viernes, 8 de enero de 2016

Por qué sufrimos




Si existe Dios y dicen que es bueno y todopoderoso… ¿por qué no impide el mal en el mundo?, ¿por qué sufrimos? Nos encontramos ante el problema del mal, nunca completamente resuelto. Pero si quieres investigar un poco más, si no te vale cualquier respuesta, con este vídeo puedes seguir buscando.


10 PREGUNTAS SOBRE EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

1. ¿Ha creado Dios el mal y el sufrimiento

Dios es Bueno, inmensa e infinitamente Bueno. En cuanto Bueno, creó cosas buenas. Entonces, ¿dónde está el mal y de dónde proviene? ¿Cómo encaja el mal dentro de un universo creado y ordenado por Dios?

Quizá, antes de preguntarnos por el origen del mal, deberíamos preguntarnos por su naturaleza, es decir, ¿qué es el mal? Esto es lo que hace san Agustín, y llega a la conclusión de que el mal no es. El mal, explica, es la ausencia de bien. Y si el mal no es, ya no es preciso discurrir sobre la procedencia de algo que no es.

2. Si Dios no ha creado el mal, ¿de dónde procede?

Lo primero que hay que hacer es distinguir entre el mal moral y el mal físico, es decir, entre el mal causado por nosotros mismos y el mal cuya causa está en la naturaleza.

De manera que el origen del mal moral está en nuestra libertad, o, mejor dicho, en el mal uso que hacemos de nuestra libertad, y es, por tanto, responsabilidad nuestra. Aquí podemos hablar del terrorismo, de las guerras, del hambre en el mundo; y también del egoísmo, de la envidia, del odio, de la incomprensión, y de un larguísimo etcétera.

El origen inmediato del mal físico es la naturaleza. A veces de ciertos fenómenos naturales se deriva destrucción y sufrimiento. Dichos fenómenos naturales se derivan de las leyes físicas y son necesarios para que el universo físico mantenga su equilibrio. En sí mismos no podemos decir que sean malos.

Sin duda alguna, el mal más profundo es el que tiene su origen en el corazón del hombre. La prueba más evidente está en el hecho de que se puede sufrir y ser feliz. Sin embargo, no se puede ser malo y auténticamente feliz. La enfermedad, la muerte, las desgracias espantosas causadas por catástrofes naturales son, ciertamente, una fuente inagotable de sufrimientos. Pero el mal que tiene su origen en el odio, en la envidia, en la crueldad, ese mal que sale del corazón es lo que ahoga la vida del ser humano y lo que se hace más insoportable.

3. ¿Podemos sacar algún bien del sufrimiento?

Hay quien sostiene que el mal y el sufrimiento son necesarios para que podamos madurar y para que podamos apreciar las cosas buenas de la vida. ¿Puede una persona que nunca ha sufrido alcanzar la madurez psíquica y emocional? El famoso escritor inglés C.S. Lewis sostiene en alguna de sus obras que el sufrimiento es como el cincel que utiliza Dios para irnos moldeando, para hacernos mejores (CS Lewis, El problema del dolor, Rialp, Madrid 1999).

En todos los tiempos y en todas las culturas encontramos proverbios que destacan el valor educativo del sufrimiento. Ciertamente, cuando alguien es capaz de enfrentarse al sufrimiento y de superarse, midiéndose con la dificultad, puede obtener algún beneficio de la prueba a la que se ha visto sometido.En este sentido se han pronunciado muchos hombres ilustres: “Hay cosas que no se ven como es debido hasta que las miran unos ojos que han llorado” (Luis Veuillot). “El hombre es un aprendiz, el dolor es su maestro, y nadie se conoce hasta que ha sufrido” (Alfred de Musset). “El hombre se mide cuando se mide con el obstáculo” (Sain-Exupéry).

Son frases bonitas, y tienen un punto de razón. Pero hay que reconocer que no producen ningún consuelo a quien se encuentra sumido en el sufrimiento. En todo caso, pueden ayudar a quien se ha enfrentado a la dificultad, al fracaso, al dolor, y lo ha superado.

4.  Ahora podríamos preguntarnos, ¿por qué no creó Dios un mundo sin pecado?

La respuesta a esta pregunta es que eso fue, precisamente, lo que Dios hizo: en el principio, Dios creó un mundo sin pecado, tal como nos cuenta el Génesis. Pero el hombre utilizó su libertad para el mal, para el pecado.

