miércoles, 9 de agosto de 2017

Atención pastoral en el final de la vida


Si todo creyente está implicado en el cuidado y atención al necesitado de ayuda, en cualquier momento de su vida, cuánto más al que se encuentra en un estado de vulnerabilidad, propia de la vivencia de una vida que se apaga. La atención al enfermo ha de ser integral, porque las personas somos una realidad unitaria.

La Iglesia siempre ha querido estar presente, respondiendo a la necesidad espiritual del enfermo, en el momento final de su vida.

Esta es la razón por la que la pastoral de la salud, ha de seguir privilegiando el acompañamiento al enfermo, sobre todo, al enfermo que vive el tramo final de su existencia terrena.

Este “acompañar” peculiar es el que caracteriza a la atención pastoral, ofrecida en solidaridad a quien vive su etapa final.

Pero también es una atención ofrecida como miembro de la familia eclesial, que se siente comprometida en el cuidado y atención a quienes necesitan pasar de la muerte a la vida, del miedo a la confianza en el Señor de la Vida.

Este acompañar, no siempre se ha realizado siguiendo el mismo modelo de acercamiento al enfermo, ni los mismos recursos.

Igual que la medicina evoluciona en el conocimiento de los procesos finales de las personas, y también en lo que necesita ofrecerle para que encuentre una calidad de vida confortable, así también se necesita conocer mejor al enfermo para mejorar la ayuda pastoral y renovar los métodos y recursos.

Hoy entendemos este acompañar como una “relación de ayuda”, que incluye una mínima preparación para comprender mejor al enfermo en sus dificultades y necesidades reales, propias de su estado único, y procesual, hacia un cambio que se acerca para él produciéndole temor, angustia, inestabilidad, esperanza, confianza.

La Iglesia, en sus documentos, toma conciencia de los cambios que es preciso realizar tanto en la concepción como en la realización de la asistencia pastoral, así como de la deseable cooperación entre la asistencia sanitaria y la asistencia pastoral, en el tratamiento de las necesidades espirituales y religiosas (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987; Benedicto XVI, 2008).

En este contexto, se hace necesario que las distintas instancias, facilitadoras de la salud para el enfermo, se coordinen y presten su servicio del modo más adecuado posible.

La instancia sanitaria podrá integrar la cobertura de las necesidades físico-biológicas, las psicológicas y las sociales, mientras que la instancia pastoral podrá aportar la cobertura de las necesidades espirituales y religiosas del enfermo.

1.     Implicación de la comunidad eclesial.

La dimensión pastoral del acompañamiento al enfermo, en su etapa final, ha de ser contemplada desde su vertiente implicativa. Y es que el agente de pastoral de la salud trata de actuar desde un compromiso que incluye vocación, formación y sentido de Iglesia. Esta implicación del agente con el enfermo ha de ejercerla desde su pertenencia comunitaria eclesial.

“Jesús ha confiado a su Iglesia la misión de asistir y cuidar a los enfermos, perpetuando así su mensaje de misericordia […] Todos los miembros de la Iglesia participan de su misión, si bien cada uno ha de realizarla en función del carisma recibido y del ministerio que la Iglesia le ha encomendado, pero siempre en corresponsabilidad con todos los demás para así hacer transparente el verdadero ser de la Iglesia (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 145).

Evangelizar equivale a cuidar y curar a los más débiles al tiempo que se les manifiesta el amor entrañable de Dios por los más desvalidos.

La Iglesia ha venido desarrollando, a lo largo de su tradición teológica y pastoral, todo un arte de ayudar a bien morir: incluye acompañamiento, apoyo espiritual y relación de ayuda pastoral a quienes padecen enfermedad avanzada y a sus cuidadores y familiares. Por otra parte, ha ofrecido la oración, como diálogo terapéutico con Dios. Y, ofrece especialmente la vivencia de los sacramentos de la Reconciliación, la Eucaristía en forma de Viático, y la Santa Unción.

1.1 Desde una labor humanitaria.

Las claves para la labor humanitaria del acompañamiento están en la capacidad y disponibilidad de la comunidad diocesana y parroquial para ejercer una pastoral de la acogida y de la misericordia, tratando de responder a las necesidades espirituales y religiosas del enfermo, cuando se acerca al momento final de su vida histórica.

Las dimensiones espiritual y religiosa están íntimamente relacionadas. Son diferentes, pero siempre complementarias.

La dimensión espiritual abarca, como elementos fundamentales, el mundo de los valores, la necesidad del enfermo de ser reconocido como persona, la ayuda para releer la propia vida, la pregunta por el sentido último de las cosas y de uno mismo, las opciones fundamentales de la vida y las experiencias.

En cambio, cuando los valores, las opciones fundamentales, las preguntas por el sentido, cristalizan en una relación con Dios, dentro del grupo al que pertenece como creyente y en sintonía con modos concretos de expresar la fe y las relaciones, entonces hablamos de dimensión religiosa.

La Pastoral de la salud es la acción de la Iglesia al servicio del enfermo, y forma parte integrante de su misión evangelizadora. (Departamento de Pastoral de la Salud, 2006, p. 29, 35-40).

La pastoral de la salud, en la Iglesia, está destinada, por tanto, a promover la salud de la persona y de la comunidad. Y es que el vasto mundo de la salud tiene que ver con los enfermos, con sus familias, con la comunidad y con el ambiente, e incluye los acontecimientos fundamentales desde el momento de la concepción hasta la muerte natural y los interrogantes provocados por el sufrimiento y la enfermedad. (Juan Pablo II, 1985, p. 1). Por eso, la comunidad cristiana ha de traducir su participación en una pastoral de la salud, adecuada al momento existencial del enfermo y de su familia.

Por otro lado, una Pastoral de la salud organizada, en cada comunidad parroquial y en cada hospital, necesita de un equipo de personas, preparadas para ejercer este servicio delicado.

“La pastoral de enfermos ha de ser expresión también de nuestra compasión y acogida. Hay que crear equipos que promuevan y lleven a cabo la visita a los enfermos; pues ella es el gesto de acercamiento de la comunidad al propio enfermo y de ayuda y de aliento a sus familiares” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p.48).

Se trata de un grupo de personas que se reúne periódicamente, ora, aprende a acompañar en medio de la enfermedad y ofrece la salud desde la comunidad en clave de estímulo, esperanza y servicio desinteresado, al enfermo y a su familia. Para ejercer este servicio sería muy conveniente una mínima preparación técnica (conocimiento de la relación de ayuda) y formación pastoral.

