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miércoles, 18 de octubre de 2017

Catequesis del Papa sobre la esperanza cristiana ante la muerte


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera poner en contraste la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende cada vez más a cancelar. Tanto que, cuando la muerte llega, a quien nos está cerca o a nosotros mismos, no nos encontramos preparados, privados incluso de un “alfabeto” adecuado para esbozar palabras de sentido en relación a su misterio, que de todos modos permanece. Y sin embargo los primeros signos de civilización humana han transitado justamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto a los muertos.
Otras civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la cara. Era un acontecimiento narrado por los viejos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo de absoluto. Recita el salmo 90: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que nuestro corazón alcance la sabiduría» (v. 12). Contar los propios días es como el corazón se hace sabio. Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando el delirio de omnipotencia. ¿Qué somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro salmo (Cfr. 88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos incluso cien años, al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. ¡He escuchado tantas veces a los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como un soplo”!
Así la muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado lo que era esencial. Y, por el contrario, vemos lo que hemos sembrado verdaderamente bueno: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos sujetan la mano.
Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió «profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo Lázaro.
Y entonces Jesús pide al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un signo que desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.
En otro pasaje los evangelios narran de un padre que tenía una hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). No existe una figura más conmovedora que aquella de un padre o de una madre con un hijo enfermo. Y enseguida Jesús se dirige con aquel hombre, que se llamaba Jairo. En cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y no hay más necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, basta que creas» (Mc 5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado de reaccionar con rabia y desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide custodiar la pequeña llama que está encendida en su corazón: fe. “¡No temas, sólo ten fe!”. “¡No tengas miedo, continúa solamente teniendo encendida esa llama!” Y después, llegados a la casa, despierta a la niña de la muerte y la restituirá viva a sus seres queridos.
Jesús nos pone sobre esta “cima” de la fe. A Marta que llora por la desaparición del hermano Lázaro presenta la luz de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. “Yo no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección y la vida, ¿crees tú esto?, ¿crees tú esto?” Nosotros, que hoy estamos aquí en la Plaza, ¿creemos en esto?
Somos todos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía una vez: “Talitá kum”, “¡Niña, levántate!” (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: “¡Levántate, resurge!” Yo les invito, ahora, a cerrar los ojos y a pensar en aquel momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros piense en su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: “Ven, ven conmigo, levántate”. Ahí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: “¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!”

Esta es nuestra esperanza ante la muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre completamente; para quién duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará. Gracias.

jueves, 21 de julio de 2016

Meditación cristiana en el duelo


¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? Meditación cristiana en el duelo

El GRUPO ASV Servicios Funerarios y el Obispado de Orihuela-Alicante, ponen a vuestro alcance e l manual “¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? Meditacióncristiana en el duelo” está formado por seis partes, “Acompañarte”, “El camino del duelo“, “El camino de la fe”, “Imágenes para acompañar el duelo como testigos”, “El duelo y los niños” y “Sentido de las Exequias”, a través de estos seis capítulos se intenta acompañar a los católicos en los momentos de duelo y de fe.

Para acceder al texto íntegro, pincha sobre la imagen.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El poder del amor



No sé lo que dice, pero desde luego, sobran las palabras...

Cuando parece que ya no se puede hacer nada desde la ciencia, siempre está lo verdaderamente humano, el amor, en este caso parece que de una madre, pero en otras ocasiones ha sido el abrazo de un hermano u otras acciones que nos llevan siempre a lo más íntimo, al cuidado, a la ternura. 

Como veis es un vídeo muy entrañable, espero que os guste y os haga reflexionar; este vídeo nos invita a trabajar, no sólo el amor, sino también la fe y la esperanza.

Lo que queda es dar gracias a Dios por la vida...

sábado, 6 de diciembre de 2014

Simeón y Ana, en la vejez

Vamos a recordar ahora una historia de muchos siglos atrás, muy conocida. Utilizamos para ello el Evangelio de Lucas[1]. Eran un hombre y una mujer ya ancianos, que se pasaban el día en el templo de Jerusalén, y que tuvieron la suerte de conocer a Jesús a los pocos días de su nacimiento. Una historia que puede ser un símbolo para todos nosotros.


Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido una revelación del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.
Impulsado por el Espíritu Santo fue al templo, y cuando entraron con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel”. Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: “Mira: este está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida, y a ti una espada te traspasará el alma. Así quedará calara la actitud de muchos corazones”.
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche; sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Simeón y Ana formaban parte del amplio grupo de judíos que esperaban que un día se cumplirían las promesas de Dios. Esperaban algo nuevo, que transformase la vida difícil y dolorosa de tanta gente. Era una esperanza que se vivía de formas muy diferentes. Algunos esperaban una acción maravillosa de Dios, una gran acción poderosa que lo transformaría todo.

Pero había otros, como Simeón y Ana, o como José y María, o como Isabel y Zacarías, que vivían simplemente la confianza en Dios y procuraban llevar a la práctica las grandes llamadas que Dios había hecho a lo largo de la historia: la llamada a la fe y a la esperanza; la llamada a la oración, la llamada a amar a los demás y a estar al servicio de los que lo necesitasen y sobre todo de los pobres… y así, esperaban.

Simeón tenía dentro de sí una convicción. Él, un hombre anciano y sin ninguna relevancia social, cuyo único objetivo en la vida era intentar ser honrado y piadoso, había sentido una llamada interior, algo que le había llenado de confianza y alegría: no sabría cómo explicarlo, pero tenía claro que el Espíritu de Dios le había asegurado el cumplimiento de una gran esperanza: vería cómo se comenzaban a hacer realidad aquellas promesas en las que él creía. Vería a aquel a través del cual Dios iba a iniciar un camino nuevo para la humanidad, el Mesías del Señor.

Y luego está Ana, sobre la que el relato no nos dice si había sentido como Simeón alguna llamada. Era viuda, y las viudas poco futuro tenían, en aquel tiempo. Por eso ella se había refugiado en el servicio del templo, y allí también esperaba. El evangelio no lo dice, pero siendo como era una mujer viuda, debía tener mucha más fuerza y convicción que Simeón para seguir adelante… y esperaba en día en que las cosas comenzarían a ser distintas.

Y ese día llegó. Nadie lo habría dicho, que tuviese que llegar de aquella manera, nadie más lo supo ver, pero Simeón y Ana sí, porque a Simeón y Ana los años les habían dado sabiduría, capacidad de entender, experiencia que les hace descubrir dónde está lo valioso de la vida.

Simeón y Ana eran personas de corazón abierto, que a través de los muchos ratos de oración y de tener el espíritu y la mirada bien dispuestos, han sido capaces de entender por dónde pasaba el camino de Dios. Que es el camino que ellos han vivido siempre, el camino de la sencillez y la fidelidad amorosa, el camino que ahora, ya ancianos, siguen viviendo, y el camino que saben que es el único camino de felicidad.

Por encima de todo, este camino es una gran alegría. Y cuando uno lo ha descubierto, cuando uno ha visto en Jesús que este camino es el de la felicidad y de la vida, entonces puede mirar hacia atrás con paz y confianza, y agradecer toda la historia vivida, tanto las cosas que han ido bien como las que ido mal, tanto los aciertos como los fracasos, tanto las ilusiones alcanzadas como las que no. Y puede mirar hacia delante y decir aquellas grandes palabras: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto al Salvador”. Porque esto no se termina, y después está toda la paz, todo el amor y toda la vida de Dios.




[1] Evangelio según san Lucas 2, 22.25-38

sábado, 11 de octubre de 2014

La vida y la muerte

Para hablar de la vida después de la muerte, quiero utilizar esta historia, según comenta su autor Wayne W.
Dyer en el libro ‘Tu zonas sagradas’ es una adaptación de una historia relatada por Henri J. M. Nouwen; pero, no he encontrado en qué libro de H. Nouwen aparece esta parábola.

