
Aquí encontraréis reflexiones, comentarios, oraciones, vídeos... que nos ayuden a vivir en positivo desde la fe, la esperanza y la caridad; como urdimbres de la pastoral sanitaria. Este material versará sobre Pastoral de la Salud, Bioética y Cuidados Paliativos (#PASBIOPAL); siendo ésta una forma de realizar una labor evangelizadora desde la Hospitalidad, como valor del que me he ido empapando a lo largo de los años trabajados con los Hermanos de San Juan de Dios.
domingo, 31 de diciembre de 2017
sábado, 30 de diciembre de 2017
viernes, 29 de diciembre de 2017
jueves, 28 de diciembre de 2017
miércoles, 27 de diciembre de 2017
martes, 26 de diciembre de 2017
lunes, 25 de diciembre de 2017
domingo, 24 de diciembre de 2017
domingo, 17 de diciembre de 2017
viernes, 15 de diciembre de 2017
martes, 12 de diciembre de 2017
Jornada Mundial del Enfermo 2018
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2018
PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2018
Mater Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre.
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)
Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro.
Este año, el tema de la Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).
1. Estas palabras del Señor iluminan profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.
En primer lugar, las palabras de Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los espirituales.
El dolor indescriptible de la cruz traspasa el alma de María (cf. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega. En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea que no se acaba nunca.
2. El discípulo Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús. Por lo tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está involucrada en la vocación materna de María.
3. Juan, como discípulo que lo compartió todo con Jesús, sabe que el Maestro quiere conducir a todos los hombres al encuentro con el Padre. Nos enseña cómo Jesús encontró a muchas personas enfermas en el espíritu, porque estaban llenas de orgullo (cf. Jn8,31-39) y enfermas en el cuerpo (cf. Jn 5,6). A todas les dio misericordia y perdón, y a los enfermos también curación física, un signo de la vida abundante del Reino, donde se enjuga cada lágrima. Al igual que María, los discípulos están llamados a cuidar unos de otros, pero no exclusivamente. Saben que el corazón de Jesús está abierto a todos, sin excepción. Hay que proclamar el Evangelio del Reino a todos, y la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios.
4. Esta vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos se ha concretado, en su historia bimilenaria, en una rica serie de iniciativas en favor de los enfermos. Esta historia de dedicación no se debe olvidar. Continúa hoy en todo el mundo. En los países donde existen sistemas sanitarios públicos y adecuados, el trabajo de las congregaciones católicas, de las diócesis y de sus hospitales, además de proporcionar una atención médica de calidad, trata de poner a la persona humana en el centro del proceso terapéutico y de realizar la investigación científica en el respeto de la vida y de los valores morales cristianos. En los países donde los sistemas sanitarios son inadecuados o inexistentes, la Iglesia trabaja para ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible, para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas. En todas partes trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población.
5. La memoria de la larga historia de servicio a los enfermos es motivo de alegría para la comunidad cristiana y especialmente para aquellos que realizan ese servicio en la actualidad. Sin embargo, hace falta mirar al pasado sobre todo para dejarse enriquecer por el mismo. De él debemos aprender: la generosidad hasta el sacrificio total de muchos fundadores de institutos al servicio de los enfermos; la creatividad, impulsada por la caridad, de muchas iniciativas emprendidas a lo largo de los siglos; el compromiso en la investigación científica, para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable. Este legado del pasado ayuda a proyectar bien el futuro. Por ejemplo, ayuda a preservar los hospitales católicos del riesgo del «empresarialismo», que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres.
La inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación. Estas deben ser las orientaciones también de los cristianos que trabajan en las estructuras públicas y que, por su servicio, están llamados a dar un buen testimonio del Evangelio.
6. Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cf. Hch 3,4-8)y Pablo (cf. Hch 14,8-11). La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes. No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas. Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno.
7. A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos. Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud. La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.
Vaticano, 26 de noviembre de 2017.
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Francisco
© Copyright - Libreria Editrice Vaticana
domingo, 10 de diciembre de 2017
domingo, 3 de diciembre de 2017
viernes, 1 de diciembre de 2017
Calendario de Adviento 2017
Llegamos al tiempo de adviento y se ponen de moda los calendarios de esta época; el calendario de adviento es un calendario de ‘cuenta atrás’ hasta el 24 de diciembre (Nochebuena). Y aunque suele elaborarse para los niños y tiene forma de ‘conteo’ para saber cuánto falta para Navidad, nosotros podríamos elaborarlo para niños y no tan niños, y en lugar de chocolatinas poner actitudes que iluminen nuestro interior para prepararnos espiritualmente para la celebración del nacimiento de Cristo. ¿qué os parece?
