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viernes, 14 de abril de 2017

Queremos acompañar tu sufrimiento


Al escuchar tu dolor, al verte en la cruz, brota de nosotros la ternura.
Tú, Jesús, nos cambias el corazón de piedra por un corazón de carne.
Haznos también sensibles al dolor de tantos hermanos
que tienen una vida dura, que no pueden con su cruz,
y han de superar muchas dificultades cada día.

Queremos acompañar el sufrimiento de tantos hermanos en guerra,
recordar a todos aquellos que en este momento,
en algún lugar del mundo están sufriendo por la locura de unos pocos,
ya su alrededor hay dolor, muerte y destrucción.

Queremos acompañar el sufrimiento de tantos inmigrantes
que se sienten entre nosotros fuera de su país,
que les duele la soledad, la lejanía, la diferencia y la injusticia,
que sepamos ser una mano tendida en su camino,
un amigo, un compañero, un apoyo y una vida compartida.

Queremos acompañar el sufrimiento de tantos enfermos
que tienen que acostumbrarse a vivir con un cuerpo frágil,
que ya no les responde y todo les resulta mucho más complicado.

Queremos también pedir tu fuerza y compañía para sus cuidadores
y profesionales de la salud que facilitan su situación
y acompañan a algunos al encuentro definitivo contigo.

Queremos acompañar el sufrimiento de todos aquellos
que, como tú, Señor,
sufren en este momento soledad, desamor o incomprensión.

Queremos acompañar el sufrimiento de los parados,
los que sufren abusos laborales, los depresivos,
los olvidados, los que no encuentran su lugar en el mundo,
los que no pueden cubrir sus necesidades básicas,
los que pasan hambre
y los que teniéndolo todo viven una vida sin rumbo y sin sentido.

Acompáñanos tú a todos, Señor,
llénanos de tu presencia y de tu Amor,
enséñanos a tratarnos unos a otros a tu manera,
suavizándonos el peso de la vida.



Mari Patxi Ayerra, La palabra del domingo y fiestas, CCS

viernes, 23 de septiembre de 2016

Sedación por sufrimiento existencial

Me acabo de enterar que se ha creado un Grupo de Sedación por Sufrimiento Existencial, os aseguro que me parece una pasada, ya que es un tema muy sugestivo...Estoy completamente de acurdo que hay que estar al lado de las personas que sufren, pero me cuestiono si la sedación paliativa es lo más adecuado ante el sufrimiento espiritual (o existencial)... 
Desde luego, cuando en muchos ámbitos estamos aún en la valoración, prevención e incluso en la atención interdisciplinar... del sufrimiento espiritual, esto me parece un salto cualitativo impresionante.... Ya en sí hablar de sufrimiento espiritual me parece un tema controvertido en muchos ámbitos, si además le añadimos sedación resulta, por lo menos, una invitación a la reflexión y al diálogo.... Ánimo con este trabajo, e id publicando para estar informados.
Personalmente espero que me lleguen algunas migajas sobre el trabajo de este equipo, ya que me resulta un tema muy atrayente y super motivador.... os comparto la imagen que he sacado de facebook, si pincháis sobre ella os dirigirá a la página web donde esta la información:

 http://www.ohsjd.es/se-consolida-grupo-provincial-sedacion-sufrimiento-existencial
http://www.ohsjd.es/se-consolida-grupo-provincial-sedacion-sufrimiento-existencial




lunes, 5 de septiembre de 2016

Diagnósticos Espirituales en Pastoral de la Salud


La atención de las necesidades espirituales y religiosas de los seres humanos, es uno de los ámbitos de actuación que realizamos desde el Servicio de Atención Espiritual y Religiosa (SAER) de los Centros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios; pero, es fundamental que esta atención la llevemos a cabo en equipo, ya que «la sanidad y la asistencia son realidades seculares, con sus reglas propias; compartimos la vida y el servicio con personas que profesionalmente están animadas por valores e intereses que no siempre coinciden con los nuestros; las personas que llegan a nuestros centros buscando respuestas que solucionen sus problemática personal, forman parte de una sociedad en la que Dios parece no importar o que cuenta poco en la mayoría de las opciones y decisiones de la vida»[1].

Cuando hablamos de atender a un usuario, lo hacemos en términos de atención holística, lo cual implica, la dimensión psicológica, biológica, social y espiritual del ser humano.

Sabemos que existen los primeros auxilios básicos[2], que sería la atención inmediata que se da a un ser humano antes de que el personal profesional se haga cargo de la situación, se suele llevar a cabo por personas no tituladas en medicina, pero con unos conocimientos básicos que por lo general son bastante limitados. Podríamos decir que son los primeros auxilios que abordan la dimensión biológica.

