
Aquí encontraréis reflexiones, comentarios, oraciones, vídeos... que nos ayuden a vivir en positivo desde la fe, la esperanza y la caridad; como urdimbres de la pastoral sanitaria. Este material versará sobre Pastoral de la Salud, Bioética y Cuidados Paliativos (#PASBIOPAL); siendo ésta una forma de realizar una labor evangelizadora desde la Hospitalidad, como valor del que me he ido empapando a lo largo de los años trabajados con los Hermanos de San Juan de Dios.
sábado, 27 de junio de 2015
martes, 23 de junio de 2015
Discurso del Papa en el encuentro con los enfermos y discapacitados en la Iglesia del Cottolengo
Queridos hermanos y hermanas, no podía venir a Turín sin detenerme en esta casa: la Pequeña Casa de la Divina Providencia, fundada hace casi dos siglos por san Giuseppe Benedetto Cottolengo. Inspirado por el amor misericordioso de Dios Padre y confiando totalmente en su Providencia, acogió personas pobres, abandonadas y enfermas que no podían ser acogidas en los hospitales de aquel tempo.
La exclusión de los pobres y las dificultades para los indigentes de recibir la asistencia y las curas necesarias, es una situación que desgraciadamente está presente aún hoy. Se han hecho grandes progresos en la medicina y en la asistencia social, pero se ha difundido también una cultura del descarte, como consecuencia de una crisis antropológica que ya no pone al hombre en el centro, sino el consumo y los intereses económicos (cfr. Evangelii gaudium, 52-53).
Entre las víctimas de esa cultura del descarte quisiera aquí recordar en particular a los ancianos, que son acogidos en gran número en esta casa; los ancianos que son la memoria y la sabiduría de los pueblos. Su longevidad no siempre se ve como un don de Dios, sino a veces como un peso difícil de sostener, sobre todo cuando la salud está fuertemente comprometida. Esa mentalidad no hace bien a la sociedad, y es nuestra tarea desarrollar “anticuerpos” contra ese modo de considerar a los ancianos, o a las personas con discapacidad, como si fuesen vidas ya no dignas de ser vividas. Eso es pecado, es un pecado social grave. ¡Con qué ternura en cambio el Cotolengo ama a estas personas! ¡Aquí podemos aprender otra mirada a la vida y a la persona humana!
El Cotolengo ha meditado mucho la página evangélica del juicio final de Jesús, en el capítulo 25 de Mateo. Y no se ha hecho el sordo a la llamada de Jesús que pide ser alimentado, refrescado, vestido y visitado. Movido por la caridad de Cristo dio inicio a una obra de caridad en la que la Palabra de Dios ha demostrado toda su fecundidad (cfr. Evangelii gaudium, 233). De Él podemos aprender la concreción del amor evangélico, para que muchos pobres y enfermos puedan hallar una “casa”, vivir como en una familia, sentirse pertenecientes a la comunidad, y no excluidos y soportados.
Queridos hermanos enfermos, sois miembros preciosos de la Iglesia, sois la carne de Cristo crucificado que tenemos el honor de tocar y de servir con amor. Con la gracia de Jesús podéis ser testigos y apóstoles de la divina misericordia que salva el mundo. Mirando a Cristo crucificado, lleno de amor por nosotros, y también con la ayuda de cuantos cuidan de vosotros, encontráis fuerza y consuelo para lleva cada día vuestra cruz.
La razón de ser de esta Pequeña Casa no es el asistencialismo o la filantropía, sino el Evangelio: el Evangelio del amor de Cristo es la fuerza que la hizo nacer y que la hace ir adelante: el amor de predilección de Jesús por los más frágiles y los más débiles. Ese es el centro. Y por eso una obra como esta no avanza sin la oración, que es el primer y más importante trabajo de la Pequeña Casa, como le gustaba repetir a vuestro Fundador (cfr. Dichos y pensamientos, n. 24), y como demuestran los seis monasterios de monjas de vida contemplativa unidos a la misma obra.