Compartimos con vosotros este calendario por si os resulta útil...
jueves, 9 de noviembre de 2017
Catequesis del Papa Francisco sobre la eucaristía
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.
No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.
De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Juan 6, 53-54).
Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que «fluye agua viva» para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.
En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de conducir a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella. Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es precisamente éste también el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía. La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» (Homilía en la santa misa, Casa S. Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía... y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estas distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. «Padre, es que las misas son aburridas” —«pero ¿qué dices, el Señor es aburrido?» —«No, no, la misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien está allí!». ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas. Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al principio de la misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? Tú no sabes qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así [hace un gesto confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz. Y estas lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la lectura de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en un determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice: «levantemos el corazón»? No dice: «¡Levantemos nuestro móviles para hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo que a mí me da mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo muchos teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere decir esto? Recordadlo: nada de teléfonos.
Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La pregunta del apóstol santo Tomas (cf Juan 20, 2 5), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo, tocarlo para poder reconocer.
Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él.
Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada, da pleno sentido a la vida de cada uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo tramo de camino. Gracias.
Saludos:
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Saludo a la delegación sindical argentina. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sintamos el deseo de conocer y amar más el misterio de la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesús. Que el Señor los bendiga a todos. Muchas gracias.
(En tialiano)
Saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Que el recuerdo de hoy de los Santos Mártires, cuyas reliquias se guardan aquí en la basílica de San Pedro, incremente en vosotros, queridos jóvenes, la atención al testimonio cristiano incluso en los contextos difíciles; que a vosotros, queridos enfermos, os ayude a ofrecer vuestro sufrimiento para sostener a los muchos cristianos perseguidos. A vosotros, recién casados, os animo a confiar en la ayuda de Dios y no solamente en vuestras capacidades.
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de noviembre de 2017
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Vaticana
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Jornada Mundial de los Pobres 2017
Bajo el lema ‘No amemos con palabras, sino con obras’, el domingo
19 de noviembre la Iglesia celebra la I Jornada Mundial de los Pobres. Esta
será una jornada en la que toda la comunidad cristiana deberá ser capaz de
tender la mano a los pobres, a los débiles, a los hombres y a las mujeres a
quienes con mucha frecuencia se les atropella la dignidad. El Mensaje evoca la
expresión bíblica de la Primera Carta de Juan: No amemos de palabra sino con
obras. Con este lema se quiere
configurar el sentido de la celebración mundial. “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca,
sino de verdad y con obras.” (1Jn 3,18). Son las palabras del evangelista con
las que el Papa Francisco introduce su Mensaje. Esta exhortación expresa un
imperativo que ningún cristiano puede ignorar. Se vuelve central el
señalamiento de una oposición entre la acción, el servicio concreto hecho a los
últimos, y el vacío que a menudo esconden las meras palabras. El Papa insiste en este punto: “No pensemos sólo en los pobres como los
destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana,
y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la
conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para
sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las
injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero
encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un
estilo de vida”.
La dimensión de la reciprocidad se ve reflejada en el logo
de la Jornada Mundial de los Pobres. Se nota una puerta abierta y sobre el
umbral dos personas que se encuentran. Ambas extienden la mano; una para pedir
ayuda, la otra porque quiere ofrecerla. En efecto, es difícil comprender quién
de los dos sea el verdadero pobre. O mejor, ambos son pobres. Quien tiende la
mano para ayudar está invitado a salir para compartir. Son dos manos tendidas
que se encuentran donde cada una ofrece algo. Dos brazos que expresan
solidaridad y que incitan a no permanecer en el umbral, sino a ir a encontrar
el otro. El pobre puede entrar en la casa, una vez que en ella se ha
comprendido que la ayuda es el compartir. En este contexto, las palabras que el
Papa Francisco escribe en el Mensaje se cargan de un profundo significado:
“Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son
manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la
cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las
llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a
cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los
hermanos la bendición de Dios.”
Materiales para la celebración de la I Jornada Mundial de
los Pobres:
jueves, 26 de octubre de 2017
La eutanasia: 'conmorir', convivir
Uno de los temas más debatidos de la
bioética es desde hace muchos años el de la eutanasia. Los medios de
comunicación lo sacan a colación con frecuencia, diversos movimientos sociales
("Pro-vida", "Derecho a morir dignamente", Iglesias, grupos
feministas) se pronuncian a favor o en contra de ella, y también los políticos
señalan la posición de sus partidos al respecto. Multiplican sin límite los
expertos las diversas especies del género thánatos
(muerte) y hablan de "orto-tanasia" (muerte correcta, en el
momento adecuado), "caco-tanasia" (mala muerte),
"autonomo-tanasia" (muerte elegida por el propio sujeto),
"hetero-tanasia" (muerte padecida y no querida) y de un largo
etcétera.
