lunes, 3 de noviembre de 2008

La Iglesia y el sufrimiento

Siguiendo a Jesucristo, para la Iglesia se convierte en imperativo el aliviar el sufrimiento, el llevar la palabra de consuelo y del triunfo verdadero al hombre postrado por el dolor y la muerte. El Padre, en el Hijo, mediante el Espíritu nos da la única vida plena que podemos alcanzar los hombres. Si el dolor es un misterio, la Vida es un don del Dios Trinitario que ha de ser acogido y vivido en toda su hondura.

La vida humana no puede desarrollarse sino dentro de la Iglesia, dentro de relaciones sociales satisfactorias. Esto se ve también en la enfermedad. El que está completamente aislado, se encuentra ya enfermo. El proceso de curación no puede realizarse sino en el marco de relaciones sociales sólidas o debe verse apoyado por estas. Por eso, es de importancia decisiva para el sufriente no sólo una mejora de sus vínculos familiares y de amistad, sino también y principalmente la relación entre el acompañante y el acompañado y la relación personal con quienes le prestan asistencia sanitaria[1].

Si el dolor dejaba a Job aislado y solitario, en la Cruz descubrimos la respuesta de Dios: un amor que se acerca, que carga con el sufrimiento ajeno, que lo hace propio. La Vida nueva surgirá de este sufrir solidario. Y es que por amor creó Dios el mundo y en amor se sintetiza todo su designio, pues Dios mismo es Amor.

Bebiendo en el manantial de la Sagrada Escritura los cristianos aprendemos que la salud humana en este mundo no es otra cosa, en el fondo, que la expresión temprana e inacabada del ansia de vida plena y eterna, de felicidad sin límites, a la que nos sentimos llamados por Dios, el viviente, de quien los hombres somos imágenes e hijos. Esta ansia brota de los más íntimo de nuestro ser y busca incesantemente manifestarse como salud en todos los planos de nuestra persona: en el cuerpo y en la interioridad, en el psiquismo y en nuestra relación con los otros seres humanos y con el universo. Es un ansia de vida tan radical y totalizante que constituye nuestro verdadero ideal de perfección. Tal ansia de vida sólo se sacia en el encuentro con Dios, es su compañía y comunión[2]. Así lo expresaba ya en el Antiguo Testamento nuestro Job. Se expresa en el Nuevo Testamento, nos los dice Jesucristo y lo manifiesta el Espíritu Santo a la Iglesia.

El tema central del mensaje de Jesús fue la predicación del reinado de Dios. Aunque este reinado ha invadido la historia humana en la persona y la misión de Jesús, la consumación del Reino de Dios ocurrirá más allá de la historia en la era por venir, cuando la creación será restaurada, y el sufrimiento y el mal definitivamente derrotados. Jesús, y ciertamente la primera generación de cristianos, interpretaban su muerte y su resurrección, como el comienzo de este proceso. Vislumbres de ese reino futuro se pueden ver en las curaciones milagrosas de Jesús. Son signos del Reino pero no su realización completa. Los cristinos debemos mantener un equilibrio entre una ‘escatología ya realizada’ que se centra en la transformación de la vida aquí y ahora dentro de la vida presente, y la que puede apreciarse en el reino de Dios haciéndose presente en las curaciones de Jesús, y una ‘escatología futura’ que destaca la transformación radical que acontecerá al final de los tiempos. Necesitamos mantener un equilibrio entre estas dos perspectivas en la tensión “ya/todavía no” que forma parte de la experiencia cristiana de salvación. El Nuevo Testamento promete un final al sufrimiento con la llegada definitiva del Reino de Dios, cuando habrá un cielo nuevo y una tierra nueva donde sufrimiento y dolor serán cosa del pasado, porque estaremos sumergidos en el amor de Dios y una vida que es eterna[3]. Esta visión de un mundo transformado está descrita en Romanos 8, 19-23 y en Apocalipsis 21, 1-4.

Y mientras tanto, Dios amor deja a la Iglesia colmada del Espíritu, este Espíritu sostiene al hombre en su sufrimiento, el hombre perdido del Espíritu se encuentra falto de algo que llene su vida, se encuentra fatigado y abatido, sin encontrar el alivio. El hombre necesita de la “medicina espiritual” que es Dios amor, que se hace presente en Jesucristo, salud de Dios para los hombres. Esa es precisamente nuestra misión: anunciar a Dios como fuente de vida.

El amor de Dios a nosotros es el fundamento de nuestra existencia. Nosotros existimos porque el amor de Dios nos mantiene, es el cimiento de nuestra existencia. A este respecto escribía el cardenal Ratzinger: Todos nosotros existimos porque Dios nos ama. Su amor es el fundamento de nuestra eternidad. Aquel a quien Dios ama no perece jamás[4]. Y también nos afirma como Papa: la alegría es un elemento constitutivo del cristiano pues, mientras que tras la felicidad terrenal puede esconderse la desesperanza, el camino de la fe ofrece la auténtica alegría: aquella que, además de ser compatible con las dificultades de nuestra existencia, contribuye a hacerla más fácil. El que se apoya en su fe sabe que Dios le creó para ser feliz por toda la eternidad, y que esta eterna y plena felicidad sólo la encontrará cuando encuentre a su Creador.

[1] Wolfgang WESIACK ¡Ánimo para la angustia! Actitud creativa ante la enfermedad y la crisis, (Herder, Barcelona 1995)
[2] Antonio María ROUCO VARELA, El Evangelio, la Buena Noticia de la Salud. Misión evangelizadora destinada al mundo sanitario y a la Iglesia diocesana. (Arzobispado de Madrid, Madrid 2000)
[3] Christopher GOWER, Hablar de sanación ante el sufrimiento (Desclée De Brouwer, Bilbao 2006)
[4] Joseph RATZINGER, Cooperadores de la verdad (Rialp, 1991)


Norka C. Risso Espinoza