Quiero agradecer a las monjas, a los hermanos consagrados y a los sacerdotes presentes aquí en Turín y en vuestras casas esparcidas por el mundo. Junto a muchos agentes laicos, voluntarios y “Amigos del Cotolengo”, estáis llamados a continuar, con fidelidad creativa, la misión de este gran Santo de la caridad. Su carisma es fecundo, como demuestran también los beatos don Francesco Paleari y fray Luigi Bordino, y la sierva de Dios sor María Carola Cecchin, misionera. Que el Espíritu Santo os dé siempre la fuerza y el valor de seguir su ejemplo y dar testimonio con alegría de la caridad de Cristo que lleva a servir a los más débiles, contribuyendo al crecimiento del Reino de Dios y de un mundo más acogedor y fraterno. Os bendigo a todos. Que la Virgen os proteja. Y, por favor, no olvidéis de rezar por mí.
Al final el Papa salió al patio interior para saludar a los que no habían cabido:
Os saludo a todos, os saludo de corazón. Os agradezco mucho lo que hacéis por los enfermos, por los ancianos y lo que hacéis con ternura, con tanto amor. Os agradezco mucho y os pido: rezar por mí, rezar por la Iglesia, rezar por los niños que aprenden el catecismo, rezar per los niños que hacen la primera Comunión, regar por los padres, por las familias, y desde aquí rezad por la Iglesia, rezad para que el Señor envíe sacerdotes, envíe monjas, para hacer este trabajo, ¡tanto trabajo! Y ahora recemos juntos a la Virgen y luego os doy la bendición [Avemaría].
martes, 16 de junio de 2015
sábado, 13 de junio de 2015
Pequeña e insignificante semilla
Pequeña semilla de la sonrisa,
pequeña e insignificante semilla
que se convierte en rayo de sol para
el anciano o el enfermo abandonado.
Pequeña semilla del apretón de
manos, pequeña e insignificante semilla
que se convierte en salvavidas para
el solitario a punto de ahogarse.
Pequeña semilla del oído atento,
pequeña e insignificante semilla
que se convierte en escala de
ternura para el adolescente desamparado.
Pequeña semilla del gesto gratuito,
pequeña e insignificante semilla
que se convierte en palabra de vida para
el hombre saturado de discursos.
Pequeña semilla de la comunidad
fraterna, pequeña e insignificante semilla
que se convierte en cita de
esperanza para todos los pobres del barrio.
Pequeña semilla de la solidaridad,
pequeña e insignificante semilla
que se convierte en fuente de futuro
para todo un pueblo aplastado.
Pequeña semilla del misionero,
pequeña e insignificante semilla
que se convierte en Buena Nueva para
toda una cultura evangelizada.
Pequeña semilla de la oración,
pequeña e insignificante semilla
que se convierte en respiración y
acogida de una Presencia
para el hombre en busca de
eternidad.
Pequeñas semillas de los testigos,
pequeñas e insignificantes semillas
que se convierten en el árbol de la
Iglesia universal,
al que todos los hombres, alegres
como pájaros,
vendrán a anidar para cantar la
gloria de Dios.
M. Hubaut, Orar las
parábolas, Sal Terrae
Jornadas Diocesanas de Pastoral de la Salud en el Hospital Santa Clotilde
Nuestro compi Iñaki Mardones nos envía la Crónica de las II Jornadas Diocesanas de Pastoral de la Salud, de la Dioscesis de Santander, que en esta ocasión se han realizado en el Hospital Santa Clotilde.
Dentro del Año
dedicado a la Vida Consagrada y queriendo agradecer a la Vida Consagrada en
General y a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en particular, la historia del Hospital
de Santa Clotilde y el testimonio admirable de Hermanos de San Juan de Dios,
Misioneras de María Inmaculada, colaboradores de los Hospitales de Sierra Leona
y Liberia que han dado su vida en la lucha contra el Ébola, hemos elegido el Hospital
de Santa Clotilde para celebrar las II Jornadas Diocesanas de Pastoral de la
Salud el Sábado 6 de Junio de 2015. Allí nos hemos reunido unas 60 personas
(Capellanes, Agentes de Pastoral, Visitadores de Enfermos, Hermanos de San Juan
de Dios, Profesionales sanitarios, voluntarios y Enfermos del Hospital.
