sábado, 3 de enero de 2015

Oración inicio año

He querido que la primera entrada del 2015 para este blog sea una oración, que cada uno puede hacer suya, que nos descentremos para poner en el centro al más frágil, y allí encontrarnos con el Señor

Es una adaptación a otra oración que me encontré en Internet y que me gustó.

Por si no se vé bien en la imagen:


Señor; ha pasado otro año pero, 
soy consciente que en algunas cosas, 
soy la misma de ayer:
Donde dije “quiero” he puesto el “así soy”,
donde me propuse “seré” ha ganado el “no lo intenté”,
donde prometí un “cambiaré”, 
ha dominado el “que cambien los demás”.
Ahora, que me dispongo a comenzar este 2015, te pido, Señor:
Que pongas amor en mis palabras,
que hagas de mis deseos un apostar porque el centro seas tú,
que me hagas ser realista de que en mi debilidad te haces fuerte, 
que anteponga a los demás a mi propia persona,
que supere, pero que no olvide, mis errores del pasado
para que así pueda aprender de ellos.
Que mis momentos de dicha sepa vivirlos contigo y agradecértelos, 
en los momentos de dificultad 
pueda apoyar mi cabeza sobre tu pecho para encontrar paz,
y que, la buena Madre, Santa María, 
sea modelo para vivir con alegría
este año 2015 por el que te doy gracias.

Aún con nuestras alegrías y nuestras tristezas, que entre todos hagamos que este año sea magnífico.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sapientia cordis - Sabiduría del corazón


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON OCASIÓN DE LA XXIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2015

Sapientia cordis.
«Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» 
(Jb 29,15)

Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de Enfermo, instituida por san Juan Pablo II, me dirijo a vosotros que lleváis el peso de la enfermedad y de diferentes modos estáis unidos a la carne de Cristo sufriente; así como también a vosotros, profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario.
El tema de este año nos invita a meditar una expresión del Libro de Job: «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (29,15). Quisiera hacerlo en la perspectiva de la sapientia cordis, la sabiduría del corazón.
1. Esta sabiduría no es un conocimiento teórico, abstracto, fruto de razonamientos. Antes bien, como la describe Santiago en su Carta, es «pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía» (3,17). Por tanto, es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconoce en ellos la imagen de Dios. De manera que, hagamos nuestra la invocación del Salmo: «¡A contar nuestros días enséñanos / para que entre la sabiduría en nuestro corazón!» (Sal 90,12). En esta sapientia cordis, que es don de Dios, podemos resumir los frutos de la Jornada Mundial del Enfermo.
2. Sabiduría del corazón es servir al hermano. En el discurso de Job que contiene las palabras «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies», se pone en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte de este hombre justo, que goza de cierta autoridad y tiene un puesto de relieve entre los ancianos de la ciudad. Su talla moral se manifiesta en el servicio al pobre que pide ayuda, así como también en el ocuparse del huérfano y de la viuda (vv.12-13).
Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies». Personas que están junto a los enfermos  que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.
3. Sabiduría del corazón es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual «no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). Jesús mismo ha dicho: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).
Pidamos con fe viva al Espíritu Santo que nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento, con frecuencia silencioso, que nos lleva a dedicar tiempo a estas hermanas y a estos hermanos que, gracias a nuestra cercanía y a nuestro afecto, se sienten más amados y consolados. En cambio, qué gran mentira se esconde tras ciertas expresiones que insisten mucho en la «calidad de vida», para inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas.
4. Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse, del hacerse cargo del otro. En el fondo, detrás de esta actitud hay frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor, que dice: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
Por esto, quisiera recordar una vez más «la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el otro” como uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual como respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 179). De la misma naturaleza misionera de la Iglesia brotan «la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve» (ibíd.).
5. Sabiduría del corazón es ser solidarios con el hermano sin juzgarlo. La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Jb2,13). Pero los amigos de Job escondían dentro de sí un juicio negativo sobre él: pensaban que su desventura era el castigo de Dios por una culpa suya. La caridad verdadera, en cambio, es participación que no juzga, que no pretende convertir al otro; es libre de aquella falsa humildad que en el fondo busca la aprobación y se complace del bien hecho.
La experiencia de Job encuentra su respuesta auténtica sólo en la Cruz de Jesús, acto supremo de solidaridad de Dios con nosotros, totalmente gratuito, totalmente misericordioso. Y esta respuesta de amor al drama del dolor humano, especialmente del dolor inocente, permanece para siempre impregnada en el cuerpo de Cristo resucitado, en sus llagas gloriosas, que son escándalo para la fe pero también son verificación de la fe (Cf Homilía con ocasión de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, 27 de abril de 2014).
También cuando la enfermedad, la soledad y la incapacidad predominan sobre nuestra vida de donación, la experiencia del dolor puede ser lugar privilegiado de la transmisión de la gracia y fuente para lograr y reforzar la sapientia cordis. Se comprende así cómo Job, al final de su experiencia, dirigiéndose a Dios puede afirmar: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (42,5). De igual modo, las personas sumidas en el misterio del sufrimiento y del dolor, acogido en la fe, pueden volverse testigos vivientes de una fe que permite habitar el mismo sufrimiento, aunque con su inteligencia el hombre no sea capaz de comprenderlo hasta el fondo.
6. Confío esta Jornada Mundial del Enfermo a la protección materna de María, que ha acogido en su seno y ha generado la Sabiduría encarnada, Jesucristo, nuestro Señor.
Oh María, Sede de la Sabiduría, intercede, como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que en el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor, podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón.
Acompaño esta súplica por todos vosotros con la Bendición Apostólica.
Vaticano, 30 de diciembre de 2014
Memorial de San Francisco Javier
FRANCISCUS
© Copyright - Libreria Editrice Vaticana