Curiosamente, por debajo y por
encima de disputas y más allá de las clasificaciones del género
"muerte", justo es reconocer que la palabra "eutanasia" es
bien hermosa, porque significa a fin de cuentas "buena muerte". ¿Y
quién no desea una buena muerte para sus seres queridos y para sí mismo?
Ocurre, sin embargo, que se entiende
de diversos modos qué es una muerte buena, porque algunos tienen por buena una
muerte en gracia de Dios, otros, una muerte sin dolor, otros, una muerte sin
encarnizamiento terapéutico, sin una gran cantidad de aparatos conectados a la
persona para prolongar su vida, y así podríamos continuar largo rato ampliando
el catálogo de lo que las gentes entienden por una muerte buena.
Tal vez por eso en un excelente
suplemento que dedicó a "las metas
de la medicina" el 'Hastings Center', uno de los centros más
prestigiosos en bioética, señalaban los autores que una de esas metas consiste
en ayudar a los pacientes a morir en paz.
Sin entrar en la polémica de la ''muerte digna" o de la "muerte
buena", se limitaban a consignar lacónicamente los redactores del
documento que las personas deseamos morir en paz y el personal sanitario debe
ayudar a ello. Pero, ¿qué es morir en paz? Morir en paz es traspasar esa línea
sutil que separa la vida de la muerte con serenidad, con sosiego, sin aferrarse
con desesperación a la vida biológica, como si la muerte no fuera tan natural
como la vida, sin despreciar tampoco la vida como si no mereciera la pena
vivirla. Morir en paz es, a poder ser, morir rodeado de aquellos con quienes hemos
hecho la vida. Con aquellos a quienes
queremos y que nos quieren. Con
aquellos con los que hemos querido.
Con todos aquellos con los que hemos conjugado las distintas preposiciones del
verbo "querer": querer a, ser
querido por, querer con.
Naturalmente, este tipo de muerte no
está al alcance de todas las fortunas, y nunca mejor dicho, porque puede
cabernos en suerte una muerte por accidente, por enfermedad súbita e
imprevisible, incluso perder la vida a manos de otro o de otros, a manos del
hambre y la miseria. La fortuna o la providencia juegan en éste, como en otros
asuntos, un papel innegable en la comedia humana. Lo cual no obsta para que en
éste, como en otros asuntos, siga siendo importante intentar preparar en lo
posible, en lo que esté en nuestra mano, una muerte en paz. Y no es
precisamente este camino de prepararse a morir en paz el que están tomando las
sociedades desarrolladas.
En principio, porque intentan con
todas sus fuerzas desterrar a la muerte de la vida cotidiana, condenarla al
exilio, fuera de hogares, recluirla en los hospitales y en los tanatorios para
que no asome su desagradable rostro en el día a día de la existencia. Pasando
al extremo contrario de la medieval meditatio
mortis, intentan vivir las sociedades avanzadas como si no hubiera muerte,
como si sencillamente un buen día las personas emprendieran un largo viaje y
nadie preguntara ya adónde han ido, aun sabiendo que no van a regresar.
Y, sin embargo, tan natural es la
muerte como la vida, tan parte de la existencia como la alegría y el
sufrimiento, como el amanecer y la noche. Por eso, importa ir preparando
también una muerte en paz para todos y cada uno de los seres humanos, sin
obsesiones macabras, sino con la naturalidad de lo inevitable.
Conviene para eso ir recordando que la
muerte humana, la de los seres humanos, no se dice en sustantivo, sino en
infinitivo verbal, que es un proceso -el "morir"- por el que vamos
traspasando ese umbral sin retorno, solos, o con otros.
Morir solo es apercibirse de que la
propia existencia a nadie importa, de que la propia muerte a nadie daña, porque
no se ha vivido con nadie ni para nadie. Morir con otros, conmorir, es un largo proceso. Es ir sintiendo que la vida se nos escapa, cuando se nos van muriendo
aquéllos que son ya parte nuestra porque los hemos con-vivido, hemos vivido con
ellos.
"No es sólo que he venido
muriéndome -se dolía Miguel de Unamuno en
Niebla- es que se han ido muriendo,
se me han muerto, los que me hacían y me soñaban mejor".
Y completaba rotundo Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé: "En Orihuela,
su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto
quería".