El Hermano Juan
José Ávila Ortega, Superior de la comunidad de Hermanos de San Juan de Dios,
nos brindó una cálida acogida, alegrándose de que se celebrase en Santa
Clotilde dicho encuentro y mostrándonos en un video cómo es el Hospital de
Santa Clotilde y el trabajo sanitario del mismo. Posteriormente hemos visto la
película “CARTAS A DIOS”. Posteriormente hemos tomado un café o un zumo y hemos
podido saludarnos amablemente y cambiar impresiones.
Después hemos
tenido en primer lugar la presentación por parte del Hermano Juan de la
biografía de San Juan de Dios y con un video nos ha presentado los valores que
se viven en los Centros de la Orden de San Juan de Dios que son: RESPETO, RESPONSABILIDAD, CALIDAD Y
ESPIRITUALIDAD y uno trasversal y central como es LA HOSPITALIDAD hemos podido conocer los Centros que la Orden de
San Juan de Dios tiene en la Provincia Canónica de Castilla, una de las tres
que hay en España. A continuación Walter Eladio Acuña Estela, responsable del
Servicio de Atención Espiritual y Religiosa (SAER) del Hospital de Santa
Clotide nos ha presentado qué personas integran dicho Servicio, las actividades
que desarrollan y las herramientas, valores y actitudes que emplean en dicho
servicio. Para finalizar este momento han tenido la generosidad de obsequiar a
todos los participantes con una revista que recoge las actividades de las
celebraciones de los 75 años de historia, un llavero conmemorativo y una teja
que representa el Palacio-Hospital de Santa Clotilde.
Hemos celebrado
la Eucaristía en la capilla del Hospital que ha estado presidida por José María
Díaz, Capellán del Hospital de Sierrallana, Capellán de la Prisión del Dueso y
Párroco de Ganzo y Duález y concelebrada por Nacho Ortega, Consiliario de la
Hospitalidad Nuestra Señora de Lourdes y Capellán del Hospital Universitario
Marqués de Valdecilla y por Peter Asante, Hermano de San Juan de Dios y
Capellán del Hospital de Santa Clotilde. Musicalmente, nos ha acompañado con el
órgano Sor Olimpia Siagan, Religiosa de Santa María de Leuca, Enfermera y
componente del Servicio de Pastoral del Hospital. En la homilía, José María nos
hacía darnos cuenta de la gran labor, callada y silenciosa que desempeñamos
como Voluntarios, Agentes de Pastoral y Acompañantes de Pastoral de la Salud
que nos encontramos con Jesucristo en los enfermos y a vivir este servicio con
alegría y entrega.
A continuación
hemos tenido una comida de fraternidad, donde ha reinado el buen humor y el
clima de camaradería. Hemos terminado la jornada con un completo Video-Forum
dónde hemos ido desgranando personajes, momentos y claves que nos ha aportado
la película.
Desde el Equipo
del Secretariado Diocesano de Pastoral de la Salud queremos dar nuestro más
sincero agradecimiento a todo el Hospital de Santa Clotide por su acogida,
amabilidad y sobre todo por hacer real la HOSPITALIDAD.
Cuidar al Moribundo
Una enfermedad mortal, como negación de vida, es una amenaza
contra el propio ser y sitúa al moribundo en uno de los momentos más
importantes y singulares de su existencia, en un tramo final que puede afianzar
todos sus logros, que puede rectificar parte de sus limitaciones mejorando al
final su proyecto vital, o se puede anular, empobrecer, pervertir o
distorsionar toda la coherencia de su vida hasta entonces.
Por esto, es muy importante aprender a dejar morir al enfermo,
sin anonadarlo con engaños o distracciones vitales, y, además, ayudarle con un acompañamiento
íntimo y leal, que el permita morir en paz, de acuerdo con sus valores y
preferencias. Un cuidador cercano, significativo para él –familiar, amigo o
sanitario vocacionado-, puede cubrir esta necesidad, y no solo para ayudarle a
prevenir los sufrimientos evitables y confortarle en los inevitables, sino,
sobre todo, para reforzar su resiliencia, es decir, su capacidad de
sobreponerse a fuerzas que tratan de doblegarlo, para que se mantenga entero y
firme, ya que esto es lo que capacita al ser humano a hacer una vida sana en un
medio insano, como puede ser el profundo dolor moral ligado a la pérdida final,
en el caso que nos ocupa.