Feliz Año 2015

Que el 2015 venga cargado de fortaleza y alivio para los que sufren, 
de paz en cada rincón del mundo, 
de hospitalidad en cada casa 
y de esperanza y amor para cada persona.
Mis mejores deseos y agradecimiento para cada uno de vosotros que seguís este blog y que seáis felices.

¡¡¡Feliz y próspero año 2015!!!

domingo, 28 de diciembre de 2014

Fiesta de la Sagrada Familia

Hoy celebramos el domingo de la Sagrada Familia. La familia es uno de los pilares de nuestra fe, que importante es valorar nuestras propias familias, que puede ser un "lugar" idóneo para aprender a vivir la hospitalidad. 


sábado, 27 de diciembre de 2014

Las 15 enfermedades de la Curia Vaticana

El Papa Francisco tuvo el lunes 22 de diciembre su encuentro anual con la Curia Vaticana para intercambiar las felicitaciones de Navidad, en su discurso comentó que si bien “es hermoso pensar en la Curia Romana como en un pequeño modelo de la Iglesia”, esta también está expuesta a enfermedades que debilitan el servicio a Cristo.

Y ahora que nos aproximamos al inicio de un nuevo año, quiero compartir estas enfermedades que fueron diagnosticadas por el Papa Francisco, y que pueden debilitar nuestro servicio a Cristo, en los más débiles y necesitados.


Ya que “La curación – expuso el Papa Francisco- es también fruto de la conciencia de la enfermedad y de la decisión personal y comunitaria de curarse soportando pacientemente y con perseverancia la cura”, creo que es un buen momento para plantearnos los nuevos propósitos para el 2015, siendo conscientes de estas enfermedades, que puede ser que nos afecten no sólo en la Pastoral de la Salud, sino también individualmente.


Mucho ánimo y Feliz 2015

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Feliz Navidad 2014


El Hijo de Dios, acampado entre nosotros y venido por amor, sea bendición para ti y para todos. 
FELIZ NAVIDAD

viernes, 19 de diciembre de 2014

Reunión multidisciplinar

El médico se frustra porque Bea no dice nada, no sabemos si es muda, apenas lleva dos días, pero no ha habido forma de que suelte prenda, por los resultados de las pruebas médicas le debe doler, pero Bea no se queja… Pues habrá que tener una reunión de esas que llaman multidisciplinar, para estudiar su caso:
Desde psiquiatría y psicología no han podido hablar con ella, no se muestra colaboradora, ni siquiera afirma o niega con la cabeza.
Desde trabajo social se dice que aún no han dado con la familia, que están en ello.
Desde enfermería se comenta que es muy colaboradora, pues parece que permite que un desconocido con uniforme blanco la duche y la cambie, ella colabora, pero no expresa nada, la medicación también se la toma…
Otro de los asistentes a la reunión, un hombre vestido de negro, se muestra atónito ante lo que está escuchando, mira y repasa sus notas, no puede ser, pero, «¿estáis hablando de Bea, la nueva, la señora que se suele sentar a la derecha entre la cuarta o la quinta silla?»
-Sí, esa misma-, contestan todos
-Pues es curioso- dice él, que es el capellán, -esta mañana he pasado a la sala común a darles la comunión, y como a ella no la conocía no se la he ofrecido y he pasado de largo, pero ella me ha dicho «padre, ¿no me da a mí la comunión?»

