martes, 4 de septiembre de 2012

Preparándonos para cantar el nunc dimittis


Estamos en una cultura que cada vez se aleja más y acepta peor cualquier tipo de sufrimiento; parece que muchas veces no caemos en la cuenta que no se puede tener un arco iris sin un poco de lluvia; y por eso, porque huimos de todo lo que implique sufrimiento las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias.

Hoy, la enfermedad, el sufrimiento, el envejecimiento o cualquier tipo de vulnerabilidad se viven como un fracaso, nos decepciona, no nos ayuda a mirar en positivo y nos hace cuestionarnos hasta la propia existencia. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que para algunos es el más grande  e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, lo mejor no hablar de ello, como si no existiera, sin ceremonias que trasciendan de lo privado, pasa a ser un tema tabú. Sin embargo, en el ámbito individual, el dolor, la pena, el duelo son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, precisamente porque no se puede compartir. El dolor se vive en la intimidad, e incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones. Y decimos que estamos bien, cuando en realidad lo que estamos necesitando es un abrazo de esos que dicen yo sé que no estás bien.

Antiguamente la ‘buena muerte’ era la que llegaba poco a poco, la que daba tiempo para reconciliarse con Dios y con el prójimo, la familia, los amigos, los compañeros de batallas. Sin embargo, la ‘mala muerte’ era la muerte repentina, la que había venido a hurtadillas y segado la vida sin que el moribundo hubiera tenido tiempo de poner en orden su vida espiritual, familiar, social y humana en general. Hoy en día, los conceptos han cambiado y la muerte deseada es la muerte repentina, por aquello de “que sea sin sufrimiento”, si no me entero mejor, pero porque muchas veces a lo que tenemos miedo es también al dolor que no se puede controlar. Y también probablemente por la falta de contenido de nuestras vidas, vivimos cada vez más individualistamente, hasta las familias están cambiando, y pensamos y sentimos que no necesitamos reconciliarnos con nada ni con nadie.

La muerte de hoy es con frecuencia la muerte en soledad, no solo interiormente, sino también exteriormente, parece que tenemos que salir de esta vida por la puerta de atrás, sin que nos vean. Pues, lo cierto es que cuando nos toca pasar por ese trance esto nos parece trágico, incluso  conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante, pero muchas personas, esto no lo experimentan hasta que no lo viven en carnes propias, porque se han pasado la vida huyendo de la muerte y de todo lo que ello implica, no han vivido ningún tipo de duelo y no aprenden a ir viviendo su vida para vivir la muerte.. Por eso, no nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz espiritual sin dolores que no se puedan controlar y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos, que en ese momento nos aportan cariño y consuelo, que en ese momento nos dan la mano y nos ayudan a dar el salto hacia los brazos del Padre.

Cuando el tiempo de la partida es inminente (2Tim 4,6), y, aparentemente, no resta si no aguardar la muerte, el anciano enfermo es la figura de una plenitud que ni siquiera el deterioro progresivo anula. «No habrá jamás... viejo que no llene sus días» (Is 65, 20). El final de la vida puede estar lleno de recuerdos y de nostalgias, y también de agradecimiento; de experiencias y de sabiduría, de desasosiego y de serena confianza; de soledad sufrida, por impuesta, y de soledad fecunda. Es el tiempo de volver a Dios con amor, con las manos abiertas y el corazón agradecido y engrandecido por la vida que hemos vivido; pero esto no lo sabemos porque nunca hemos querido aproximarnos a este “mundillo”, creyendo que nunca nos tocará, y huyendo de nuestra carrera hacia la meta, hacemos que esta sea una carrera de constantes obstáculos, en la que no nos despedimos de los que queremos, en la que nos angustia el dejar muchas cosas pendientes, en la que somos incapaces de expresar sentimientos, en la que no hemos aprendido a desear la soledad, en la que jamás podremos expresar el nunc dimittis, también conocido como el cántico de Simeón; pues, aún estamos a tiempo, de poder expresar todo esto en positivo, y dar gracias por la vida.