Solo de este modo el paciente desahuciado podrá terminar su
realización personal de una manera más provechosa y segura, haciendo de su
morir un modo de revivir, subrayando y finiquitando su existencia. No debemos
olvidar que el moribundo, sobre todo si es muriente, permanece en su proceso de
“llegar a ser”, sin “ser” aún, y que nunca está ni debe estar en un proceso de
“dejar de ser”, por sus renuncias, angustias o cobardías. Por el contrario,
todo paciente incurable debe ser apoyado para que entre en un “afán de llegar a
ser”.
Paralelamente, también es importante recordar en este momento
que la muerte no significa, en sí misma, el final de lo absoluto,
si por tal entendemos algo más que el ser singular. Toda vida humana está
engranada en un proceso en marcha transitivo y trascendente, cualquiera que sea
la interpretación cognitiva que demos al hecho (mistérica, ecológica,
evolucionista u otra).
Pensando en la humanidad actual y sobre todo histórica, suena
bien el poema de Dyland Thomas en el que clama: “Y la muerte no tendrá
dominio”. Así dice un fragmento, con la traducción ligeramente modificada por
mí:
Y
la muerte no tendrá dominio.
Los
muertos desnudos se confundirán
con
el hombre en el viento y en la luna poniente;
cuando
sus huesos se limpien
y
esos huesos limpios se desvanezcan,
tendrán
estrellas en sus codos y en sus pies;
aunque
se vuelvan locos, serán cuerdos;
aunque
se hundan en el mar, surgirán de nuevo;
aunque
los amantes se pierdan, el amor no se perderá.
Y
la muerte no tendrá dominio.
A este valor trascendental debe contribuir, a ser posible, todo
ser humano, con mejor o peor fortuna, y a ello está llamado. Por eso, ante la
situación de una persona en un estado de gran debilidad física, como es el
moribundo, se precisa que realice para compensarla un gran rearme moral,
dotándose de una extraordinaria energía espiritual. A ello deben contribuir sus
posibles personas acompañantes.
Todo ser humano, sobre todo en condiciones de gran fragilidad,
merece el máximo respeto: es decir, el reconocimiento de que tiene vida propia
y de que su existencia, su devenir singular y único, solo puede protagonizarlo
y realizarlo él mismo.
Es normal que, ante la extraordinaria alarma de dejar de ser, la
mayoría de las personas confrontados con la presentación de una muerte
inmediata tengan tentaciones de huir, negando su realidad. Sin embargo, en este
momento más que nunca, el humano necesita afrontar su propia muerte y su
auténtico morir, salvándose del miedo paralizante a la muerte, de las
tentaciones al abandonismo y/o a la resignación, así como de todo lo que en su
proceso de morir, recién iniciado, le haga perder su identidad y/o su
personalidad, deshumanizándole. Los cercanos a él, por parentesco o profesión,
tienen la obligación de ayudarle a morir sanamente, siendo y deviniendo como él
mismo, sin hacer de la muerte una enfermedad.
Preparación
Para poder cuidar al moribundo hace falta que el cuidador haya
elaborado, sobre todo, su propia muerte y la tenga asumida. Asimismo, que posea
un concepto claro sobre el sentido del morir y de su aportación total al
conjunto de la vida personal de la persona atendida. Además, necesitará
realizar cuatro tareas más:
- Evitar
sus propios mecanismos de defensa:
-
Su identificación masiva con el enfermo.
-
Sus sentimientos de culpabilidad y su escrupulosidad exagerados.
-
Sus muy posibles vivencias de impotencia y de desánimo.
-
Sus momentos de confusión y de desconcierto.
- Liberarse
del falso pudor paralizante.
- En
el caso de los sanitarios, ahuyentar la profesionalidad formalista y
hierática.
- Mantener
hacia el sujeto terminal una actitud propulsiva, basada en las motivaciones
al desarrollo, eliminando al máximo, las posturas defensivas, sin caer en
la trampa fácil de evitar el dolor por encima de todo. En toda la vida,
incluso en su fase final, el dolor es a veces necesario para realizar la
naturaleza humana.