Todos se han mirado sorprendidos, pues sí, efectivamente se trata de Bea y también reza el Padre nuestro… es que Dios se hace presente en medio de la gente, en las circunstancias de su día a día.

Carla dice que le roban la memoria

Carla dice que le roban la memoria, ella intenta recordar pero por momentos se inquieta mucho y comenta que le «han robado la memoria», quién será “el afortunado” que es capaz de entrar en su mundo, en sus sueños y grabarse para sí los datos que Carla va perdiendo, o por lo menos eso parece, porque a ciencia cierta, realmente no sabemos si le han robado la memoria (como ella dice) o la tiene tan guardada que ni ella la encuentra. Sin embargo, en alguna ocasión da algunos datos de esa memoria, ¿será que la encontrado? nos preguntamos, pero no, si intentamos saber algo más, no recibimos respuestas a nuestras preguntas, en todo caso repite aquello que ha recordado, como queriendo asegurarse que esos datos nos lleguen y seamos nosotros quienes los guardemos.

Realmente, a los que conocemos a Carla no nos importa  la memoria que le han robado, sabemos de ella que es una persona alegre, que habla poco, pero que está dispuesta a darse un baile cuando sea necesario, y que dar palmas le encanta. Es capaz de regalarnos una gran sonrisa cuando se encuentra bien,… No importa lo que recuerde, aunque a nosotros nos duela y en ocasiones ni nos reconozca; ella no recuerda, pero nosotros sí recordamos y sabemos quién es.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Espiritualidad en clínica

'ESPIRITUALIDAD EN CLÍNICA. Una propuesta de evaluación y acompañamiento espiritual en Cuidados Paliativos', esta es la nueva monografía de la SECPAL que puedes leer en http://www.secpal.com/%5CDocumentos%5CBlog%5CMonografia%20secpal.pdf



lunes, 15 de diciembre de 2014

Hasta cuando Dios quiera tío Javichu

Los años van pasando, y aquellas personas queridas, que fueron dejando huellas en nuestra infancia, van partiendo hacia el cielo, aquí dejan muchos años de entrega, de servicio, y de amor y cariño a los seres queridos. Aquí dejan bellos recuerdos; pero, también dejan el corazón dolorido por la partida, ahora nuestro adiós se convierte en un verdadero hasta cuando Dios quiera, hasta que hayamos cumplido aquí nuestra misión y podamos reencontrarnos contemplando el rostro del Padre.
Hasta cuando Dios quiera tío Javichu, cuándo será, no lo sé, pero, dentro quedan grandes recuerdos, un lunar que queríamos agarrar como si de un trofeo se tratara, una hermosa sonrisa que alegraba el alma, y el cariño constante del calor familiar que anima a seguir caminando.
Junto con la tía Laura, has hecho crecer hermosas semillas, ‘serrana’, ‘china’ y ‘negra’, que siguen dando frutos, que siguen cultivando las semillas que les has legado.
Gracias tío, por esa mirada, que anima a seguir viviendo incluso en medio de la enfermedad, que anima a seguir caminando incluso cuando ya se ha cruzado hacia los brazos del Padre, que anima a seguir amando porque nos has enseñado que vale la pena.

Hasta pronto tío, descansa en paz, te tenemos presente.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Espiritualidad vs. Religiosidad

La OHSJD da un gran valor a la atención espiritual y religiosa de los enfermos. Esta institución que cuenta con más de 500 años de existencia, con gran experiencia en el cuidado y la asistencia a todo tipo de enfermos y necesitados menciona en su carta de identidad:

«Nuestra aportación a la sociedad será creíble en la medida en que incorpore los progresos de la técnica y la evolución de las ciencias y la sepa enriquecer con sus logros; de ahí la importancia de que nuestra respuesta asistencial mantenga una inquietud por estar permanentemente actualizada en su vertiente técnica y profesional. A partir de ahí deberemos dar una asistencia que considere todas las dimensiones de la persona humana –biológica, psíquica, social y espiritual-. Solamente una atención que trate todas estas dimensiones, al menos como criterio de trabajo y como objetivo que lograr, podrá considerarse como asistencia integral.
Hablar de atención integral implica atender y cuidar la dimensión espiritual de la persona.»
 