Tanto en la Parroquia como en el hospital, el compromiso de atender y acompañar a los enfermos graves y moribundos “ha de ser, hoy, una de las actividades prioritarias.” (Benedicto XVI. 2008). Para ayudar a estos enfermos, son necesarias la cercanía y la competencia, de manera que, con delicadeza, se puedan explorar, identificar, conocer y atender sus necesidades espirituales.

Por otra parte, el enfermo necesita curar sus heridas del pasado, y el agente de pastoral ha de saber aliviar, estando cercano y “percibiendo su estado de ánimo, acompañándole en silencio y permitiéndole que exprese sus sentimientos y reacciones” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 95).

También forma parte de la atención pastoral, acompañar al enfermo para orientarlo, con la delicadeza requerida, en la la elaboración del Testamento vital o “Expresión anticipada de voluntades”. Es un ejercicio de responsabilidad testimonial y un servicio de clarificación para los profesionales sanitarios y familiares que acompañarán al enfermo hasta el final de sus días.

Pero el enfermo tiene una especial necesidad de “encontrar un sentido a la vida” en medio del sufrimiento. Y el acompañamiento del agente de pastoral ha de consistir en “unirse al enfermo en la búsqueda de dicho sentido”, sin actitudes impositivas (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 96).

Atender pastoralmente a los enfermos graves supone un acompañamiento complementario a la labor de los sanitarios. Se trata de:

“La creación de grupos de voluntariado que con su presencia y actuación llenen uno de los vacíos más serios de la asistencia a los enfermos en el hospital” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 98).

La comunidad cristiana participa y se beneficia en el acontecimiento de la muerte de un creyente. La comunidad actualiza los vínculos entre sus miembros cada vez que uno de ellos se acerca al encuentro con el Padre, porque: “este encuentro del moribundo con la Fuente de la vida y del amor constituye un don que tiene valor para todos, que enriquece la comunión de todos los fieles” (Benedicto XVI, 2008).

1.2 Dimensión sacramental de la pastoral del acompañamiento al enfermo y a su familia.

La comunidad cristiana tiene una tarea muy especial. Toda ella ha de saber expresarse, como comunidad sanadora y continuadora de la Palabra que salva y del gesto que cura. Y para esta labor ha de contar, en la medida de lo posible, con el equipo de Pastoral de la Salud que ha de saber realizar eficientemente esa presencia sanadora y alentadora de la comunidad. Además de humanizar, desde la comunidad se ayudará al enfermo a “vivir el sentido pascual de la enfermedad”, a través de la reconciliación, la unción de los enfermos y la eucaristía (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 68). El agente de pastoral ha de tener en cuenta que la dimensión sacramental encuentra su sentido en el contexto de una relación fraterna con el enfermo: “La celebración sacramental ha de constituir, habitualmente, la culminación de una relación significativa con el enfermo y el resultado de un proceso de fe realizado por éste” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 69).

Esa relación, por si misma ya: “Tiene un valor casi sacramental desde la perspectiva de una Iglesia sacramento de salvación para el mundo” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 69).

Por tanto los sacramentos: “Signos que atestiguan el amor de Dios al enfermo, no deben ser ritos aislados sino gestos situados en el corazón de una presencia fraternal” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 69).

Una delicada tarea pastoral para el agente. Al ofrecer los sacramentos ha de “respetar los niveles de fe cristiana” del enfermo, así como “las etapas de su caminar en la fe para actuar gradualmente con discreción”, de tal forma que el enfermo no se sienta coaccionado, sino que encuentre la ayuda que necesita para.

“Superar los condicionamientos personales y sociales... a la hora de manifestar y celebrar su fe” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 70; Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 75).

Y en este contexto, el agente de pastoral: “Ha de discernir pastoralmente las motivaciones de los enfermos y de sus familiares y allegados al pedir, no pedir o rechazar un sacramento” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 72).

Una cuestión que el agente ha de tener en cuenta es que: “Es el enfermo quien ha de solicitar o aceptar el sacramento con plena fe y celebrarlo en las mejores condiciones activa y conscientemente” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979. p. 13).

Y el agente de pastoral, a su vez, ha de crear un clima humano que esté en sintonía con los valores proclamados por la celebración sacramental, así como ha de procurar, igualmente, que los signos sacramentales sean verdaderamente significativos. Acompañar la profunda necesidad de reconciliación:

“El agente ha de ayudar al enfermo a mirar su vida con la misma mirada del Señor, una mirada de aceptación y de perdón. Esto le permitirá sentirse aceptado y aceptarse, sentirse perdonado y perdonar a los demás, estar en paz consigo mismo y con Dios” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p.97).

En el contexto hospitalario es difícil, a veces, encontrar espacios que permitan salvaguardar la intimidad, Por eso el agente: “No ha de insistir en la integridad de la confesión, sobre todo cuando el enfermo está débil o ha de confesarse en un lugar en el que es imposible respetar el secreto” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 77).

En el hospital y en sus domicilios, algunos enfermos no pueden asistir a la Eucaristía y tienen necesidad de recibir la comunión.

Puede y debe ofrecerse la comunión a los enfermos que la soliciten, personalmente o por medio de sus familiares, procurando que la distribución requiera el carácter de una verdadera celebración de fe.

Y en este contexto, se ha de favorecer la colaboración bien organizada de ministros extraordinarios de la comunión para lograr una mejor y más personalizada celebración.

Ahora nos encontramos con una tarea pastoral difícil y delicada, porque el agente de pastoral ha de preparar para recibir el Viático, que: “Es el sacramento específico para los enfermos que viven la última fase de su existencia, marca la última etapa de la peregrinación del cristiano iniciada en su bautismo; es el sacramento del tránsito, del paso de la muerte a la vida...; es la espera iluminada por la presencia privilegiada de Cristo, del cumplimiento del misterio de la muerte y resurrección en cada uno de nosotros” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 85).

No se trata de una comunión más, ni de la última comunión. Se trata de ayudar al enfermo a vivenciar: “Una comunión en la que el enfermo, asumiendo en la fe su camino hacia la muerte como paso con Cristo hacia la vida, se pone en las manos del Padre. Por ello “debe recibirlo en plena lucidez” (Ritual de la Unión y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 79. y Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 85).