Todo lo que venimos manifestando apunta a una realidad
inequívoca. Quien quiere cuidar a un paciente en el final de sus días necesita
algo más que poseer una buena formación y conocimiento; precisa tener un saber
experiencial en su propia existencia, para poder ser con el ayudado y no solo
saber qué hacer con él. A este no hay que darle solo ayudas y remedios, hay que
saberse dar.
Reconocer al
moribundo
Es frecuente el error de considerar al enfermo aquejado por una
patología mortal como un ser alienado, despojado de su identidad y presa de un
ente exterior que lo enajena y domina. Nada más lejos de la realidad. El
moribundo es un ser que vive, que es protagonista, sujeto y autor de un pasado
que tiene que revisar y asumir, dueño de un porvenir a formular y vivir, y
señor de un presente en el que discurre y se hace.
Por consiguiente, es, en todos sus conceptos, una persona que
retiene su esencialidad, que abriga deseos, que experimenta necesidades, que
sustenta esperanzas y que tiene todavía un tiempo, precioso, por argumentar.
Necesidades
del moribundo
Para seguir siendo persona y para alcanzar la felicidad plena,
el sujeto que contempla de cerca su muerte, si se le deja, suele experimentar
necesidades muy profundas en la línea de reconocer sus raíces, de ahondar en lo
auténtico y de subrayar su vida dentro de un proceso de morir que está en
marcha, abierto a lo desconocido.
A fin de trabajar todo ello, la gran mayoría de los murientes
necesitan una relación de ayuda que les apoye en la tarea. Se trata, en
este caso, de una relación de ayuda peculiar, ya que en todos los otros casos
quien oferta dicha posibilidad es alguien que ha transitado antes por el camino
en el que discurre la persona a ayudar. No es este el caso que nos ocupa: la
muerte es un misterio para todos los seres humanos y lo sigue siendo, en estas
circunstancias, para ambos miembros del par. Por eso, la relación de ayuda en
la terminalidad se instala en un estilo propio: el acompañamiento entre iguales
en situación desigual. Se trata de configurar una díada en el final de la vida que rememora y completa
la díada madre-hijo del inicio, apoyando al doliente para que aspire a su
liberación total y al cenit de sus posibilidades, basándose no en la
experiencia, sino en la intuición y en la empatía.
Desde el punto de vista del cuidador, configurar una díada con
el que se está muriendo, “una pareja de dos seres especialmente vinculados
entre sí”, como reza el Diccionario de la lengua española, supone algo más
que la tarea de un oficio o de un quehacer. Es una experiencia que conmueve y
remueve profundamente a nivel personal, porque exige cotas muy altas de
compromiso, de servicialidad y de donación. Se trata de un ejercicio muy
particular de la “benefidencia” preconizada por Laín Entralgo: un darse al más
necesitado de ayuda sumiéndose en su mundo, para poder así, desde su
esencialidad, conocerlo verdaderamente y contribuir a su definitivo y
permanente alumbramiento. Tarea noble y generosa en la que quien la ejerce
también deja de ser él mismo, como diría Gadamer, reconociéndose en la
desolación del otro, en su sufrimiento, y reconstituyéndose con él. Es a través
de esta distintiva comunión amorosa entre el que fenece y el cuidador-amigo en
la que el primero puede renacer, avivado por el ser significativo que discurre
a su vera y le empuja: deudo, amigo íntimo, médico, sacerdote, etc., siempre
comprometido.
El cómo:
dinámicas de ayuda
La persona angustiada por su vivencia de finitud necesita, por
encima de todo, alguien comprensivo y cercano que le escuche activa y
profundamente, con paciencia, con simpatía, con serenidad, con sosiego,
acomodada en su soledad y disfrutando del silencio de la verdad absoluta.
Asimismo, precisa que ese alguien le tolere, le comprenda, le acepte y le
aguante sin desmoronarse.
Sobre este bagaje de seguridad surgirán, en el entramado entre
el cuidador y el atendido, las tres disposiciones afectivas básicas que deben
singularizar al primero, sin las cuales cualquier tipo de ayuda sería un
fiasco: el respeto, la verdad y el amor.