Ahora bien, la realidad es que si la espiritualidad va adquiriendo mayor reconocimiento y atención, no sólo en el campo de la salud y de la asistencia, sino en todos los órdenes de la vida, incluso en el mundo empresarial, asistimos también a la existencia de cierta confusión, cuando menos terminológica. Se habla de espiritualidad, religiosidad, esoterismo, técnicas de autoconocimiento y otros términos que no siempre significan lo mismo. Me referiré a continuación a los términos ‘espiritualidad’ y ‘religiosidad’ por ser los que nos interesan en este momento.

Decía Arnaldo Pangrazzi, que cuando se habla de espiritualidad, hay quienes tienden a considerarla como sinónimo de pertenencia a una determinada religión. Aunque es verdad que para muchos la espiritualidad está directamente relacionada con su propia tradición religiosa, para otros no es así. Actualmente las religiones tradicionales están perdiendo influjo y dominio, mientras que crece el interés por la espiritualidad. Hay un elevado número de personas que no conocen ni frecuentan la iglesia (lugar de culto católico), la mezquita (lugar de culto islámico) o la pagoda (lugar de culto budista), pero que poseen una rica espiritualidad.

La ESPIRITUALIDAD se refiere a la llamada interna de toda persona a orientar y a crecer en su vida mediante transformaciones internas permanentes, en búsqueda de la plenitud, la felicidad, el paraíso, la realización plena del proyecto vital, la autorrealización, el nirvana… u otros nombres que se refieren a lo mismo.
Es vivir la dimensión espiritual en profundidad, y por tanto, exige el contacto con ella. Aunque pertenece a la intimidad del ser humano, atraviesa toda la realidad de la persona de dentro hacia fuera, llenando la vida de luz y sentido.
Al igual que todas las dimensiones constitutivas de la persona, física, psicológica y social, el ser humano puede bloquear e incluso negar la realidad de lo espiritual dentro de sí mismo, perdiendo así la oportunidad de madurar y crecer, en definitiva, de reconocer y experimentar la profundidad y las posibilidades a las que está llamado. Esto se constata frecuentemente en muchos enfermos, pero de modo especial en los enfermos en el proceso terminal de sus vidas. Aquellos que han cultivado y desarrollado en su vida la espiritualidad encuentran en los momentos de crisis importantes apoyos para vivir saludablemente esas situaciones, y viceversa. Lo vemos en nuestros residentes

De una forma sintética, el contenido de la vida espiritual de las personas se refiere a los siguientes aspectos:

  • Al sentido de la vida: especialmente a las grandes preguntas y respuestas sobre el sentido de la vida, de la muerte, del sufrimiento, del gozo, del trabajo, de las opciones que se toman en la vida. El sentido de las realidades que dan peso específico a nuestra vida. ¿por qué a mí? ¿existe algo después de la muerte? ¿qué será de los míos? ¿tiene sentido vivir sufriendo? ¿estoy satisfecho con mi vida? Y muchos otros interrogantes que cada persona se hace en su momento.
  • A los valores: aquellos que definitivamente motivan el sentido de nuestra vida y hacen que tomemos una opción, decisión o conducta, o tomemos otra. Sobre su base se constituye su escala de valores. Aquello que de verdad valoramos en la vida y de lo cual tratamos de hacernos virtuosos con la práctica habitual en nuestra vida. Son las puntas de lanza que mueven al ser humano en su vida. Los hay de muchos tipos y clases, y en función de ellos vivimos, en función de ellos también vivimos la enfermedad y se afronta el proceso final de la vida.
  • Las creencias que todo ser humano tiene y de las que está convencido. Pueden ser de muchos tipos, pero en razón de las síntesis hablaremos de aquellas que abren a la persona a la trascendencia divina (Dios, que puede tener muchos nombres) y las que tienen una orientación existencialista y humana (ciencia, cultura, familia, política, deporte…) hay que decir que pueden darse varios tipos en una misma persona, aunque siempre hay unas con mayor peso específico que otras. Las creencias tienen también su proceso de elaboración y maduración. Muchas veces quedan en un nivel puramente mágico o ritual. Otras veces están más formadas y elaboradas razonablemente. En todo caso es importante no caer en fundamentalismos. En la asistencia a todos los enfermos, resulta de capital importancia estar atentos a este aspecto, que será en muchas ocasiones la llave para afrontar adecuadamente su enfermedad.