Morir con otros a lo largo de la
vida, no morir solo, exige haber ido conjugando con ellos todas las
preposiciones del verbo "querer".
Adela Cortina
Vida Nueva n. 2212 (Diciembre 1999)
La respuesta
Escucho los sonidos a mi alrededor
lo mejor que puedo, para prepararme
a escuchar el evangelio.
Ahora oigo cómo Jesús me dice
algunas de las frases
que ya dijo en los evangelios.
Dice, por ejemplo:
«¿Quién dices tú que soy yo?».
Pero no respondo inmediatamente.
Dejo que las palabras suenen y resuenen
En mis oídos por algún tiempo…
observando cómo reacciona
mi corazón ante ellas.
Y sólo cuando ya no puedo contenerme más.
reacciono efectivamente,
con una simple palabra…
o con el silencio…
Y hago lo mismo con otras frases del evangelio:
«¿Me amas?».
«Ven, sígueme».
«Tanto tiempo como llevo contigo,
¿y aún no me conoces?».
«¿Crees?
Todo es posible para el que cree».
Anthony de Mello
sábado, 21 de octubre de 2017
Catequesis y personas con discapacidad
La Iglesia no puede
ser “afónica” o “desentonada”
en la defensa y promoción de las personas con
discapacidad
Queridos
hermanos y hermanas:
Me alegra encontraros sobre todo porque en
estos días habéis abordado un tema de gran importancia para la vida de la
Iglesia en su obra de evangelización y formación cristiana: Catequesis
y personas con discapacidad. Gracias a Mons. Fisichella por su presentación,
al dicasterio que preside por su servicio y a todos vosotros por la labor en
este campo.
Conocemos los progresos alcanzados en las últimas décadas frente a la
discapacidad. La creciente toma de conciencia de la dignidad de cada persona,
especialmente de los más débiles, ha llevado a tomar posiciones valientes de
inclusión de aquellos que viven con diversas formas de discapacidad, para que
nadie se sienta extraño en su propia casa. Y sin embargo, a nivel cultural
todavía hay manifestaciones que hieren la dignidad de estas personas por la
prevalencia de una falsa concepción de la vida. Una visión a menudo narcisista
y utilitaria lleva, por desgracia, a algunos a considerar marginales las
personas con discapacidad, sin percibir en ellas su múltiple riqueza espiritual
y humana. Todavía es demasiado fuerte en la mentalidad común la
actitud de rechazo de esta condición, como si impidiera ser felices y
realizarse a sí mismos. Prueba de ello es la tendencia eugenésica de suprimir a
los nonatos que tienen alguna forma de imperfección. De hecho, todos conocemos
a tantas personas que, con su fragilidad, incluso grave, han encontrado, aunque
con fatiga, el camino de una vida buena y rica en significado. Por otro lado,
también conocemos personas aparentemente perfectas y desesperadas. Además, es
un engaño peligroso pensar que somos invulnerables. Como decía una chica que
conocí en mi reciente viaje a Colombia, la vulnerabilidad pertenece a la esencia del ser
humano.
La
respuesta es el amor: no el falso, melindroso y pietista, sino el verdadero,
concreto y respetuoso. En la medida en que se es acogido y amado, incluido en
la comunidad y acompañado para mirar hacia el futuro en confianza, se
desarrolla el verdadero camino de la vida y se experimenta una felicidad duradera.
Esto, – lo sabemos -, se aplica a todos, pero las personas más frágiles son
como una prueba. La fe es una gran compañera de vida cuando nos permite sentir
en primera persona la presencia de un Padre que nunca deja solas a sus
criaturas en ninguna condición de su vida. La Iglesia no puede ser “afónica” o
“desentonada” en la defensa y promoción de las personas con discapacidad. Su
proximidad a las familias las ayuda a superar la soledad en que a menudo corren
el peligro de terminar por falta de atención y apoyo. Esto es aún más cierto
por la responsabilidad que tiene en la generación y en la formación en la vida
cristiana. A la
comunidad no pueden faltarle las palabras y especialmente los gestos para
encontrar y acoger a las personas con discapacidad. Especialmente la liturgia
dominical tendrá que saber cómo incluirlas, porque el encuentro con el Señor
resucitado y con la comunidad misma puede ser fuente de esperanza y de valor en
el camino, no fácil, de la vida.