5. Entonces, podemos seguir preguntando, ¿por qué creo Dios un mundo en el que  iba a entrar el pecado con tan desastrosas consecuencias? ¿Por qué no creó Dios un hombre sin libertad para pecar?

Preguntar por qué Dios no creó seres humanos sin libertad para pecar es como preguntar por qué no creó los círculos cuadrados. Un mundo sin libertad sería un mundo sin seres humanos. La libertad es algo que pertenece a nuestra esencia. No puede haber seres humanos sin libertad. Si Dios hubiera creado un mundo sin libertad, ese sería un mundo sin odio, pero también sin amor; un mundo sin pecado, y también sin virtud; un mundo sin sufrimiento, pero también un mundo sin alegría. Dios nos ha dado una voluntad libre para que podamos amar, a Él y a los demás hombres, porque sin libertad no puede haber amor, sólo puede haber necesidad. El amor, para ser tal, tiene que ser voluntario.

Claro que, al crearnos libres Dios corría el riesgo de que el hombre utilizara su libertad no para amarle, sino para apartarse de Él; no para hacer el bien, sino para hacer el mal. En ese sentido, podemos decir que el pecado es el precio del amor. Desde el momento en que Dios decide crear al ser humano, racional y libre, estaba asumiendo la posibilidad de que el hombre pecara. ¿Por qué? Porque, Dios es de tal modo bueno y poderoso que puede sacar bien del mismo mal.

6. ¿Cómo puede Dios sacar bien incluso del mal?

Ofreciéndonos su ayuda para obtener bienes superiores de todo el mal que padecemos (aunque no por esto el mal se convierte en un bien). Ahora bien, esto no equivale a concebir la Providencia de Dios no como un plan que está colgando sobre nuestras cabezas, como un destino inexorable. La Providencia divina es una presencia, una compañía ofrecida al hombre. Presupone, por lo tanto, la entrega del hombre, su confianza y abandono en las suaves manos de Dios.

Claro, que el hombre puede admitir esa compañía, esa ayuda de Dios en su vida, o puede rechazarla. Dios no nos coacciona, no nos fuerza. Dios nos ofrece su ayuda, pero no nos la impone. Dios actúa con suma delicadeza: actúa amándonos, inspirándonos, hablándonos al oído, suscitándonos ideas y sentimientos, inclinando nuestra voluntad, atrayéndonos hacia sí. A veces Dios interviene en nuestra vida de forma misteriosa y nos cuesta reconocer el modo en que nos ha ido guiando. Otras veces podemos reconocer su intervención a través de las personas que va poniendo en nuestro camino, de los talentos que recibimos, a través de los acontecimientos que nos van sucediendo, de las inquietudes que despierta en nosotros.

De ello nos ofrece algunos ejemplos la Biblia, en la historia de José, de Moisés y de Tobías. Y también podemos encontrar ejemplos impresionantes en la vida de grandes santos, como San Ignacio de Loyola, que resultó herido en el asedio de Pamplona y su forzado reposo le permitió leer una serie de libros de espiritualidad que provocaron en él un cambio radical de vida. Un caso similar es el de San Francisco de Asís, que fue hecho prisionero y encarcelado en Perusa a la edad de veinte años, lo cual le permitió revisar toda su vida, hasta entonces vacía y superficial, y convertirse en uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia. Una herida de bala y una estancia obligada en la cárcel son, indudablemente, un mal. Pero Dios estaba allí para ayudar a estos dos hombres a aprovechar esos momentos de dolor y conducirles a la obtención de un bien superior.

7.  Entonces, ¿qué implica creer en la Providencia divina?

Creer en la Providencia equivale a vivir siempre confiado en Dios, sabiendo que estamos en sus manos, que nada ocurre sin que Él lo permita y que, siendo como es el Sumo Bien, todo va a redundar en beneficio nuestro. Creer en la Providencia equivale a creer que el amor de Dios no se deja vencer por el mal, sino que, “vence con el bien al mal” (Rom 12,21).

Así, cuando una persona cae enferma, los médicos tratarán de hallar la causa de dicha enfermedad, que podrá ser un virus, una bacteria, el mal funcionamiento de un órgano, o lo que sea. Pero lo que no se les ocurrirá decir es que Dios es el causante de la enfermedad. Cuando alguien se mata en un accidente de coche, la causa puede haber sido un fallo mecánico, un perro que se cruzó en la carretera o una placa de hielo. Lo que no podemos pensar es que Dios puso ahí esa placa de hielo o ese perro para que el coche se estrellara, ni que estuvo manipulando el motor la noche anterior. De la misma manera, ante una desgracia cualquiera, un cristiano no puede pensar que Dios es la causa de ese sufrimiento. Lo que el cristiano debe saber y sentir es que si Dios ha permitido ese dolor o esa desgracia, es porque va a sacar de ahí un bien superior.