La tercera experiencia sacramental, en el contexto de la enfermedad, es la Unción de los enfermos. Hay que aclarar de inmediato que: “La unción es el sacramento específico de la enfermedad y no de la muerte, para ayudar al cristiano a vivirla conforme al sentido de la fe” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 47, 65 y 68).

También en este aspecto del acompañamiento al enfermo, el agente de pastoral ha de considerar atentamente el momento en que ha de celebrarse la Unción de enfermos, porque: “El binomio unción de los enfermos-muerte está aún vivo en la mentalidad popular y en la de muchos pastores” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 86).

Por tanto: “ha de procurar que los enfermos, gravemente afectados por su situación, reciban la Unción en el momento oportuno, es decir, cuando ellos mismos lo soliciten o pueden aceptarla con plena fe y devoción de espíritu, y evitar el riesgo de retrasar indebidamente el sacramento” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 13).

Es muy recomendable una catequesis a todos los niveles: “Pero sera poco eficaz o inútil la catequesis, si la práctica sacramental viniese a desmentirla dejando su celebración para última hora” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 66).

La Unción no es un “remedio mágico” extraordinario, ni la alternativa a una medicina limitada en sus recursos, ante la enfermedad terminal. En realidad: “Asume y estimula el deseo del enfermo de curarse dándole una significación nueva, es expresión del sentido cristiano del esfuerzo técnico y humano en bien del enfermo, es plegaria del Señor de la vida y de la muerte y signo del lo que el mismo Señor le concede al enfermo, el auxilio para vivir la enfermedad y su restablecimiento conforme al sentido de la fe” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 68-69).

El agente de pastoral ha de promover y fomentar, para los enfermos, las celebraciones comunitarias, tanto de la Penitencia, como de la Comunión y la Unción, a fin de subrayar el sentido eclesial del sacramento: “La Unción es el sacramento de la fe, es decir, expresa, suscita y robustece la fe de la Iglesia que lo celebra y, de manera especial, del enfermo que lo recibe” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 91).

2. Implicación comprometida de la comunidad civil.

La sociedad, como comunidad civil, con sus instituciones sanitarias, está llamada también a acompañar y respetar al enfermo en estado de enfermedad avanzada: “En realidad, toda la sociedad, a través de sus instituciones sanitarias y civiles, está llamada a respetar la vida y la dignidad del enfermo grave y del moribundo” (Benedicto XVI, 2008).

Por tanto, respetar la vida y la dignidad del enfermo, supone no disponer de la vida humana, ni para anticipar su final, ni para prolongarlo injustificadamente. En todo caso, corresponde al enfermo dejar constancia de cómo desea ser acompañado al final de sus días, en correspondencia con sus valores y convicciones.

La medicina paliativa es la expresión actual de la preocupación que la sociedad desarrolla en la atención y acompañamiento al enfermo, en su proceso final.

Los equipos de Cuidados Paliativos están realizando una labor muy estimable en el cuidado, la ayuda y el afrontamiento del proceso del vivir el último tramo de la vida.

“Aun conscientes de que “no es la ciencia lo que redime al hombre” (Spe salvi, 26), toda la sociedad y en particular los sectores relacionados con la ciencia médica deben expresar la solidaridad del amor, la salvaguardia y el respeto de la vida humana en todos los momentos de desarrollo terreno, sobre todo cuando se encuentra en situación de enfermedad o en su fase terminal” (Benedicto XVI, 2008).

La medicina paliativa está considerada como un equipo multidisciplinar que se aplica a ofrecer un servicio sanitario y humanitario, al enfermo y a su entorno familiar más inmediato, tratando de abordar las necesidades exploradas más significativas: “Más en concreto, se trata de asegurar a toda persona que lo necesite el apoyo necesario por medio de terapias e intervenciones médicas adecuadas, realizadas y gestionadas según los criterios de proporcionalidad médica, teniendo siempre en cuenta el deber moral de suministrar (el médico) y de acoger (el paciente) los medios de conservación de la vida que, en la situación concreta, se consideren “ordinarios” (Departamento de Pastoral de la Salud, 2006, p. 379).

Los agentes de pastoral de la salud ha de colaborar, en la medida de lo posible, con esta medicina paliativa, aportando el acompañamiento espiritual y religioso que la familia del enfermo y los propios equipos de cuidados paliativos soliciten, porque desde el contexto eclesial: “Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados” (Catecismo de la Iglesia Católica, s.f, p. 2279).

3. La comunidad eclesial y civil, al unísono junto al enfermo.

Una forma específica de colaboración entre la comunidad civil y eclesial es la potenciación de voluntariados que actúen coordinadamente en el acompañamiento al enfermo y su familia: “El esfuerzo conjunto de la sociedad civil y de la comunidad de los creyentes debe orientarse a que todos puedan no sólo vivir de forma digna y responsable, sino también atravesar el momento de la prueba y de la muerte en la mejor condición de fraternidad y solidaridad, incluso cuando la muerte se produce en una familia pobre o en el lecho de un hospital” (Benedicto XVI, 2008).

En toda la labor de atención y acompañamiento al enfermo se necesita una coordinación.

La tarea evangelizadora está dependiendo de cada agente de pastoral y, al mismo tiempo, trasciende la acción de cada agente individual, es una acción de la Iglesia.

De ahí que, hoy, se contemple la tarea pastoral como una labor de equipo. Y, desde luego, es muy recomendable pastoralmente, la coordinación entre el servicio religioso del centro sanitario y las parroquias.

De esta manera, el centro sanitario será la prolongación de la parroquia de donde procede el enfermo y a donde va a regresar.

4. Conclusiones.

Nos situamos en el momento de mayor vulnerabilidad de la vida de las personas, el proceso de morir. La importancia del momento requiere el mejor aprovechamiento de los recursos disponibles en las instituciones implicadas, para ayudar a vivir bien este proceso.

Los servicios sanitarios y pastorales han de ser eficientes, y en la medida de lo posible han de saber estar bien coordinados, para que se lleve a cabo una adecuada ayuda al proceso de humanización del morir.

Es preciso una labor de concienciación, así como un esfuerzo de organización en las comunidades parroquiales, para que se creen equipos de voluntarios, suficientemente formados, con adultez y discreción, capaces de atender esta delicada tarea pastoral, que corresponde al cuidado de los más débiles y vulnerables de la comunidad parroquial.

Porque todas las necesidades pueden socorrerse de una u otra manera.

Esta cuidada asistencia al morir sólo es posible con la decidida determinación pastoral de acoger, comprender y acompañar en la esperanza.