La RELIGIOSISDAD es la capacidad del ser humano de vivir una experiencia religiosa en una religión concreta. Exige una opción de la persona por un Dios concreto, por una religión determinada, que tiene un cuerpo doctrinal definido y orientado para ofrecer a los creyentes su escala de valores así como las respuestas a los grandes interrogantes de la existencia, aun cuando en ocasiones sea dentro del misterio que también forma parte de ella. Sus rasgos básicos y de manera sintética son los siguientes:
  • Exige la fe en Dios: un acto libre y voluntario. Es la respuesta a una llamada que comporta entender y vivir de una forma concreta. Es un don que no se alcanza por méritos propios y al que hay que responder. Es una experiencia dinámica que necesita del silencio interior para escuchar frecuentemente la llamada y poder responder. Por encima de doctrinas, normas y reglas, que también existen, se trata de una experiencia personal y comunitaria capaz de transformar la vida y orientarla de acuerdo con el Dios en el que se cree.
  • Comunidad: no hay religión sin comunidad, asamblea, Iglesia, comunidad vertical (relación persona-Dios) y comunidad horizontal (relación interpersonal entre los miembros de la comunidad), unidos por el eje común de la fe. Tiene una doctrina que se comparte, se vive, ayuda, orienta y da respuestas a las grandes preguntas por el sentido de la vida, de la muerte, del sufrimiento… ordena la escala de valores de sus miembros y ayuda a profundizar en las creencias y la fe en el Dios de la comunidad. Es el espacio adecuado donde se celebran las liturgias y los ritos, donde se forma a los nuevos creyentes y habitualmente se preocupa por las necesidades tanto espirituales como materiales de sus miembros.
  • Descentramiento: es la experiencia de «salida de sí mismo». Poner el centro de la vida fuera de uno mismo. Uno se constituye en siervo de ese Centro que hay en el creyente (Dios-Amor en el cristianismo, por ejemplo). Es uno de los criterios de discernimiento sobre la madurez y lo saludable de una experiencia religiosa. La fe en Dios, para que sea auténtica y sana, debe ayudar al creyente a superar el egocentrismo que pone a la persona como centro del mundo y de la propia comunidad, por encima incluso de Dios. Sin embargo, la experiencia de encuentro con Dios, sea cual sea, ha de llevar a la persona a abrirse a Dios, fuente de la vida y la existencia, al mundo del que formamos parte y a las personas con quien está llamada a constituir la comunidad humana que viva en paz, justicia, libertad y solidaridad. Por ello es frecuente que las comunidades de cualquier religión no miren solo a su propio grupo, sino que están abiertas a trabajar en unidad por el bien común de la sociedad.
  • Símbolos: la fe solo puede expresarse con el lenguaje simbólico (no científico). La comunidad necesita símbolos para expresar lo que no puede ser dicho con claridad por el lenguaje verbal y escrito. De ahí que la liturgia en las religiones ocupe un espacio muy importante para celebrar la fe y para crecer en ella, para vivirla. La liturgia en las religiones está llena de símbolos, que remiten al creyente a una realidad diversa y superior. Un ejemplo claro en la liturgia cristiana católica son los sacramentos.

En definitiva,
la religiosidad es la expresión comportamental del sistema de creencias y cultos organizados de la religión.

La persona puede vivir su religiosidad de dos formas:

1. Una ejercida como medio para acceder a la experiencia de lo divino. De esta forma cumple su fin último que es la espiritualidad. El religioso vive su religión y vivencia su fe como el valor más alto de su vida.
2. La otra manera es cuando la religiosidad se convierte en un fin en sí misma, la experiencia de lo divino se desvanece, y la religiosidad adquiere un carácter instrumental, y supersticioso, que aleja a la persona de lo espiritual. En este caso el religioso usa la religión en un sentido estrictamente utilitario para ganar seguridad, posición social, u otras metas no religiosas.

Aquello que dota de realidad y sentido esencial a esta vida religiosa es justamente la espiritualidad. Sin espiritualidad, la vida religiosa es sólo apariencia, máscara, vacío de lo divino.

