecto, de amar verdaderamente la pobreza de los demás, si primero no se descubre también la propia oculta miseria. De aquí el deber de “hacerse el bien haciéndolo a los otros”.
Conversión de nuestro padre San Juan de Dios
“... El día del bienaventurado mártir san Sebastián, en la ciudad de Granada se hacía entonces una fiesta solemne en la ermita de los Mártires... y sucedió predicar un excelente varón, maestro en teología, llamado el maestro Ávila, luz y resplandor de santidad... (Juan de Dios) oídas aquellas razones vivas de aquel varón, en que engrandecía el premio que el Señor había dado a su santo mártir, por haber padecido por su amor tantos tormentos, sacando de aquí a lo que se debía poner un cristiano por servir a su Señor y no ofenderle, y padecer a trueque de esto mil muertes; y ayudado con la gracia del Señor, que dio vida a aquellas palabras, de tal manera se le fijaron en sus entrañas y fueron a él eficaces, que luego mostraron bien su fuerza y virtud. Porque, acabado el sermón, salió de allí como fuera de sí, dando voces pidiendo a Dios misericordia... dando saltos y corriendo... hasta llegar a su posada... echó mano de los libros que tenía, y los que trataban de caballerías y cosas profanas hacíalos con las manos muchos pedazos y con los dientes, y los que eran de vidas de santos... dábalos libremente de gracia al primero que se los pedía por amor de Dios... Y así desnudo, descalzo y descaperuzado, siguió otra vez por las calles más principales de Granada dando voces, queriendo, desnudo, seguir al desnudo Iesu‑Cristo... Así, Ioan, de esta manera fue pidiendo misericordia al Señor... Fue tanto lo que de esto hacía, que visto por personas honradas..., y lo llevaron a la posada del padre Ávila... (que) le admitió por hijo de confesión desde entonces, (y lo despidió) diciéndole: ‘Hermano Ioan,... id en hora buena, con la bendición de Dios y la mía; que yo confío en el Señor que no os será negada su misericordia.”’
(Tomado de Francisco de Castro, Historia de la vida y sanctas obras de Juan de Dios, y de la institución de su Orden, y principio de su hospital. En Gómez Moreno M. San Juan de Dios. Primicias históricas suyas, Madrid 1950, p. 44.45-48)
Lo internaron en el Hospital Real como enfermo mental, donde fue tratado con la terapia usada entonces. Esta experiencia le ayudó a madurar su vocación, que expresó con estas palabras: “Iesu-Cristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo.” (Francisco de Castro, o.c., p. 52)
La experiencia de la misericordia del Padre, transformó a Juan de Dios. La memoria que hoy celebramos, anime a los Hermanos de la Orden a recordar el don de la propia vocación y a mantener la actitud de conversión que exige cada día, para hace eficaz la nueva hospitalidad.
San Juan de Dios, horno ardiente de Caridad[2]
Horno ardiente de caridad es el corazón de Juan de Dios. Su vida está revelando a las claras el ardentísimo amor de Dios que arde en su pecho. Pero hay una hora en su vida en que este
divino fuego se avivó en tal medida que abrasa su hermoso corazón. Hora memorable, de trascendencia imponderable fue aquella del día de san Sebastián, cuando el librero de Granada asiste con devota religiosidad a los solemnes cultos con que la Iglesia honraba la memoria y virtudes del ilustre Mártir Romano; hora de gracia, cuando oyendo la divina palabra caldeada en el celo encendido del Maestro Ávila, un rayo de luz celestial alumbra su alma y se enciende su corazón en las llamas de amor que el Espíritu Santo aviva.
La voz del predicador era un tubo de oro por donde el Divino Espíritu se comunicaba a los oyentes y los encendía en el fuego de la divina caridad. Juan oía la palabra y se encendía el corazón. La palabra del apóstol, cada vez más vibrante y encendida, acaba por agitar la llama, y el corazón rompe en un volcán de amor de Dios, gritando: «Misericordia, Señor, misericordia».
Las manifestaciones de amor son muchas y en su frenesí no repara medios; grita en el templo; golpea su pecho; se arroja al suelo; abofetea su rostro; y entre tanto suspira por aquel amor misericordioso que redimió al mundo del pecado. Juan quiere amar a su Dios cuanto es amable.
El amor hace locuras para granjearse el cariño del amado. Juan de Dios sale por las calles haciendo mil demostraciones de locura porque su corazón ansioso de amar más y más a Dios no halla medio más eficaz para demostrarlo. Solo él conoce qué género de locura es aquella; la muchedumbre lo ignora, por eso saliendo a su encuentro lo toma y encierra en el Hospital. Pero, ni el ardor se templa con las humillaciones; ni se enfría con los desprecios; ni es capaz su pecho de represar aquellas fuertes avenidas de amor de Dios y desprecio de sí mismo.
El espíritu de Dios se ha comunicado a Juan y todas las señales del divino espíritu se notan en él: elevación del alma, moción y enternecimiento, heridas del corazón, desarraigo y destrucción de vicios, crecimiento y arraigo de virtudes, celestial rocío de devoción, encendimiento de caridad, allegamiento a Dios del alma y de todas las facultades. El pastorcillo de Oropesa es ya un apóstol.
Juan de Dios mirando de hito en hito a Jesucristo, enamorándose de Él, encendiéndose en el fuego de su Corazón es el cuadro que falta por dibujar. En él ha de resaltar la comunicación de amor de Jesús que le convierte en el Apóstol de la caridad y en Fundador de la Orden del amor por excelencia.
El amor con todas sus delicadezas y exquisiteces, con todas sus valentías y heroísmo es, en adelante, quien informa toda la conducta de Juan de Dios. Su vida es de caridad sin límites y todo cuanto emprende va movido por ella. Se ve tan penetrado de caridad que parece su esencia misma; ver a Juan es ver la caridad viva. Cuantas hazañas virtuosas realiza en su vida, más que otra virtud resalta el amor divino: si sufre injurias, si obedece a sus directores, si ayuna con rigor y macera su cuerpo, lo mismo que si llena el hospital de pobres y toma sobre sus hombros el alivio de ellos, si hace oración, si trabaja, en vida y en muerte, el amor de Jesús es el que visiblemente campea. ¿Y cómo así? Amor y Juan son como fuego y ascua. El fuego consume al ascua y el ascua alienta al fuego. El amor abrasa a Juan y Juan da vida al amor en su corazón endiosado. Como la esposa atrae todo el amor por la  fuerza de conquista que ha obtenido sobre el corazón de su esposo, la divina caridad con quien Juan de Dios se ha desposado atrae completamente su alma; de aquí se sigue una total transformación de Juan de Dios; porque siendo Dios la caridad, según el sagrado texto, “Deus Caritas est”, Dios es Caridad, y siendo la caridad de Juan, Dios es de Juan y Juan es totalmente de Dios.


[1] Tomado de Subsidios para el Año de la Misericordia 2015-2016, Ed. BAC
[2] Tomado de Textos litúrgicos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Suplemento para la Liturgia de las Horas