José Manuel Álvarez Maqueda.
Delegado De Pastoral De La Salud Archidiócesis De Merida-Badajoz
(Artículo Sacado Del Número 371 De La Revista “Labor Hospitalaria”)



lunes, 24 de julio de 2017

Acompañar humana y espiritualmente en el final de la vida


Un buen morir, entendido como el proceso humano de cerrar una biografía, requiere la satisfacción de necesidades emocionales y espirituales específicas para evitar, o al menos aliviar, el sufrimiento. Quien acompaña a las personas en ese proceso debe conocer dichas necesidades y capacitarse para satisfacerlas del mejor modo posible. El modo humano de morir de Jesús de Nazaret revela algunas claves importantes para morir con sentido, conjugando la autonomía y la responsabilidad del que muere y la experiencia radical de depender confiadamente de Abba-Dios. Facilitar y compartir esa experiencia es la propuesta cristiana para acompañar a morir.

1.     El morir, proceso humano de salir de la vida.

La muerte evidencia la condición humana finita y pone en crisis la pretendida “absolutez” de lo humano. Olvidarla y esconderla, solo genera problemas, tanto personales, de angustia y desconcierto ante el único acontecimiento cierto que todos vamos a vivir, como sociales, pues olvidando los humanos nuestros límites deformamos la conciencia, no atendemos el sufrimiento que genera y confundimos nuestra posición en el conjunto de la realidad y ante la naturaleza.

Como dice Ruiz de la Peña: “La pregunta sobre la muerte desata en cascada otras cuantas, de forma irreprimible: el sentido de la vida; el significado de la historia; la validez de los imperativos éticos absolutos (justicia, libertad, dignidad...); la dialéctica presente-futuro; la posibilidad y la esperanza y la localización de su sujeto... Pero sobre todo la pregunta sobre la muerte es una variante de la pregunta sobre la singularidad, irrepetibilidad y validez del individuo concreto, que es en definitiva quien la sufre” (Ruiz de la Peña, 1983).

El morir y el morir son dos modos de nombrar el mismo proceso.

“Tanto vale decir que se vive como se desvive” (Ortega y Gasset, 1983, VII, P. 431)

El proceso de morir se inicia con la vida misma, tal y como lo entendieron todos los que practicaron la Meditatio mortis.

Sin embargo el interés de este número de la revista, es el periodo que se inicia cuando hace su aparición una enfermedad incurable que genera un proceso irreversible hacia la muerte.

“La Fase Terminal -o tiempo del morir- es un periodo de la vida humana con características propias por la intensidad y radicalidad de sus vivencias” (Conde y de los Reyes, 2005).

Los criterios de definición de enfermedad avanzada o terminal según la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Sanz Ortiz, 1993, p. 10) son los siguientes:

  • Presencia de una enfermedad avanzada, progresiva e incurable;
  • Falta de posibilidades razonables de respuesta al tratamiento específico,
  • Presencia de numerosos problemas o síntomas intensos, múltiples, multifactoriales y cambiantes;
  • Gran impacto emocional en el paciente, familia y equipo terapéutico;
  • Pronóstico de vida limitado.


La fase terminal es cada vez más larga. Basándonos en datos del Instituto Nacional de Estadística (Fuente: Defunciones según causa de muerte 2005, tomado de INE 2017). solo 2 de cada 10 personas mueren repentinamente, o como consecuencia de una enfermedad o proceso agudo que se resuelve en menos de una semana. El aumento de los procesos crónicos degenerativos e incapacitantes hacen necesario corregir y revisar al asistencia y las intervenciones que debemos de procurar a las personas al final de la vida, con el objetivo de procurar un buen morir, si es posible, personalizado, es decir, de acuerdo a su propio modo de ser.

La posibilidad real de vivir humanamente el proceso de salir de la vida, depende sobre todo de dos factores: de la situación biológica y biográfica de la persona enferma; y del ambiente concreto que le rodea y los recursos sanitarios, de cuidado y de apoyo emocional y espiritual que se puede proveer a la persona. Cuando estos dos factores se conjugan favorablemente, la fase terminal de una enfermedad puede ser vivida efectivamente, como el “último escenario del crecimiento humano (the final stage of growt)”, en feliz expresión de E. Kübler-Ross.

2. Necesidades emocionales y espirituales al final de la vida.

La situación de enfermedad grave y/o incapacitante, y especialmente la de enfermedad terminal, pueden hacer emerger a la conciencia necesidades latentes concretas que la persona no había percibido como tales anteriormente, e incluso pueden presentarse necesidades nuevas en las diferentes dimensiones de la persona.

Las bases de la terapéutica en cuidados paliativos (SECPAL, 2007) van dirigidas a evitar el sufrimiento de la persona, satisfaciendo las necesidades de manera integral y respetando su identidad y autonomía. Podemos destacar como más significativas:
  • Atención integral, individualizada y continua.
  • Al enfermo y su familia (personas de referencia para el paciente) como objeto de atención.
  • La promoción de la autonomía y dignidad del enfermo.
  • Concepción terapéutica activa y positiva que elimine el sentimiento de impotencia, fracaso y frustración pues siempre hay “algo más que hacer”.
  • Importancia de cuidar el clima de relaciones para que se puedan expresar las preocupaciones, miedos y sentimientos de los enfermos y sus familias en un ambiente de respeto e intimidad.


El Consejo de Europa en su resolución 1418 (Vidal, 1977, p. 242-243) adoptada en junio de 1999 considera los cuidados paliativos como un derecho legal e individual de todos los enfermos terminales o moribundos en todos los estados miembros. Lamentablemente la situación real dista aún mucho de que dicha recomendación sea asumida a pesar de la emergencia reciente de Leyes autonómicas que intentan asegurar una prestación de cuidados paliativos de calidad a las personas enfermas.

Además del desarrollo de un marco legal, que las personas mueran con dignidad supone la realización de una serie de exigencias éticas por parte de toda la sociedad. Coincido con M. Vidal (1977) en considerar las más decisivas las siguientes:

  • Alivio del dolor y prolongación de la vida con medios técnicos proporcionados.
  • Procurar que la muerte sea una acción personal.
  • Organizar el sistema socio-sanitario en clave comunitaria, integrando las ayudas sociales necesarias que posibilite morir acompañado.
  • Favorecer el sentido humano, espiritual y religioso del morir.