Benjamin Beit-Hallahmi y Michael Argyle proponen la consideración de la religión como una actitud compuesta de tres dimensiones:


  • cognitiva (creencias religiosas), estaríamos hablando de conceptos teológicos, como trinidad, cristología, eclesiología, escatología...
  • comportamental (comportamientos religiosos y rituales más o menos institucionalizados y convencionales), aquí estarían los sacramentos, entre ellos la comunión, la reconciliación, la unción de enfermos, que son los sacramentos propios de la enfermedad.
  • afectiva (vínculos entre el hombre y la transcendencia), podría incluir aquí la oración, teniendo presente que esa relación con mi invita a salir de mí mismo para llegar al hermano.

EJEMPLO para ver las diferentes respuestas entre quien estaría viviendo una espiritualidad religiosa y otro que no: Cuando la persona se pregunta ¿quién soy yo? Encontraremos una postura como la de Descartes, quien dijo “pienso, luego existo”; se encuentra con el pensar para afirmarse como una realidad óntica.

Pero también vamos a encontrar la postura de alguien como Agustín de Hipona o San Agustín; que al preguntarse sobre quién es él, San Agustín se encontrará con un Otro. No se encuentra primero consigo mismo, sino con Otro, con Dios y así a modo de diálogo con este Gran Otro, que le permitió ir conociéndose, descubriéndose.

Personas como San Agustín, dentro de la historia de la espiritualidad cristiana, son las que dan origen a la categoría de Homo Religiosus para la antropología religiosa. Son personas con capacidad de vivir el fenómeno religioso, que sólo es posible dentro de la dimensión espiritual.

La religión exige una opción personal, y por tanto es posible que nos encontremos con personas no religiosas cuya vida espiritual no está abierta a la trascendencia, aun Dios concreto, y sus creencias quedan referidas a la esfera de lo existencial, del mundo conocido. La espiritualidad es lo más específicamente humano, de ella no podemos renegar, mientras que sí podemos optar por declararnos no creyentes, no “re-ligarnos” a ningún tipo de fe.

José Carlos Bermejo explica de la siguiente forma la relación entre espiritualidad y religiosidad:

Aunque espiritualidad y religiosidad están íntimamente relacionadas y son incluyentes, no son necesariamente coincidentes entre sí. Mientras que la religiosidad comprende la disposición y vivencia de la persona de sus relaciones con Dios dentro del grupo al que pertenece como creyente y en sintonía con el modo concreto de expresar la fe y las relaciones, la espiritualidad abarca la dimensión religiosa y la incluye en parte. En ella podemos considerar como elementos fundamentales todo el complejo mundo de los calores, la pregunta por el sentido último de las cosas, las opciones fundamentales de la vida (la visión global de la vida).
Cuando la espiritualidad llega a cristalizar en la profesión de un credo religioso; cuando el mundo de los valores, de las opciones fundamentales y la pregunta por el sentido cristalizan en una relación con Dios, entonces hablamos de religiosidad. Muchos elementos pertenecen, pues, a la dimensión espiritual, irrenunciable para toda la persona, pero no todos los individuos dan el paso de la fe: la relación con Dios, la profesión de un credo, la adhesión a un grupo que comparte y concelebra el misterio de lo que cree.

Koenig planteó cuatro modelos sobre la relación de la salud mental y física con la religión y la espiritualidad o secularidad (laicidad):

Versión tradicional-histórica de espiritualidad: Se caracteriza por la profunda religiosidad. La religión, la espiritualidad y la secularidad (laicidad) son recursos que pueden promover estados mentales positivos como el propósito y significado de la vida. La espiritualidad en esta versión es un constructo completamente separado de las medidas de salud mental o física.

Versión moderna de espiritualidad: Se caracteriza porque amplía o va más allá del constructo de religión tradicional. Esta versión conceptualiza la comparación de la salud mental y física de los que son "espirituales religiosos", los que son "espirituales, pero no religiosos", y los que son "completamente seculares"

Versión tautológica (mismo pensamiento expresado de distintas maneras, pero que son equivalentes) moderna de espiritualidad: Aunque es similar a la anterior, se caracteriza porque se extiende hacia fuera incluyendo en su definición la salud mental positiva y los valores humanos. Este concepto de espiritualidad incluye no sólo indicadores religiosos tradicionales o una búsqueda de lo sagrado, sino también estados psicológicos positivos como propósito y significado de la vida, la conexión con los demás (la calidad de apoyo social), tranquilidad, armonía y bienestar. Se define como versión "tautológica" porque incluye indicadores de salud mental en la definición de espiritualidad, lo que asegura una correlación positiva entre estas dos variables