En internet aparecen muchas adaptaciones, pero, al no encontrar el original, voy a utilizar la adaptación de W. Dyer[1]:

«Dos bebes se encuentran en el útero, confinados en las paredes del seno materno, y mantienen una conversación. Para entendernos, a estos gemelos les llamaremos Ego y Espíritu.
Espíritu le dice a Ego:
—Sé que esto va a resultarte difícil de aceptar, pero yo creo de verdad en que hay vida después del nacimiento.
Ego responde:
—No seas ridículo. Mira a tu alrededor. Esto es lo único que hay. ¿Por qué siempre tienes que estar pensando en que hay algo más aparte de esta realidad? Acepta tu destino en la vida. Olvídate de todas esas tonterías de vida después del nacimiento.
Espíritu calla durante un rato, pero su voz interior no le permite permanecer en silencio durante más tiempo.
—Ego, no te enfades, pero tengo algo más que decir. También creo que hay una madre.
—¡Una madre! —exclama Ego con una carcajada—. ¿Cómo puedes ser tan absurdo? Nunca has visto una madre. ¿Por qué no puedes aceptar que esto es lo único que hay? La idea de una madre es descabellada. Aquí no hay nadie más que tú y yo. Esta es tu realidad. Ahora cógete a ese cordón. Vete a tu rincón y deja de ser tan tonto. Créeme, no hay ninguna madre.
Espíritu deja, con renuencia, la conversación, pero la inquietud puede con él al cabo de poco.
—Ego —implora—, por favor, escucha, no rechaces mi idea. De alguna forma, pienso que esas constantes presiones que sentimos los dos, esos movimientos que a veces nos hacen sentir tan incomodos, esa continua recolocación y ese estrechamiento del entorno que parece producirse a medida que crecemos, nos prepara para un lugar de luz deslumbrante, y lo experimentaremos muy pronto.
—Ahora sé que estás completamente loco —replica Ego—. Lo único que has conocido es la oscuridad. Nunca has visto luz. ¿Cómo puedes llegar a tener semejante idea? Esos movimientos y presiones que sientes son tu realidad. Eres un ser individual e independiente. Este es tu viaje. Oscuridad, presiones y una sensación de estrechamiento a tu alrededor constituyen la totalidad de la vida. Tendrás que luchar contra eso mientras vivas. Ahora, aférrate a tu cordón y, por favor, estate quieto.
Espíritu se relaja durante un rato, pero al fin no puede contenerse por más tiempo.
—Ego, tengo una sola cosa más que decir, y luego no volveré a molestarte.
—Adelante —responde Ego, impaciente.
—Creo que todas estas presiones y toda esta incomodidad no solo van a llevarnos a una nueva luz celestial, sino que cuando eso suceda vamos a encontrarnos con la madre cara a cara, y conocer un éxtasis que superara todo lo que hemos experimentado hasta ahora.
—Estás realmente loco. Ahora sí que estoy convencido.»

Como os he dicho en internet aparecen muchas adaptaciones, esta es una de ellas, que tal vez también os guste:

«Dos seres iban –juntos– de camino hacia la vida y sucedió que se pusieron a conversar entre ellos sobre qué era lo que les esperaba cuando llegasen al término del camino...
Fueron concebidos los dos gemelos en un seno. Pasaron las semanas y éstos crecieron. A medida que fueron tomando conciencia, su alegría rebosaba:
—Dime: -¿No es increíble que vivamos? ¿No es maravilloso estar aquí?
Los gemelos empezaron a descubrir su mundo. Cuando encontraron el cordón que los unía a su madre y a través del cual les llegaba el alimento, exclamaron llenos de gozo:
—¡Tanto nos ama nuestra madre que comparte su vida con nosotros!.
Pasaron las semanas, luego los meses. De repente se dieron cuenta de cuánto habían cambiado. -¿Qué significará esto?– preguntó uno.
—Esto significa –respondió el otro– que pronto no cabremos aquí dentro.
—No podemos quedarnos aquí: naceremos.
—¡En ningún caso quiero verme fuera de aquí –objetó el primero.
—¡Yo quiero quedarme siempre aquí!.                                             
—Reflexiona. No tenemos otra salida –dijo su hermano–.
—Acaso haya otra vida después del nacimiento.
—¿Cómo puede ser esto? –repuso el primero con energía–.
—Sin el cordón de la vida no es posible vivir. Además, otros antes de nosotros han abandonado el seno materno y ninguno de ellos ha vuelto a decirnos que hay una vida tras el nacimiento. -¡No, con el nacimiento se acaba todo! ¡Es el final!.
El otro guardó las palabras de su hermano en su corazón y quedó hondamente preocupado. Pensaba:-Si la concepción acaba con el nacimiento, ¿qué sentido tiene ésta vida aquí? No tiene ningún sentido. A lo mejor resulta que ni existe una madre como siempre hemos creído.
—Sí que debe existir –protestaba el primero. De lo contrario, ya no nos queda nada.
—¿Has visto alguna vez a nuestra madre? –preguntó el otro–. A lo mejor sólo nos la hemos inventado. Nos la hemos forjado para podernos explicar mejor nuestra vida aquí”.
Así, entre dudas y preguntas, sumidos en profunda angustia, trascurrieron los últimos días de los dos hermanos en el seno materno.
Por fin llegó el momento del nacimiento.
Cuando los dos gemelos dejaron su mundo, abrieron los ojos y lanzaron un grito. Lo que vieron superó sus más atrevidos sueños.»
                                                                 