Son muchos los documentos eclesiales que consideran fundamental el derecho a morir serenamente con dignidad humana y cristiana Pio XII,  (PIO XII, AAS 49. 1957, 1030-1032: “Si es evidente que la tentativa de reanimación constituye en realidad, para la familia tal peso que no se puede en conciencia imponer, ella puede insistir lícitamente para que el médico interrumpa sus intentos, y el médico puede condescender lícitamente...”; “Pero normalmente uno está obligado a utilizar sólo medios ordinarios … esto es medios que no impliquen graves cargas para uno mismo o para los otros”, SS.CC Para la doctrina de la fe (SS. CC. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, “Declaración sobre la Eutanasia” 1,3, Ecclesia 1990 (1980), 862: “Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir, sin embargo, las curas normales debidas al enfermo en casos similares”) CE Española (Comité Episcopal para la Defensa de la Vida, 1993), CE Inglesa (Iglesia Anglicana y la Conferencia Episcopal de Inglaterra, 1839-1840) y CE Belga (Conferencia Episcopal Belga, 1994, p. 663); Directorio de la Diócesis de San Sebastián, 1996). Podemos desprender de ellos los siguientes criterios en el cuidado al final de la vida de los seres humanos:

  • Existencia de recursos sanitarios y socio-sanitarios suficientes para procurar cuidados paliativos a todas las personas en fase terminal que lo necesiten.
  • Buena praxis y compromiso profesional evitando el “sobretratamiento terapéutico” y tratando adecuadamente los síntomas físicos aunque ello pueda conllevar como doble efecto el acortamiento de la vida.
  • Procurar que la muerte sea una acción personal, facilitando a la persona información veraz, solicitando su participación y consentimiento en las decisiones si es necesario a través de directrices anticipadas.
  • Favorecer el sentido humano y religioso del morir.


Obviamente, determinados procesos de enfermedad y deterioro, afectan directamente a la capacidad autónoma de las personas, lo que impide en muchos casos que estas puedan responsabilizarse de su vivir y morir, o incluso sean conscientes de lo que les ocurre, como en el caso de las demencias. En estos casos la responsabilidad de quienes cuidan y acompañan, será proteger los derechos de la persona enferma, eliminando todo sufrimiento evitable y representándole de acuerdo a sus valores en las decisiones que haya que tomar sobre sus tratamientos y cuidados. Los documentos de voluntades anticipadas o directrices previas, son de gran ayuda para posibilitar una muerte personalizada en que las decisiones sean respetuosas con el modo de ser y los valores de la persona enferma.

En este artículo nos centraremos en el acompañamiento humano y espiritual de las personas capaces, si cuentan con los apoyos necesarios, de vivir con conciencia su enfermedad y su muerte.
    
2.1 Las necesidades emocionales en la persona que muere.
      
La mayoría de las personas dicen desear una muerte inesperada y rápida, “sin darse cuenta” y, a ser posible “sin que los demás se den cuenta” para que puedan olvidarlo lo antes posible. Así, la muerte se ha convertido en el tabú social principal (Díez Ripollés, 2000, p. 195-196).

Esta situación genera en sí una dificultad emocional básica de miedo y rechazo a la muerte en la población general, que predispone negativamente para la integración de la enfermedad terminal en la persona que la sufre y en su familia.

El proceso de morir genera en muchas personas que lo viven una profunda crisis emocional y existencial.

Toda enfermedad grave e incapacitante es vivida por la mayoría de las personas de alguno de estos modos, o varios de ellos, durante el proceso.

  • Es un límite que le impide vivir lo que ha decidido vivir. En este caso la emoción que acontece como reacción a esta experiencia es la rabia o la ira y la persona enferma se muestra enfadada o disgustada.
  • Es una pérdida de aspectos valiosos de su vida como la capacidad de trabajar, la autonomía, la salud, las relaciones sociales, el confort... Ante esta vivencia la emoción que se dispara es la tristeza o melancolía que normalmente se traduce en apatía, falta de expresividad, pérdida de interés y apetito, tendencia al llanto...
  • Es una amenaza de dejar de existir o al menos de dejar de hacerlo “a mi manera”. La amenaza genera miedo que, en algunas ocasiones, puede agudizarse hasta convertirse en ansiedad, angustia, e incluso pánico.


Podríamos decir que las reacciones anteriores son reacciones “sanas” de la persona que se acerca a su muerte, ya que tan adecuado es sentir tristeza ante una pérdida como alegría ante un logro. Sin embargo, no siempre la persona es capaz de soportar el dolor de la pérdida o el miedo ante la amenaza. Sus recursos emocionales conocidos no son suficientes para elaborar los nuevos sentimientos y experiencias. Cuando esa situación se agudiza, la reacción puede ir en un doble sentido:

  • Desconectarse del dolor y las emociones negativas que el mismo provoca, a través de alguno o varios mecanismos de “defensa psicológicos” como la negación, la regresión, etc... tal y como ha sido ampliamente descrito por los modelos de fases en el morir propuestos por diferentes autoras, especialmente por la doctora Kübler-Ross.
  • Ante la situación de nuevas necesidades emocionales y falta de recursos personales entrar en un proceso de impotencia que va derivando en sufrimiento coactivo que invade toda la identidad y la vida de la persona enferma.


Entre las necesidades emocionales que van apareciendo cabe destacar como más frecuentes:

  • Necesidad de reconocimiento de la identidad, pues la experiencia de enfermar le genera confusión respecto a sus características fundamentales y a los referentes vitales que configuran una existencia.
  • Necesidad de arraigo de pertenencia, de estar con aquellos de los que formo parte: grupo de amigos, de trabajo, deportivo, eclesial, familiar...;
  • Necesidad de dar y recibir amor, de sentirse aceptado, acompañado y escuchado.
  • Necesidad de resolver asuntos pendientes para poder evaluar la vida como algo que ha merecido la pena o ha tenido sentido, o simplemente sanar la relación con ella misma o con otra/s persona/s.
  • Necesidad de despedirse, de decir “adiós” y expresar la verdad de sus sentimientos, especialmente de amor y afecto, a las personas significativas de la vida.


2.2 Las necesidades espirituales de la persona que muere.

Actualmente, en el mundo de la asistencia sanitaria, y también fuera de ella, predomina una identificación confusa e inexacta entre lo espiritual, lo religioso, lo cristiano y lo católico.

El sustantivo “espíritu” y su correlativo “espiritual” son hoy términos terriblemente confusos y usados en varios sentidos y dentro de muy diversos contextos.