Toda persona abocada a la probabilidad de una terminación
cercana, en sus cábalas y divagaciones, bien podría afirmar con Gustavo Adolfo
Bécquer en su LXI rima:
Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a
la orilla de mi lecho,
¿quién
se sentará?
Cuando
la trémula mano
tienda,
próxima a expirar,
buscando
una mano amiga,
¿quién
la estrechará?
Todos, en el fondo, anhelamos un amigo íntimo, en sus múltiples
acepciones, vigilando y apoyando nuestro propio expirar. Cinco son, entre
otras, las grandes tareas que ese amigo íntimo puede practicar con su
protegido:
- Acogerlo: admitirlo, aceptarlo y aprobar
su vida y su morir para ayudarle a que él mismo se descubra y se responsabilice.
- Sosegarlo: logrando que se asiente,
descubra sus raíces y se alimente de las mismas, para que se fortalezca en
momentos tan importantes.
- Pacificarlo: regalándole la tranquilidad
del orden y de la calma, y preparando sus “aguas tranquilas”, en las que
pueda ver su imagen reflejada.
- Serenarlo: alejando de él los diversos
nubarrones que le pudieran confundir u oscurecer: miedos, frivolidades,
conflictos y otros.
- Autorizarlo: reforzando su dominio sobre su
vida, aún activa, para que continúe siendo el autor íntegro de la misma.
Si fuera el caso, logrando que pida y asuma el perdón de sus
personas ofendidas, para reparar los desperfectos de una vida
insuficiente.
Para lograr lo que antecede, el cuidador de la persona que
discurre sus últimos días puede utilizar tres estrategias instrumentales que
se han confirmado útiles en las dinámicas que estamos contemplando:
- La ternura: observando al ser en despedida
con una visión cósmica, alejada, en perspectiva, con inmenso cariño, con
risueña conmiseración y con un encendido carácter protector. Tal vez,
expresando la certidumbre, la tenacidad y el talante amoroso y suave,
recogidos en los versos del poema “Actitud” de Dulce María Loynaz: Inclinada estoy sobre tu vida como el sauce sobre el agua.
- El sentido del humor: ayudando a relativizar las
cosas y a penetrar en lo profundo de lo que ocurre, sin incomodar o herir.
- El contacto, simbolizado y expresado en la
mano.
La finalidad de la muerte exige la vivencia del calor amoroso de
un ser querido, muchas veces, como ya apuntaba Bécquer hace unas líneas,
atesorado en la mano, parte señera de la sede del ser que es el cuerpo. En ella
se condensan mejor que en ninguna otra parte la confortación y el adiós, sobre
todo cuando la ruptura existencial con el entorno está ya en marcha.
Rabindranath Tagore pone, bellísimamente, en boca del moribundo su mensaje para
quien se va a quedar:
Cuando las horas del
crepúsculo
ensombrecen mi vida,
no te pido ya que me
hables,
amigo mío,
sino que tiendas tu mano.
Déjame tenerla
y sentirla
en el vacío
cada vez más grande
de mi soledad.
Vivir la muerte garantiza saborear la vida.
Resulta absurdo soslayarla. Hay que asumirla como parte esencial de la
existencia, con sus contrastes, con sus miedos, también, muchas veces, con la
sencilla felicidad de lo natural y cotidiano. Es necesario preverla, prepararla
y acogerla. También, lograr que su duelo sea humano y enriquecedor. Podéis ver el vídeo
sobre la presentación del libro en: https://www.youtube.com/watch?v=a0RdJi3Zoeo&feature=youtu.be
martes, 9 de junio de 2015
Unción de los enfermos
La Unción de los enfermos, sacramento de salvación y de curación. La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos.
Cargar con la cruz
No soltemos la 'cruz' que a veces nos toca vivir por diferentes situaciones, todo tiene un para qué y un por qué... Dios nunca nos manda nada que no podamos soportar... cuando la cruz es muy pesada, no llegamos a comprender, pero confiemos, no hay que rendirse y soltar los remos.....
Dios nunca te va a pedir que hagas algo que no puedas realmente hacer, ni algo que no te vaya a servir. 'Al hombre grande, lo hace el esfuerzo y no el privilegio.'
Suscribirse a:
Entradas (Atom)