[1] Dyer W. Tus Zonas Sagradas. Decídete a ser libre. Ed Grijalbo. 1995 P. 13-14. El libro lo puedes leer en el siguiente enlace: https://docs.google.com/file/d/0B8mpi7oji088M0R5aVhiTWZaV0U/edit 

sábado, 16 de agosto de 2014

La muerte no es el final


Tú nos dijiste que la muerte 

no es el final del camino, 

que aunque morimos no somos, 
carne de un ciego destino. 

Tú nos hiciste, tuyos somos, 
nuestro destino es vivir, 
siendo felices contigo, 
sin padecer ni morir. 

Cuando la pena nos alcanza 
por un hermano perdido, 
cuando el adiós dolorido 
busca en la Fe su esperanza. 

En Tu palabra confiamos 
con la certeza que Tú 
ya le has devuelto a la vida, 
ya le has llevado a la luz. 
Ya le has devuelto a la vida, 
ya le has llevado a la luz 

Cuando, Señor, resucitaste, 
todos vencimos contigo 
nos regalaste la vida, 
como en Betania al amigo. 

Si caminamos a tu lado, 
no va a faltarnos tu amor, 
porque muriendo vivimos 
vida más clara y mejor.



"La Muerte no es final" Canción compuesta por el sacerdote español Cesáreo Gabaráin Azurmendi, (1936-1991) tras haber perdido a Juan Pedro, un joven de 17 años que era organista en su parroquia. Dicho sacerdote compuso centenares de canciones, algunas mundialmente conocidas como «Pescador de Hombres» (Tú has venido a la orilla...) 

Cantada por Fiorella Berrios una de las voces femeninas del Coro Cantaré:

La muerte no es el final - Coro cantaré 



sábado, 20 de octubre de 2012

Testimonio de Jesús Burgaleta


En ‘14 aprendizajes vitales’ Jesús Burgaleta, profesor, nos contaba la siguiente experiencia, respecto del poder curativo de la fe:

Dios está con el hombre como es: débil, limitado, solo, abandonado; de lo contrario nos rompería. Dios respeta y ama la finitud de lo limitado. Dios no libera al hombre de serlo: lo quiere hombre. Le ayuda a que sea lo que es. Dios ha devenido hombre y no puede ya sino ser el Dios feliz con el que goza, el Dios doliente con el que sufre. Dios en la enfermedad, no puede hacer con nosotros otra cosa que amarnos amándose y, por lo tanto, respetar lo que somos. Dios no sólo se compadece con mi dolor; mi dolor es su dolor. Dios está en la soledad extrema de mi cama, no como un simple ‘otro’ que enjuga mi sudor, sino como lo más radical e íntimo de mí.

A Dios se le vislumbra en la debilidad. A Dios se le abraza en la fragilidad; aunque cuando aprietas los brazos tengas la sensación de no abrazar nada. Asumir la ruptura de todas las representaciones de Dios, aún la más legítima –Padre-, es el culmen de la fe, el amor y la esperanza.

A Dios se le conoce como Dios cuando no se le puede asir de ninguna manera y, a pesar de todo, uno se le entrega con todo su ser. Su palabra es el silencio, largo y profundo silencio que no puede llenar sonido alguno. Dios me concede la posibilidad de vivir y de crecer, también en el dolor.

A Dios le pido lo mismo que él me da y quiere: poder ser persona en la salud y en la enfermedad. Le pido comunión con él, conmigo y con los demás. Hágase tu voluntad.