Con un objetivo clarificador, y aún a riesgo de simplificar y reducir la vivencia de lo humano al final de la vida, podríamos diferenciar en la fase terminal tres tipos de necesidades espirituales:

  • Las necesidades de sentido o significado existencial: responderían a las cuestiones ¿quién soy? ¿por qué y para qué vivir? Y ¿qué puedo esperar?
  • Las necesidades morales que tienen que ver con los fines y valores: responderían a la pregunta ¿qué debo hacer?
  • Las necesidades religiosas o trascendentes: serán distintas en función de cada experiencia y cada confesión religiosa pero podrían ser cualquiera de las anteriores dirigidas a un ser supremo-Dios- en lugar de a la propia realidad: ¿quién soy para Dios? ¿cuál es el sentido de una vida que se acaba desde la fe en el Dios de Jesús de Nazaret?, ¿qué he de hacer para salvar la vida?


3. El acompañamiento al final de la vida. (Bermejo, 2000, p. 153-188).

La palabra acompañamiento deriva de “campaña” que, a su vez, viene de “cum panis”, que significa “compartir el pan”. Su significado tiene relación simbólica con “comer pan juntos” tal y como aparece en el diccionario de uso del español de María Moliner. También se puede definir como “ir con alguien”.

Entre las acepciones del Diccionario de la Real Academia de la Lengua sobre el significado de “acompañar” podíamos fijarnos en dos de ellas: acompañar significa “estar o ir en compañía del otro”, también “participar en los sentimientos del otro” (Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española, 2006).

Acompañar requiere por tanto la disposición a vivir la experiencia de morir de la otra persona, y consecuentemente a dejarnos afectar por ella, capacitándonos para vivir el propio morir y el propio vivir.

Cuando el acompañamiento con una persona enferma pretende usar los propios recursos del acompañante, sus actitudes y habilidades personales, para que el otro se “apropie de su morir”, y “muera a su manera”, hablamos de relación de ayuda. Entendemos así la relación de ayuda como:

“Aquella que intenta hacer surgir una mayor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo (en nuestro caso de la persona con enfermedad avanzada) y un uso más funcional de estos” (Rogers, 1986, p. 46).

Las características fundamentales de este tipo de relación son:

  • Es un proceso centrado en la persona, no en su enfermedad, ni en las metas terapéuticas del ayudante o acompañante, sino en su proceso de “apropiarse” de su vida.
  • En el que el ayudante ofrece una relación de auténtico compromiso con ella como medio fundamental para descubrir, identificar y movilizar eficazmente sus propias capacidades y recursos, cara a autocomprender su situación y decidir cómo vivirla.
  • Para lo cual, el “ayudante” requiere un nivel de competencia relacional y emocional que incluye la conjunción de determinados conocimientos, habilidades y actitudes (Marroquín, s.f. p. 14).


Carezco de espacio para desarrollar las actitudes y habilidades o destrezas necesarias para un correcto acompañamiento desde el modelo de la relación de ayuda, pero quiero al menos recordarlas y animar a la formación y la adquisición de las mismas a todos los profesionales y voluntarios que acompañamos a las personas en su morir.

3.1 La triada rogeriana de actitudes comprende:

    La aceptación incondicional o consideración positiva:

“Cuando el cliente experimenta la actitud de aceptación que el terapeuta tiene hacia él, es capaz de asumir y experimentar esa actitud hacia sí mismo. Luego, cuando comienza a aceptarse, respetarse, y amarse a sí mismo, es capaz de experimentar estas actitudes hacia los demás” (Rogers, 1986, p. 146).

El desarrollo de la relación con la persona enferma desde esta actitud se concreta en cuatro aspectos: “Ausencia de juicio moralizante; Acogida incondicional del mundo de los sentimientos de la persona, Consideración positiva de la persona, reconociendo no sólo sus dificultades y limitaciones sino también sus posibilidades y recursos para morir bien; Amabilidad y cordialidad que genere confianza al descubrir, a través del compromiso del ayudante, el propio valor personal.

    La Empatía que como dice Borrell:

“Es la actitud den virtud de la cual una persona hace un esfuerzo cognitivo, afectivo y conductual por captar de la manera más ajustada posible, la experiencia ajena, sus necesidades, los significados que las cosas tienen para ella, sus sentimientos, los valores que la habitan, las dinámicas que actualiza, las expectativas y deseos que le mueven, así como los recursos con los que cuenta. Pero no sólo. La empatía comparta también que la persona del ayudado perciba que está siendo comprendido” (Borrell y Carrió, 1988, p. 12).

    La Autenticidad o congruencia del acompañante o ayudante de modo que es él mismo en la relación, existiendo una coherencia personal entre lo que expresa o muestra, lo que vive y lo que es, en cuanto a su identidad. La coherencia genera confianza y por tanto “verdad”, las personas pueden relacionarse en “verdad” y así ir descubriendo la verdad que son. Relacionarse en verdad supone admitir y aceptar la propia “vulnerabilidad”, y saber expresarla convirtiéndola en un recurso para la relación de ayuda. La parábola del “Sanador herido” propuesta por Nouwen puede ayudarnos en la relación con los enfermos a adoptar esta actitud. (Nouwen 1996).

Las habilidades o destrezas son la forma práctica en que las actitudes se manifiestan en la relación y la comunicación con la persona enferma o sus familiares.

Las habilidades propuestas por C. Rogers y R. Carkhuff, tal como las denomina Bruno Giordani (Giordani, s.f., p. 178-208) son las siguientes: escucha activa, respuesta empática, personalización, confrontación, inmediatez e iniciación.

  • Escucha activa. Es la herramienta fundamental que permite al ayudado convertirse en protagonista de su situación, liberarse de la “carga” de sufrimiento que le coacciona, sentirse reconocido, acogido y acompañado y en esa medida explorar su vivencia de manera confiada.
  • La respuesta empática como el modo, verbal o no verbal, de conseguir que el ayudado se sienta comprendido y así aumente su confianza en la relación.
  • La personalización. Es lo contrario a la generalización y persigue interpretar el significado de la situación vivida para el ayudado. M. Marroquin habla de personalizar el significado, el problema, el sentimiento y el fin (Marroquin, 1991, p. 114-115).
  • La confrontación que consiste en ayudar a la persona a conocer aquellas partes de su experiencia que son para él más difíciles de asumir y comprender;
  • La inmediatez como habilidad de ayudar al enfermo a darse cuenta de lo que está ocurriendo en la relación en cada momento y en cada situación.
  • La iniciación o la invitación o incitación a la acción, a la responsabilidad.


