sábado, 11 de julio de 2015

El simple deseo de Dios

Es variado y abundante el material que va llegando a mis manos y también el que voy elaborando, que me gustaría compartir con vosotros, pero los días van pasando, las hojas y libros se van acumulando en el escritorio, y… no hay tiempo… lo que me llega por las redes sociales, o lo que preparo es más fácil compartirlo; pero cuando al leer (todavía soy de las que me gusta leer en papel…) me encuentro con textos que creo valen para este blog, la cosa se complica,… en fin, intentaré seguir aportando mi granito de arena, y aprovecho para agradecer lo que me enviáis.

Esta vez se trata de una oración:

En lo profundo de la condición humana reposa la espera de una presencia, el silencioso deseo de una comunión. 

¿Surgirá una duda? El deseo de Dios no se desvanece por eso. Cuatro siglos después de Cristo, un creyente, San Agustín, escribía su certeza: Si tú deseas conocer a Dios, ya tienes la fe.

No son los grandes conocimientos lo que importa al principio. Éstos serán muy importantes. Sin embargo, es con el corazón, con lo profundo de sí mismo, como el ser humano comienza a comprender el Misterio de la Fe. Una vida interior se elabora paso a paso.

Entonces, la fe, la confianza en Dios aparece como una realidad muy sencilla, tan sencilla que todos podrían acogerla. Es como un impulso de confianza que se vuelve a tomar mil veces a lo largo de la existencia, hasta el último respiro.

Taizé. Confianza sobre la tierra, p. 6


Pues, ojala este texto te sea útil, en este momento que estás viviendo.