En Labor Hospitalaria  Nº 302

jueves, 20 de septiembre de 2012

Ten fe


Dicen que una vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. Entró en una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo en otras cercanas a la que él se encontraba. Estaba tan desesperado, que elevó una plegaria a Dios, de la siguiente manera: «Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme».

En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva y vio que apareció una arañita. Empezó a tejer su tela en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez más angustiado: «Señor, te pedí ángeles, no una araña». Y continuó: «Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme».

Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada y observó al animalito tejiendo la telaraña. Estaban ya los malhechores entrando en la cueva junto a la que se encontraba el hombre y éste se resignó a esperar su muerte. Cuando los malhechores se detuvieron frente a la cueva en la que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada, y entonces escuchó esta conversación:

-      Vamos, entremos a esta cueva.
- No. ¿No ves que hay telarañas? Nadie ha entrado en esta cueva. Sigamos buscando en las demás cuevas.



«La fe consiste en creer que se tiene lo que no se ve. Perseverar en lo imposible». «Si le pides a Dios un árbol te lo dará, en forma de semilla». Pedimos cosas que desde nuestra perspectiva humana son lo que necesitamos, pero Dios nos da aquellas con las cuales nos muestra que con cosas muy sencillas, Él puede hacer mucho más. Si has pedido un muro y no ves sino una telaraña, recuerda que Dios puede modificar las cosas… Por lo tanto, confía en Él.

lunes, 10 de septiembre de 2012

La fe


Vamos a intentar aterrizar; en el catecismo joven de la Iglesia católica, en el que se define la fe como: saber y confiar. Tiene siete rasgos:

  1. La fe es un puro don de Dios, que recibimos, si lo pedimos ardientemente.

  1. La fe es la fuerza sobrenatural que nos es necesaria para obtener la salvación.

  1. La fe exige la voluntad libre y el entendimiento lúcido del hombre cuando acepta la invitación divina.

  1. La fe es absolutamente cierta, porque tiene la garantía de Jesús.

  1. La fe incompleta mientras no sea efectiva en el amor.

  1. la fe aumenta si escuchamos con más atención la voz de Dios y mediante la oración estamos en un intercambio vivo con él.

  1. la fe nos permite ya ahora gustar por adelantado la alegría del cielo.

Muchos dicen que creer les parece poco, que quieren saber. Pero la palabra «creer» tiene dos significados diferentes: cuando un paracaidista pregunta al empleado del aeropuerto: «¿Está bien preparado el paracaídas?», y aquél le responde, indiferente: «Creo que sí», no será suficiente para él; esto quiere saberlo seguro. Pero si ha pedido a un amigo que le prepare el paracaídas, éste le contestará a misma pregunta: «Sí, lo he hecho personalmente. ¡Puedes confiar en mí!». Y el paracaidista replicará: «Te creo». Esta fe es mucho más que saber: es certeza. Y ésta es la fe que hizo que los mártires perseveraran hasta la muerte, ésta es la fe que aún hoy mantiene en pie a los cristianos perseguidos. Una fe que afecta a todo el hombre.

Al comienzo del acto de fe hay con frecuencia una conmoción o una inquietud. El hombre experimenta que el mundo visible y el transcurso normal de las cosas no pueden ser todo. Se siente tocado por un misterio. Sigue las pistas que le señalan la existencia de Dios y paulatinamente logra la confianza de dirigirse a Dios y finalmente de adherirse a él libremente. En el evangelio de san Juan leemos: «A Dios nadie le ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). Por eso debemos creer en Jesús, el Hijo de Dios, si queremos saber qué nos quiere comunica Dios. Por eso creer es acoger a Jesús y jugarse toda la vida por él.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Año de la fe (11-10-12 / 24-11-13)



El logo del Año de la Fe consiste en una barca, imagen de la Iglesia, cuyo mástil es una cruz con las velas desplegadas y el trigrama de Cristo (IHS). El sol, en el fondo, recuerda la Eucaristía:

Una barca, imagen de la Iglesia

La Iglesia es descrita en múltiples ocasiones como la barca de Simón Pedro; con el empleo de esta imagen se dibuja el componente humano de la Iglesia y la voluntad de Cristo de entregar la navegación de su barca a las manos vicarias de Pedro y de los otros Apóstoles. Pero, una barca no es un fin en si misma. Nadie se sube en un barco para vivir en él. La embarcación es un medio para trasladarse de una a otra orilla. La Iglesia es el vehículo que lleva a los hombres de la orilla de este mundo a la orilla de la eternidad. Pedro toma el timón de la barca, dirigido por Jesús, inspirado por el Espíritu Santo, conduciendo a la Iglesia, hoy en día. La barca de Pedro sigue su curso en el mar de la historia, lentamente pero sin pararse, hacia todas las playas donde vive la humanidad. Todos los que estamos en la barca de Pedro y con Pedro tenemos el deber de participar en las faenas de pesca.