Versión clínica moderna de espiritualidad: Esta versión se caracteriza porque incluye las anteriores, es decir, el constructo de religión y los indicadores positivos de salud mental, sino también lo secular (laicismo) como elementos de su definición. En este modelo es considerado espiritual incluso lo agnóstico y lo ateo. Este es precisamente el modelo que actualmente se está trabajando desde la SECPAL.


Para finalizar quiero traer a Marcos Gómez Sancho: «Entender el asunto de que las necesidades espirituales y religiosas no son sinónimas tiene una gran importancia práctica. No es asunto exclusivo del sacerdote o pastor intentar hacer frente de este tipo de necesidades.» ya que tras ver la versión clínica de espiritualidad queda de forma más clara la importancia del trabajo interdisciplinar.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El poder del amor


video

No sé lo que dice, pero desde luego, sobran las palabras...

Cuando parece que ya no se puede hacer nada desde la ciencia, siempre está lo verdaderamente humano, el amor, en este caso parece que de una madre, pero en otras ocasiones ha sido el abrazo de un hermano u otras acciones que nos llevan siempre a lo más íntimo, al cuidado, a la ternura. 

Como veis es un vídeo muy entrañable, espero que os guste y os haga reflexionar; este vídeo nos invita a trabajar, no sólo el amor, sino también la fe y la esperanza.

Lo que queda es dar gracias a Dios por la vida...

sábado, 6 de diciembre de 2014

Simeón y Ana, en la vejez

Vamos a recordar ahora una historia de muchos siglos atrás, muy conocida. Utilizamos para ello el Evangelio de Lucas[1]. Eran un hombre y una mujer ya ancianos, que se pasaban el día en el templo de Jerusalén, y que tuvieron la suerte de conocer a Jesús a los pocos días de su nacimiento. Una historia que puede ser un símbolo para todos nosotros.


Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido una revelación del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.
Impulsado por el Espíritu Santo fue al templo, y cuando entraron con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel”. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: “Mira: este está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, y a ti una espada te traspasará el alma. Así quedará calara la actitud de muchos corazones”.
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche; sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Simeón y Ana formaban parte del amplio grupo de judíos que esperaban que un día se cumplirían las promesas de Dios. Esperaban algo nuevo, que transformase la vida difícil y dolorosa de tanta gente. Era una esperanza que se vivía de formas muy diferentes. Algunos esperaban una acción maravillosa de Dios, una gran acción poderosa que lo transformaría todo.

Pero había otros, como Simeón y Ana, o como José y María, o como Isabel y Zacarías, que vivían simplemente la confianza en Dios y procuraban llevar a la práctica las grandes llamadas que Dios había hecho a lo largo de la historia: la llamada a la fe y a la esperanza; la llamada a la oración, la llamada a amar a los demás y a estar al servicio de los que lo necesitasen y sobre todo de los pobres… y así, esperaban.

Simeón tenía dentro de sí una convicción. Él, un hombre anciano y sin ninguna relevancia social, cuyo único objetivo en la vida era intentar ser honrado y piadoso, había sentido una llamada interior, algo que le había llenado de confianza y alegría: no sabría cómo explicarlo, pero tenía claro que el Espíritu de Dios le había asegurado el cumplimiento de una gran esperanza: vería cómo se comenzaban a hacer realidad aquellas promesas en las que él creía. Vería a aquel a través del cual Dios iba a iniciar un camino nuevo para la humanidad, el Mesías del Señor.

Y luego está Ana, sobre la que el relato no nos dice si había sentido como Simeón alguna llamada. Era viuda, y las viudas poco futuro tenían, en aquel tiempo. Por eso ella se había refugiado en el servicio del templo, y allí también esperaba. El evangelio no lo dice, pero siendo como era una mujer viuda, debía tener mucha más fuerza y convicción que Simeón para seguir adelante… y esperaba en día en que las cosas comenzarían a ser distintas.

Y ese día llegó. Nadie lo habría dicho, que tuviese que llegar de aquella manera, nadie más lo supo ver, pero Simeón y Ana sí, porque a Simeón y Ana los años les habían dado sabiduría, capacidad de entender, experiencia que les hace descubrir dónde está lo valioso de la vida.