La
catequesis, en particular, está
llamada a descubrir y experimentar formas coherentes para que cada
persona, con sus
dones, sus limitaciones y sus discapacidades, incluso graves, pueda encontrar
en su camino a Jesús y abandonarse a Él con fe. Ningún límite físico o psíquico
puede ser un impedimento para este encuentro, porque el rostro de Cristo brilla
en lo íntimo de cada persona. Tengamos también cuidado, especialmente nosotros
los ministros, de la gracia de Cristo, para no caer en el error neo-pelagiano
de no reconocer la necesidad de la fuerza de la gracia que viene de los
sacramentos de la iniciación cristiana. Aprendamos a superar el malestar y el
miedo que veces se pueden sentir frente a las personas con discapacidad.
Aprendamos a buscar e incluso a “inventar” con inteligencia herramientas
adecuadas para que a nadie le falte el apoyo de la gracia. Formemos – ¡en
primer lugar con el ejemplo! – catequistas cada vez más capaces de acompañar a
estas personas para que crezcan en la fe y den su contribución genuina y
original a la vida de la Iglesia. Por último, espero que en la comunidad las
personas con discapacidad puedan ser cada vez más sus propios catequistas,
también con su testimonio, para transmitir la fe de manera más efectiva.
Gracias por vuestro trabajo de estos días y
por vuestro servicio en la Iglesia. ¡Nuestra Señora os acompañe! Os bendigo de
corazón y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.
Congreso Catequesis y personas con discapacidad
Discurso del Papa Francisco
Sala Clementina, 21
de octubre de 2017
miércoles, 18 de octubre de 2017
Catequesis del Papa sobre la esperanza cristiana ante la muerte
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera poner en contraste la
esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización
moderna tiende cada vez más a cancelar. Tanto que, cuando la muerte llega, a
quien nos está cerca o a nosotros mismos, no nos encontramos preparados,
privados incluso de un “alfabeto” adecuado para esbozar palabras de sentido en
relación a su misterio, que de todos modos permanece. Y sin embargo los
primeros signos de civilización humana han transitado justamente a través de
este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto a los
muertos.
Otras civilizaciones, antes de la
nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la cara. Era un acontecimiento
narrado por los viejos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible
que obligaba al hombre a vivir para algo de absoluto. Recita el salmo 90:
«Enséñanos a calcular nuestros años, para que nuestro corazón alcance la
sabiduría» (v. 12). Contar los propios días es como el corazón se hace sabio.
Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando el delirio de
omnipotencia. ¿Qué somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro salmo (Cfr.
88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos incluso cien años,
al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. ¡He escuchado tantas veces a
los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como un soplo”!
Así la muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que
nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos
damos cuenta con tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado
lo que era esencial. Y, por el contrario, vemos lo que hemos sembrado verdaderamente
bueno: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos sujetan
la mano.
Jesús
ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos
autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió
«profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta
actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo
Lázaro.
Y entonces Jesús pide al Padre,
fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La
esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume contra la muerte
humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un signo que
desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.
En otro pasaje los evangelios narran
de un padre que tenía una hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que
la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). No existe una figura más conmovedora que
aquella de un padre o de una madre con un hijo enfermo. Y enseguida Jesús se dirige
con aquel hombre, que se llamaba Jairo. En cierto momento llega alguien de la
casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y no hay más necesidad de
molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, basta que creas» (Mc
5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado de reaccionar con rabia y
desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide custodiar la pequeña llama
que está encendida en su corazón: fe. “¡No temas, sólo ten fe!”. “¡No tengas
miedo, continúa solamente teniendo encendida esa llama!” Y después, llegados a
la casa, despierta a la niña de la muerte y la restituirá viva a sus seres
queridos.
Jesús nos pone sobre esta “cima” de
la fe. A Marta que llora por la desaparición del hermano Lázaro presenta la luz
de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».
(Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la
muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra
existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. “Yo
no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección y la vida, ¿crees tú
esto?, ¿crees tú esto?” Nosotros, que hoy estamos aquí en la Plaza, ¿creemos en
esto?
Somos
todos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que
gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos
tomará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía
una vez: “Talitá kum”, “¡Niña, levántate!” (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a
cada uno de nosotros: “¡Levántate, resurge!” Yo les invito, ahora, a cerrar los
ojos y a pensar en aquel momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros
piense en su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús
nos tomará de la mano y nos dirá: “Ven, ven conmigo, levántate”. Ahí terminará
la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús
mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su
humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús:
“¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!”
Esta es nuestra esperanza ante la
muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre completamente; para quién
duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta que no se ha cerrado del
todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando esta luz, del encuentro
con Jesús, nos iluminará. Gracias.
domingo, 10 de septiembre de 2017
Huellas en el camino: Domingo XXIII T. Ordinario
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Palabra del Señor.
- Reflexión
viernes, 8 de septiembre de 2017
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