Esta barca, aunque navega por el mar a veces sereno, a veces tempestuoso de la historia y del mundo al encuentro definitivo de su Señor, no se aparta de su misión en este mundo: evangelizar y ser instrumento de reconciliación de los hombres con Dios. La Iglesia, pues, se asemeja a una barca, desde cuya cubierta se ha de llevar a cabo la obra evangelizadora. Esta consistirá en acoger, en la cesta de la comunidad, a los hombres dispersos por las profundidades y por las superficies del agua. Los muchos milagros obrados por el Señor sobre el barco de S. Pedro muestran la importancia de este barco como imagen de la Iglesia fundada por el Señor. Desde la barca se arroja la amplia red, que tiene la misión de recoger a cuantos quieran incorporarse a la fe. En la Iglesia habrá sitio para cuantos se abran libremente a pertenecer a la comunidad de Jesucristo. 

Muchos de los seguidores de Jesús eran pescadores y sabían todo acerca de los barcos. Ellos sabían cómo identificar las tormentas y cómo mantener sus embarcaciones en buen estado. Este era un trabajo muy duro. Algunas personas piensan que ser miembro de la iglesia es como estar a bordo de un barco. Se tienen muchas responsabilidades y todo el mundo tiene que ayudarse unos a otros. A veces hay tormentas, otras veces se navega en un mar clamado. Y estamos siempre en movimiento, es como estar en un barco, navegando constantemente hasta llegar  a la orilla.

Mástil, una cruz con las velas desplegadas

El mástil de la embarcación de la iglesia es la santa cruz de Jesucristo. Cristo es quien gobierna la barca, si usamos el verbo gobernar con el sentido etimológico de «dirigir el rumbo» o de «manejar el timón». El mástil es la cruz; los dos timones son los dos Testamentos de la Revelación; la vela blanca es el Espíritu de Dios (San Hipólito de Roma). Cristo crucificado, simbolizado en la madera sujeta con clavos que compone el navío, es el experto timonel de la Iglesia. Con su donación completa, consigue dirigir la frágil barquilla al puerto del Reino, a pesar del temible oleaje de las ruindades humanas y de las deshumanizaciones terrenas.

 Trigrama de Cristo (IHS)

Este símbolo IHS o JHS es muy famoso y se usa en multitud de lugares. Su significado es muy sencillo: es la abreviatura del nombre de Jesús.

El monograma IHS aparece en los primeros siglos de nuestra era, a partir del nombre griego de Jesús: Ιησούς (en mayúsculas ΙΗΣΟΥΣ), del que sería abreviatura. Esta abreviatura es IHΣ, siendo sustituida la sigma final por la S, pero permaneciendo la eta griega, por su similitud con la H latina, y quedando como lo conocemos ahora. El olvido del origen del monograma dio lugar a etimologías populares, la más conocida es la de Iesus Hominum Salvator (Jesús salvador de los hombres).

 El sol recuerda la Eucaristía

La Eucaristía es la fuente y culmen de la vida de todo cristiano. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da prenda de la vida eterna.

La Eucaristía es memorial del sacrificio pascual del Señor; presencia viva y sustancial de Cristo en medio de nosotros; verdadero banquete de comunión; anticipación del Paraíso, que impulsa a transformar la propia vida, el mundo y la historia

¡La Eucaristía es misterio de fe! La fe es la que nos aúpa y nos levanta para vivir nuestra vida desde Dios, ver sus signos y su presencia. Con la fe vivimos nuestra vida con profundidad y de cara a la eternidad, de la que la eucaristía es ya un anticipo: “El que coma, tiene ya la vida eterna”. Sin la fe, la misa es algo lejano, aburrido, sin sentido, algo pasado que en nada nos concierne.

