viernes, 6 de marzo de 2009

La escucha que nos convierte

Estamos en tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, lo primero que nos podemos plantear es: ¿de que tenemos que convertirnos? En la sociedad en la que vivimos, en la que muchas veces impera el relativismo, probablemente hay poco para convertir; sin embargo, me animo a poner una frase que probablemente nos pueda invitar a la conversión: «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo»

¿Cómo escuchamos? ¿Podemos convertir nuestra escucha? Aunque parezca ilógico, para escuchar sólo se necesita el corazón bien dispuesto, estar abiertos no sólo al que nos rodea, ante el que nos paramos, al que atendemos,… sino también estar abiertos a aquellos documentos eclesiales que tanto nos pueden aportar a nuestra formación, y por tanto, también a nuestra forma de movernos, de compartir con los demás, de ser y de estar en el mundo; me estoy refiriendo a documentos como Sacrosanctum Concilium, Ecclesia de Eucharistia,… documentos, entre otros, con los que nos podemos formar; documentos que nos invitan a abrirnos al misterio, a profundizar en el aspecto trinitario, a ir bajando los escalones hasta lo más recóndito de nuestros corazones para encontrarnos con Cristo vivo y presente en cada celebración.

Sí, creo que es desde allí desde donde puede empezar nuestra escucha, desde el aprender a saborear cada gesto, cada signo, cada símbolo, de nuestras celebraciones litúrgicas, el aprender a disfrutar del banquete de las dos mesas; no necesitamos añadidos superficiales, únicamente nuestra disposición, escuchar a Cristo en la Eucaristía, en el Sagrario, en la Exposición Sacramental, en la Palabra, en la Oración de los Fieles, en Laudes, Vísperas, Completas,… y otras tantas celebraciones.

Es desde esa escucha, en la que el Espíritu del Señor nos invita a movernos y poder dar lo mejor de nosotros a nuestros hermanos, ya sea en nuestras familias, en nuestra comunidad, en nuestro trabajo… y al igual que ‘sólo es capaz de amar aquel que se ha sentido amado’, sólo seremos capaces de transmitir aquello que vivimos cuando lo conocemos y experimentamos, sólo podemos ser contemplativos en la acción cuando hayamos sido capaces de interiorizar aquello que el Hijo amado nos dice; por tanto, escuchémoslo y desde allí nos sintamos llamados a convertir nuestro corazón en un corazón abierto a lo trascendental y abierto a lo profundo y mágico de estos documentos eclesiales.


Norka C. Risso Espinoza