Además de las actitudes comentadas es necesario que el acompañante se “cualifique” para la tarea personalmente, lo que exige:

  • Profundizar en el autoconocimiento personal, para evitar que sean nuestras propias necesidades, en lugar de las de la persona en fase terminal, las que guíen la relación, es especialmente necesario en este caso integrar la propia muerte antes de intentar ayudar a otro a integrarla.
  • Lograr un buen nivel de autocontrol emocional que posibilite convivir con los sentimientos que nos surjan del contacto con el dolor y el sufrimiento ajeno, sin que nos paralicen o bloqueen para la relación.
  • Fomentar la capacidad de observación personal para “darnos cuenta” de nuestros propios límites ante el sufrimiento, manteniendo una distancia adecuada que evite hacernos daño o caer en la incongruencia.
  • Adquirir formación ética para ayudar a la deliberación de los frecuentes conflictos de valores que se presentan al final de la vida. Dicha formación, igual que la formación relacional debe ser teórica y de adquisición de habilidades, en este caso virtudes.


Creo que es de gran interés la propuesta de X. Etxeberria (2004, p. 49-63) en este campo que considera como virtudes fundamentales para las personas que cuidamos y acompañamos al final de la vida aquellas que tienen que ver con el pati, con el sufrir y que son las siguientes: Veracidad, Compasión, Paciencia, y Mansedumbre.

A ellas añadiría yo la discreción pues el compartir la intimidad de la persona enferma nos exige inexcusablemente un compromiso de confidencialidad con ella.

Para satisfacer las necesidades espirituales, junto a las competencias y capacidades pueden ser de gran ayuda establecer algunos objetivos específicos del acompañamiento espiritual que siguiendo la propuesta de Javier Barbero (2000, P. 637-648) pueden ser las siguientes:

  • Localizar aquellos síntomas, situaciones y cuestionamientos espirituales que son percibidos como amenaza y en qué grado.
  • Compensar, eliminar y atenuar en la medida de lo posibles esas situaciones.
  • Detectar y potenciar los recursos espirituales de la persona, individuales o comunitarios.
  • Mejorar o reforzar el estado espiritual de la persona como medida preventiva al sufrimiento espiritual.


4. La muerte de Jesús como modelo humano de vivir el morir.

Jesús de Nazaret es para los cristianos la persona que muestra el modo plenamente humano de vivir. De ahí que sea el modelo de vida para los que en él creemos, también el modelo para vivir humanamente el morir.

La teología cristiana ha reflexionado mucho y muy profundamente sobre la muerte de Jesús en la cruz en su vertiente soteriológica, como el compromiso de amor pleno y definitivo, a través del cual ha irrumpido la salvación de Dios en la historia humana individual y social, pero ¿Cómo vivió Jesús su muerte? ¿Cuál fue su experiencia humana y religiosa?

Parece que los estudios exegéticos desvelan dos rasgos fundamentales de la experiencia de vivir el morir de Jesús de Nazaret:

    La responsabilidad o “apropiación” de la muerte como su última experiencia de crecimiento humano. Jesús muere decidiendo de “acuerdo a su proyecto”, un proyecto construido sobre un valor fundamental que genera la principal obligación moral: “hacer la voluntad de su Padre”.

No es él quien decide morir, ni el modo de morir (injusto e inhumano), pero decide ser coherente consigo mismo y aceptar como consecuencia su propia muerte. Es, creo, más importante la responsabilidad de decidir que la actitud concreta de la aceptación.

Decidir cómo morir, libremente, es lo que hace a la muerte de Jesús propia y digna (Schillebeeckx, 1981, p. 249-290).

    La confianza nacida de su experiencia central configuradora de su identidad: ser hijo amado de Dios-Padre-Abba. Jesús acepta la muerte en cruz confiadamente, es decir, “soltándose de su autonomía personal” para “depender de otro” de quien se fía totalmente en una situación que no puede soportar.

El paso, la clave para pasar de la autonomía a la dependencia, de la responsabilidad a la confianza, está en la experiencia de límite, de “no poder” y en su modo de gestionarla.

Jesús “se da cuenta” de que no puede, de que el sufrimiento físico, emocional y moral le coacciona y es “incapaz” por sus propias fuerzas de llevar adelante la decisión tomada.

En medio de esa experiencia de auténtico sufrimiento (como experiencia de sentirse amenazado, impotente y agotado) se “revuelve” hacia Dios pide, llora, grita confiadamente a un Padre en quien cree. (Theissen y Merz, 200, p. 499-501)

Es desde la conciencia de no poder, donde Jesús encuentra en su propia historia y configuración personal, una experiencia a la que recurrir, una experiencia de dependencia amorosa de Dios-Abba-Padre-Madre y a ella se abandona para morir.

Es probablemente su decisión de depositar su vida en Dios en esa situación límite la que le lleva a profundizar plenamente su experiencia de Hijo; cuentan los textos que los que lo vieron de cerca así lo testimoniaron. “Verdaderamente éste era Hijo de Dios. (Mt 27,54; Mc 15,39; Lc 23,47)

La muerte de Jesús revela la tensión entre la autonomía y la dependencia, que es en el fondo lo que nos define como seres humanos.

“Darse cuenta” de la dependencia en su morir y decidir autónomamente abandonarse en ella confiadamente, es el modo plenamente humano de morir si miramos a Jesús de Nazaret como nuestro modelo de vivir también nuestra muerte, como un acto “personal”.

“Darse cuenta” es una característica propiamente humana. Darse cuenta de las capacidades y también de las limitaciones. Darse cuenta para “dar cuenta” ante una misma y al resto de qué y cómo vivir, también el morir.

La conciencia, en su doble acepción psicológica y moral, es la base de la autonomía humana, de su capacidad para proponerse fines, y dar sentido a la vida convirtiéndola en proyecto personal.

De este modo la vida se convierte en vida “biográfica”, sostenida necesariamente por la vida biológica peor cualitativamente diferente a ésta. Y del mismo modo, la muerte se convierte en muerte biográfica, a mi manera, aunque para serlo exija a cada ser humano quizá un aprendizaje nuevo que difícilmente se puede adquirir en ninguna otra experiencia: aprender a confiar.