Simeón y Ana eran personas de corazón abierto, que a través de los muchos ratos de oración y de tener el espíritu y la mirada bien dispuestos, han sido capaces de entender por dónde pasaba el camino de Dios. Que es el camino que ellos han vivido siempre, el camino de la sencillez y la fidelidad amorosa, el camino que ahora, ya ancianos, siguen viviendo, y el camino que saben que es el único camino de felicidad.

Por encima de todo, este camino es una gran alegría. Y cuando uno lo ha descubierto, cuando uno ha visto en Jesús que este camino es el de la felicidad y de la vida, entonces puede mirar hacia atrás con paz y confianza, y agradecer toda la historia vivida, tanto las cosas que han ido bien como las que ido mal, tanto los aciertos como los fracasos, tanto las ilusiones alcanzadas como las que no. Y puede mirar hacia delante y decir aquellas grandes palabras: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto al Salvador”. Porque esto no se termina, y después está toda la paz, todo el amor y toda la vida de Dios.



[1] Evangelio según san Lucas 2, 22.25-38

Hay razones para vivir


A veces te quejas de las cosas que ya no puedes hacer, o de las fuerzas que te fallan y de las enfermedades, o de la memoria que ya no te responde como quisieras, o más aún, si has perdido a un ser querido y sientes que te has quedado solo o sola, y parece que tu vida se ha roto. Y tendrías razón en quejarte, pero, al mismo tiempo que te quejas también vale la pena que aprendas a descubrir todo lo bueno que puedes vivir, las cosas que puedes hacer, tanto si son pocas como si son muchas, el esfuerzo por seguir adelante día tras día, la alegría que puedes dar a los demás, el tiempo más tranquilo y el descanso, las conversaciones amables, las ganas de seguir atento a todo lo que pasa a tu alrededor aunque a veces te cueste más, la paz que puedes vivir en la debilidad,…

Y en todo esto, la mano amorosa de Dios, que es el Amor que no falla, que es el Padre que nos lleva en sus brazos, que es la Alegría profunda que ningún dolor puede pagar. Porque más allá de todo, y nos suceda lo que nos suceda, esta Él que nos ofrece su vida para siempre.

Pienso que lo importante es que queráis seguir viviendo vuestra propia vida a fondo. Y vivir a fondo significa hacer todo aquello que somos capaces de hacer, y aprender a no angustiarse por lo que no podemos hacer. Por ejemplo, hay quien, cuando llega a un momento de la vida en que ya sale muy poco a la calle, piensa que no vale la pena vestirse por la mañana o ir a la peluquería o afeitarse; y sin duda que estas no son cosas trascendentales, pero, no hacerlas significa abandonarse, pensar que no merece la pena cuidarse, esforzarse, procurar estar bien. Y desde luego que no es así. Y esto que es un ejemplo de cosas poco trascendentales, vale para cualquier otra cosa.

Vale la pena hacer todo lo que podamos hacer, y al mismo tiempo vale la pena aprender a aceptar que hay cosas que no podemos hacer, y dejarse ayudar (que también cuesta) en todo lo que sea necesario. Lo importante es vivir lo más plenamente posible todos los momentos de nuestra vida.

Y todo esto, además, acompañado del amor y la ternura de Dios. Porque vale la pena creer y confiar en el Padre que nos ama, porque vale la pena tener a Jesús y a su evangelio como camino y como luz para vivir, porque vale la pena dejarse guiar por el Espíritu que es fuerza y gracia que todo lo renueva. Porque vale la pena seguir el ejemplo de María, y decirle hágase en mí.

Convencidos de que, en definitiva, al fin de todo, Dios nos acogerá, y compartiremos su vida con él, y con todas las personas que hemos amado, y con toda la gente de todo tiempo y lugar. No sabemos cómo será, pero nos fiamos de él. ‘Creed en Dios y creed también en mí’, nos dijo Jesús. Y nosotros creemos en él, y sabemos que, aunque a veces lo veamos todo oscuro, su amor es más fuerte que todo, y no nos fallará, y seremos felices para siempre.

Y es que cada uno somos importantes para el Señor, por eso a cada uno nos llama por nuestro nombre y se acerca a cada uno de nosotros y nos pide de beber. Siempre hay razón para vivir.