La Eucaristía para algunos es un recuerdo simbólico de que Jesús nos ama... y no la presencia viva, sacramental de Cristo que renueva su sacrificio de amor para darnos vida eterna, y salvarnos aquí y ahora. Su salvación se hace presente y actual para cada uno de nosotros.

miércoles, 4 de julio de 2012

Abrir la puerta de la fe


Desde el 11 de octubre de 2012, al 24 de noviembre de 2013, el Papa Benedicto XVI nos invita a reflexionar y redescubrir la fe, convocándonos a través de ‘La puerta de la fe’ (porta fidei) a vivir el ‘AÑO DE LA FE’.

Como vemos en la imagen, la puerta de la fe está siempre abierta y quien se atreve a cruzar el umbral se llena de alegría y entusiasmo; sólo se necesita, para el camino, que nos alimentemos con la Palabra de Dios y con el Pan de la vida, como nos dice Benedicto XVI en porta fidei.

Este tiempo será propicio para que cada uno desde nuestra propia realidad y desde la comunión eclesial nos paremos para volver a descubrir el camino de la fe y poder resaltar el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo.

El Año de la Fe se propone, ante todo, sostener la fe de tantos creyentes que, en medio de la fatiga cotidiana, no cesan de confiar, con convicción y valentía, su existencia al Señor Jesús. Su testimonio, que no es noticia es el que permite a la Iglesia presentarse al mundo de hoy, como en pasado, con la fuerza de la fe y con el entusiasmo de los sencillos”, como nos dijo el arzobispo Fisichella.

Pero, antes de seguir avanzando en este proyecto, lo primero que debemos tener claro es qué es la fe; ya que, durante todo el curso, la fe será el eje transversal de nuestra dinámica.

Decía J. H. Newman que la fe es según su naturaleza la aceptación de una verdad que nuestra razón no puede alcanzar; sencillamente y necesariamente en función de un testimonio.

Vamos a intentar aterrizar; en el catecismo joven de la Iglesia católica, se define la fe como: saber y confiar. Tiene siete rasgos:

  1. La fe es un puro don de Dios, que recibimos, si lo pedimos ardientemente.

  1. La fe es la fuerza sobrenatural que nos es necesaria para obtener la salvación.

  1. La fe exige la voluntad libre y el entendimiento lúcido del hombre cuando acepta la invitación divina.

  1. La fe es absolutamente cierta, porque tiene la garantía de Jesús.

  1. La fe incompleta mientras no sea efectiva en el amor.

  1. la fe aumenta si escuchamos con más atención la voz de Dios y mediante la oración estamos en un intercambio vivo con él.

  1. la fe nos permite ya ahora gustar por adelantado la alegría del cielo.

Muchos dicen que creer les parece poco, que quieren saber. Pero la palabra «creer» tiene dos significados diferentes: cuando un paracaidista pregunta al empleado del aeropuerto: «¿Está bien preparado el paracaídas?», y aquél le responde, indiferente: «Creo que sí», no será suficiente para él; esto quiere saberlo seguro. Pero si ha pedido a un amigo que le prepare el paracaídas, éste le contestará a misma pregunta: «Sí, lo he hecho personalmente. ¡Puedes confiar en mí!». Y el paracaidista replicará: «Te creo». Esta fe es mucho más que saber: es certeza. Y ésta es la fe que hizo que los mártires perseveraran hasta la muerte, ésta es la fe que aún hoy mantiene en pie a los cristianos perseguidos. Una fe que afecta a todo el hombre.

Al comienzo del acto de fe hay con frecuencia una conmoción o una inquietud. El hombre experimenta que el mundo visible y el transcurso normal de las cosas no pueden ser todo. Se siente tocado por un misterio. Sigue las pistas que le señalan la existencia de Dios y paulatinamente logra la confianza de dirigirse a Dios y finalmente de adherirse a él libremente. En el evangelio de san Juan leemos: «A Dios nadie le ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). Por eso debemos creer en Jesús, el Hijo de Dios, si queremos saber qué nos quiere comunica Dios. Por eso creer es acoger a Jesús y jugarse toda la vida por él.