Mirando a Jesús de Nazaret como modelo de la vida humana, podemos intuir que morir con dignidad humana supone facilitar que las personas podamos en nuestro morir:

  • Decidir cómo vivimos la muerte
  • “Darnos cuenta” de nuestra experiencia de morir
  • Vivir la muerte como un acto de abandono confiado, personal y libre, de total y absoluta dependencia, de depositar la vida en quien asegura nuestra eternidad.


Es desde este modelo desde el que tienen sentido y coherencia las claves orientativas que expongo ahora, al final de este artículo, para acompañar a morir a las personas posibilitando que su morir no sea una experiencia de fracaso y sufrimiento, sino de confianza.

5. Orientaciones cristianas para el acompañamiento humano y espiritual al final de la vida.

La psicología humanista, la ética deliberativa y la teología cristiana son sin duda disciplinas que realizan grandes aportaciones para vivir bien el morir. Si las ponemos en diálogo podemos:

  • Descubrir su complementariedad y las sinergias generadas para el objetivo de morir humanamente al modo de Jesús;
  • Ponerlas al servicio de la praxis, del acompañar a un ser humano concreto que vive su fase terminal como consecuencia de una situación clínica irreversible o irrecuperable que le conducirá irremediablemente a la muerte;
  • De modo que el proceso de salir de la vida, como el resto de los procesos en que quedan implicadas las dimensiones fundamentales de la persona (física, emocional, social y espiritual) puede ser vivido de modo saludable y no patológico, entendiendo la salud no como bienestar (En contra de la opinión mayoritaria en el ámbito de la sanidad en que la salud es definida, siguiendo criterios de la OMS, como perfecto estado de bienestar físico, psíquico, social y espiritual), sino como “bien-ser”, es decir como la capacidad de ser uno mismo o una misma y de poder vivir y morir de acuerdo con ello.


A modo de conclusión de este artículo, y desde estas perspectivas me atrevo a formular algunas orientaciones o criterios para el acompañamiento al final de la vida:

  1. Las personas que viven en una situación de terminalidad, en virtud de su dignidad, tienen derecho a una asistencia integral de sus necesidades, de manera que se elimine todo sufrimiento evitable y se posibilite una experiencia humana y humanizante.
  2. El proceso de morir es como todo proceso humana una experiencia dinámica de interdependencia, de autonomía y dependencia a la vez, en la que tanto la falta de reconocimiento de la autonomía existente, como la no satisfacción de las necesidades relacionales, generan sufrimiento.
  3. La experiencia de terminalidad supone en muchas personas poner en crisis la propia identidad y reconfigurar el propio proyecto vital, por lo que es frecuente que necesidades que han podido permanecer latentes hasta ese momento, se hacen presentes en la conciencia y reclaman ser satisfechas.
  4. Las necesidades psicosociales (emocionales y sociales) más frecuentes del enfermo terminal son las siguientes. El reconocimiento de la propia identidad, la búsqueda de pertenencia o arraigo, la resolución de asuntos pendientes y la necesidad de cerrar la vida y despedirse. Para satisfacerlas los enfermos necesitan a su lado personas capacitadas para una relación intensa que facilite la apropiación de la persona enferma de su vida, o en su caso, la protección de sus derechos y su dignidad.
  5. Las necesidades espirituales de las personas al final de la vida hacen referencia a su dimensión de sentido y significado, a los valores y principios que sostienen sus decisiones morales y a la experiencia religiosa propiamente dicha como creencia y relación con Dios que normalmente se configura en torno a un credo compartido con un grupo humano organizado. Dichas necesidades deben de ser detectadas y abordadas adecuadamente. Las que aparecen con mayor frecuencia son las necesidades de releer y evaluar la vida, reconciliarse, ser libre, encontrar continuidad y expresar simbólicamente las experiencias fundamentales. Su satisfacción reclama en primer lugar la posibilidad de ser expresadas y respetadas para posteriormente recibir la compañía y los recursos para afrontar los últimos “deberes” de la vida con la realidad propia y ajena, humana y transcendente.
  6. La tarea de acompañamiento humano y pastoral al final de la vida exige un compromiso con la persona y ser “aceptado” como acompañante; debe darse una relación de confianza mutua que permita a la persona enferma mostrarse en libertad y al acompañante participar de su intimidad y privacidad personal.
  7. Es necesario formarse adecuadamente para la relación de ayuda al final de la vida desarrollando las actitudes necesarias y adquiriendo las habilidades, destrezas y virtudes oportunas. 
  8. El acompañamiento a las personas al final de su vida para que mueran de acuerdo a su dignidad de hijos e hijas de Dios, es una obligación de la comunidad cristiana.
  9. La pastoral de la salud se convierte así en una prioridad eclesial para ser fieles a Jesús y a su misión de ofrecer a la humanidad y a cada persona la salud y la salvación plena.
  10. El modo de vivir su muerte Jesús de Nazaret puede ser ofrecido como propuesta “saludable” de vivir el morir.


Podemos descubrir en el proceso de morir de Jesús que aunque su muerte no es buscada, es Él quien decide autónomamente cómo vivirla de acuerdo con la voluntad de su Padre. Pero también podemos encontrar en su experiencia el modo de resolver la crisis provocada por el sufrimiento que genera su morir.

Jesús se “da cuenta” de que no puede llevar adelante su decisión autónoma de aceptar y asentir a su muerte y “recurre” a su experiencia de ser Hijo Amado, experiencia que le ha configurado su identidad, para “soltar” su autonomía y abandonarse confiadamente, depositando su vida en Dios. Contemplando su modo de morir “apropiadamente confiado” también nosotros podemos testimoniar “Era verdaderamente Hijo de Dios” (Mt 27,54; Mc 15,39; Lc 23, 47), su modo de morir es la prueba; luego su resurrección será quien lo certifique asegurando así la plenitud de su vida y la nuestra y la absolutez del ser humano frente a la muerte.

Para los cristianos vivir y morir como Jesús es el mejor modo de “eternizar” la vida; para ello debemos recuperar primero su experiencia de salud, para luego ser testigos de ella junto al que sufre.

Lograr la liberación del sufrimiento en el proceso de morirnos no depende exclusivamente de nuestras capacidades; creemos que contamos con la compañía del Espíritu para lograrlo. ¿Estamos dispuestos a asumir nuestra responsabilidad de intentarlo?

Marije Goikoetxea
En “Labor Hospitalaria”Número 318