jueves, 1 de agosto de 2013

TESTIMONIO DE FE DE UNA EXTOXICÓMANA


Para re-descubrir que la Fe es un encuentro personal, que da sentido a nuestra vida y nos transforma tenemos el testimonio de fe de una chica que tuvo problemas con las drogas que le llevó a tocar suelo a ir a la cárcel y allí entre otras cosas recuperar la fe:

«La cura de desintoxicación hizo que pudiera verme a mí misma, y horrorizarme de lo que veía. Entonces fui consciente de que no había sido aquel hombre el que me había llevado a esa situación. Ni el ambiente de la universidad, ni las amistades que había frecuentado. Era mucho más sencillo y por eso más complejo de detectar: yo misma había provocado esta situación, huyendo de Dios como Jonás, y me veía tragada por la ballena de la desesperación y el fracaso. Dios llevaba años buscándome y yo había echado a correr en sentido contrario. Pero era un amante celoso que no pensaba abandonar a su amor. Esa situación límite –tocar fondo con la droga, la cárcel, tomar plena conciencia de la degradación que había supuesto mi alejamiento de Dios- fue la experiencia decisiva que me hizo levantarme y retomar el camino de vuelta hacia el Padre. Sentí en mi carne la realidad del pecado: rechazo del Amor, daño a mí misma y a los demás. Me vi abocada a un callejón sin salida, en las garras del más absurdo sinsentido. Así se despertó en mi corazón una imperiosa necesidad de reconciliarme con Dios, que me llevó a un armisticio conmigo misma y con los demás. Necesitaba ser purificada, restaurada, sanada, perdonada. Dios me ofrecía una liberación total, una vuelta del destierro al que me había llevado mi orgullo. Fue una de las experiencias más bellas de mi vida: me sentí inundada por la misericordia de un Dios compañero que me acogía de nuevo con amor y llenaba mi corazón de una inmensa paz. Necesité el desierto para escuchar el potente grito de un Dios enamorado de mí. Mi estancia en prisión fue una etapa clave en mi maduración humana y espiritual, un tiempo que viví con mucho dolor por la dureza que suponía pero con gran aceptación y serenidad interior. En ningún momento sentí rebeldía, sólo impotencia y miedo. Aproveché ese tiempo para reflexionar sobre mi situación existencial y replantearme mi vida de cara al futuro. La prisión fue para mí una verdadera escuela de vida. Allí entré en contacto con el mundo de la marginación y la delincuencia, desconocido hasta entonces para mí. Aprendí a ser más humana, a conocer más de cerca la dureza de la vida, a compartir el sufrimiento de mis hermanas reclusas poniéndome en su lugar y tratando de comprender su situación, a no escandalizarme de sus pecados, a no juzgar precipitadamente, pues la experiencia me decía que todos, en unas circunstancias concretas, somos capaces de cualquier cosa. Aprendí a ser más tolerante, más compasiva, a mirar con ojos de misericordia a tantas víctimas de un sistema injusto que excluye a los débiles y margina a los pequeños. Aprendí a llorar con las que lloran y a gozarme con sus alegrías, a escuchar, a aliviar heridas, y acoger vidas rotas. Aprendí, en definitiva, a identificarme un poco más con aquel Jesús al que había rechazado.»