*  Esta imagen y muchas otras imágenes de Fano, ideales para la pastoral: http://www.diocesismalaga.es/index.php?mod=imagenes, también podéis encontrarlo en facebook
*      La presentación del año de la fe: http://www.news.va/es/news/presentacion-del-ano-de-la-fe 



domingo, 31 de enero de 2010

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

En el dolor y en el sufrimiento hay como un espacio común, por el que pasamos todos, pero es un espacio en el que muchas veces no queremos entrar, y cuando lo hacemos queremos huir de él, porque solidarizarnos con el sufrimiento del otro, también produce sufrimiento; pero, el expulsar de nosotros este espacio común nos impediría hablar de quién es el Dios de Jesucristo; de las relaciones de fe, esperanza y amor; y de relaciones de dependencia que se posibilitan.

Además, el creer precisa de una luz externa que nos es gratuitamente dada, y también de una luz interior que es capaz de otear desde el corazón y no sólo desde la superficialidad.

Con el paso de los años, nos damos cuenta que la fe, la esperanza y la caridad, llegan como dones, que nos hacen salir de nosotros mismos, ya no se trata de buscar culpables, sino con la confianza puesta en Dios aportar nuestro granito de arena al bien común, ver como Dios se abaja en forma de cualquier realidad que no llegamos a comprender y que consideramos injusticia, y nos invita a dar una respuesta, a salir de nosotros mismos, porque es también por medio de cada uno de nosotros como Dios se hace realidad, se hace vida, se hace presencia en los otros. Se trata de aprender a mirar al otro por ser otro, de encontrarnos con el rostro del otro y sólo ese encuentro me invite a actuar, desde el consentimiento, el desistimiento y el reconocimiento, porque ponerme ante el rostro del otro es ponerme ante lo divino.

Eso es la fe en último término, aprender a mirar en la misma dirección que mira Dios, a compartir su ángulo óptico, su perspectiva; de tal forma que terminemos viendo lo que Él ve, y por tanto surge una respuesta en forma de entrega, de servicio a los hermanos; sí fue Él, el Dios Trino, quién tomó la iniciativa y por eso nos sentimos llamados a ir más allá de lo que nuestras propias capacidades nos dan a entender que podemos hacer/ser/estar, siempre hay un más, y cuando miramos hacia atrás no comprendemos cómo ha sido posible poderlo realizar, aún así, seguimos caminando, confiando en la esperanza última que dinamiza nuestra vida hacia aquello que es prometido; esa esperanza es la que posibilita el sostenernos en la dirección y sentido de la realización de la existencia.

Sí, a partir de una experiencia que parece pasa inadvertida, Dios se hace presente, llega a nosotros como luz que ilumina nuestro interior, nuestro anhelo de salida, nuestra capacidad de ver la realidad y nos lleva más allá de lo que somos, hasta el ¡hágase en mí!.


Norka C. Risso Espinoza

jueves, 14 de agosto de 2008

Aspectos del acto de fe

Fe como objeto y contenido
Sería el objeto material de la fe, tradicionalmente la “fides quae” (CREDO DEUM: Creo en Dios).

El objeto de la fe no es una verdad abstracta sino el ser personal de Dios (Jn 17, 3); por eso el acto del que cree no se agota en meras formulaciones sino que tiende a la relación personal.

El contenido esencial de la fe es Jesucristo, Hijo de Dios (Mc 8, 20). Cristo como objeto de la fe y, a la vez, como fundamento de la misma.

Fe como adhesión personal
Es el objeto formal de la fe, la “fides qua” (CREDO DEO: Creo a Dios).

Dios, testigo de la fe, garantiza la verdad de la Revelación. En definitiva creemos por la autoridad del Dios que revela, porque Dios da testimonio de sí. Este testimonio de Dios se expresa, según Sto. Tomás, en la vocación interior (mediante la mente, por la iluminación) y por medio del corazón (por la inspiración); y se manifiesta mediante la Palabra (Dios habla en Cristo y a través de la Iglesia) y mediante los signos.

Fe como diálogo del hombre con Dios
En analogía a lo que es e implica el diálogo interhumano (deseo de confidencia, comunicación, comunión interior).

Desde la eternidad existe la intención de Dios de revelarse al hombre; y Dios se sirve de medios humanos porque el hombre tiene necesidad de cosas sensibles. Cuando el hombre responde a esta llamada de Dios lo hace con la adhesión de la fe, cuya consecuencia es un nuevo modo de ser y de actuar.


Norka C. Risso Espinoza