De manera que el significado de la Providencia de Dios en el mundo se manifiesta verdaderamente cuando promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre. Este es el contenido fundamental del mensaje salvador de Cristo

8. Entonces, ¿cuál debe ser la actitud del cristiano ante el dolor y el sufrimiento?

El cristiano tiene la obligación de esforzarse por construir un mundo mejor, en el que reinen la justicia y el amor. La confianza absoluta que debemos tener en Dios no nos dispensa nunca de obrar. La afirmación bíblica de la Providencia universal de Dios no puede degenerar en fatalismo ni en apatía, pues la Biblia afirma reiteradamente que Dios ha creado a los hombres libres y que tenemos el deber de usar bien esa libertad.

Por eso, en la visión cristiana, la historia es obra conjunta de la Providencia de Dios y de la libertad del hombre: Dios crea el mundo y actúa en él mediante su Providencia; y el hombre con su inteligencia y su libertad debe colaborar con Dios en la perfección del mundo. El cristiano no puede desentenderse de las realidades mundanas, no puede quedarse “pasmado mirando al cielo”, porque tiene un compromiso en la perfección del mundo.

9.  Pero, seguimos preguntando ¿qué hace Dios ante la realidad del sufrimiento?

Si miramos a Dios buscando una respuesta ante tanto sufrimiento nos encontraremos con que la respuesta de Dios es Jesucristo en la cruz. Esa es la respuesta desconcertante de Dios. En la cruz nos encontramos con Cristo desfigurado, roto de dolor, desgarrado, rechazado por todos, maldecido por los hombres: pero sin dejar de amarlos. En la cruz encontramos a Dios que hace suyo nuestro dolor y no nos deja solos en la noche oscura del sufrimiento. Si el misterio del mal es indescifrable, el del amor de Dios lo es más todavía. Desde la cruz Cristo nos revela la locura de su amor y nos invita a volver a la casa del Padre, y sabemos que el Padre está esperándonos con los brazos abiertos.

Cristo no ha venido a suprimir el sufrimiento, ni a explicarlo: lo que ha hecho ha sido darle un sentido nuevo. Asumiendo el dolor y el sufrimiento, compartiéndolo con los hombres, lo ha convertido en misterio de salvación. La fe en el sacrificio de Cristo en la cruz es la única respuesta válida al problema del mal. Mejor dicho, no es la respuesta sino la “buena noticia”: el amor triunfa sobre el mal. Cristo ha venido al mundo para salvarnos, para librarnos del pecado. Cristo puede hacernos superar nuestras miserias, nuestros egoísmos, nuestras envidias, en definitiva, puede hacer que los hombres dejemos de hacernos el mal unos a otros. El cristianismo, por tanto, no puede suprimir el dolor ni el sufrimiento en esta vida, sólo puede, mirando a la cruz, llenarlo de sentido.

10. ¿Resignación? o ¿Esperanza

Por otra parte, sabemos que los sufrimientos de esta vida se acabarán y que en el mundo futuro que Dios nos tiene prometido, “pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,3-4).

Ahora bien, todo esto no nos puede llevar a una actitud de mera resignación. En el Evangelio no encontramos ni resignación ni conformismo. El Evangelio enseña que el mal puede ser vencido con el bien y, por tanto, no levanta la bandera de la resignación sino la bandera de la esperanza.Como decía Martín Descalzo que “no hay que confundir resignación con aceptación serena de la realidad, siempre que se entienda que la realidad no es una piedra para sentarse en ella a llorar, sino un trampolín en el que hay que apoyar bien los pies para saltar constantemente hacia otra realidad mejor. La resignación pasiva es un suicidio diario. La aceptación cristiana es el esfuerzo diario por levantarse tras un tropezón” (Martín Descalzo, Razones para el amor. Atenas, Madrid 1996).

La actitud del cristiano ante el dolor y el sufrimiento debe consistir en luchar por superarlo y, cuando no es posible, asociarlo al sufrimiento de Cristo en la cruz y vivirlo como una experiencia salvífica y de plenitud.



Artículo obtenido de atreveteabuscar.com