También conocemos los PAP o primeros auxilios psicológicos que pueden ser aplicados por cualquier persona que haya sido entrenada para ello y que forme parte de los equipos y las organizaciones de respuesta a los incidentes críticos, y no hablamos de que esta atención sea exclusiva de los profesionales en psicología.[3]

Desconozco si existen primeros auxilios a nivel social; pero sí he deseado aportar una posible intervención a nivel espiritual, es decir, unos primeros auxilios espirituales, que al igual que en las anteriores ocasiones puede ser atendidos por cualquier persona con unos mínimos conocimientos, hasta que pueda intervenir el SAER, de ello escribí en una entrada en mayo de 2016, que titulé: Itinerario AVIC en los Primeros AuxiliosEspirituales en Clínica.


En esta entrada quiero dar un salto más y deseo compartir con vosotros lo que he llamado DIAGNÓSTICOS ESPIRITUALES EN PASTORAL DE LA SALUD.

«Diagnosticar es definir, después de comprobar las necesidades, cuál es la situación real de la persona en la dimensión espiritual y religiosa, cómo la vive y qué necesita en esas circunstancias.»[4] Por ello, deseo nombrar unos posibles diagnósticos de pastoral, desde mi humilde experiencia, y desde el conocimiento de las necesidades espirituales del ser humano, como pueden ser las de Torralba, (o la de otros autores, creo que la SECPAL  tiene un artículo sobre las necesidades espirituales):

·        Necesidad de sentido
·        Necesidad de reconciliación
·        Necesidad de reconocimiento de la identidad
·        Necesidad de orden
·        Necesidad de verdad
·        Necesidad de libertad
·        Necesidad de arraigo
·        Necesidad de orar
·        Necesidad simbólico-ritual
·        Necesidad de soledad-silencio
·        Necesidad de cumplir el deber
·        Necesidad de gratitud

Personalmente las englobaría en necesidad de: 

  • dar sentido a la vida
  • reconciliarse
  •  expresar sentimientos y vivencias religiosas
  • la trascendencia
  • comunión
  • practicar las virtudes teologales


Desde estas necesidades, quiero hablar de los diagnósticos espirituales, refiriéndome a los síntomas espirituales y/o emocionales que no necesariamente tienen una base orgánica observable y a las que se llega a través de entrevistas. 

Las definiciones que me encuentro de diagnóstico son: determinar o identificar una enfermedad mediante examen de los signos y los síntomas que presenta, o examinar una cosa, un hecho o una situación para realizar un análisis o para buscar una solución a sus problemas o dificultades. 

Desde estas definiciones, después de todo lo que he leído y desde mi experiencia, quiero realizar un intento de definición de los siguientes DIAGNÓSTICOS ESPIRITUALES EN PASTORAL DE LA SALUD, que condensaría en seis (no incluyo lo que muchos llaman bienestar espiritual, porque si se está bien espiritualmente no se necesita diagnosticar; sin embargo sí incluyo alteración del bienestar espiritual, porque entonces sí habría un "problema"):
  1. Alteración de la esperanza: estado en el que la persona vive en desarmonía,  que generalmente le induce a realizar deducciones negativas sobre las cosas; el no encontrar estrategias para modificar este estado le lleva a sentirse incapaz de movilizar su energía vital y no esperar nada ni de sí mismo, ni de nadie.
  2. Alteración de la religiosidad[5]: estado en el que la persona ve dificultada su capacidad para confiar en sus creencias religiosas , para hacer experiencia de la divinidad y cultivar la relación con él, o participar en las celebraciones o recursos religiosos de acorde a sus creencias religiosas.
  3. Alteración del bienestar espiritual: estado en el que la persona siente obstaculizado el proceso de inmanencia o trascendencia que le ayude a seguir creciendo espiritualmente; dándose un impedimento de conexión con el yo o la alteridad. 
  4. Incomunicación espiritual: estado vital de la persona que por diferentes motivos, no puede comunicar sus vivencias espirituales y religiosas a los demás. También puede darse que se haga negación de todo lo referente a la dimensión espiritual por no haberla cultivado, por tener experiencias negativas o por una opción personal.
  5. Sufrimiento espiritual: estado en el que la persona experimenta un sentimiento de carencia o insatisfacción por el ‘deseo’ consciente a alcanzar, podríamos decir por la falta de sentido, de felicidad y/o de vacío existencial.
  6. Sufrimiento moral: estado en el que la persona considera que las decisiones que toma a nivel individual como resultado de su propia reflexión (lo que quiere hacer) no están en equilibrio con las normas externas de conducta y convivencia (lo que debe hacer).


Más adelante intentaré describir más estos diagnósticos espirituales, cómo se puede llegar a ellos y cómo se puede actuar, pero eso será en otra entrada del Blog.

Norka C. Risso Espinoza


En todo caso comparto con vosotros la bibliografía utilizada:

  • Aguilar J.M., Trascendencia y alteridad. Estudio sobre E. Lévinas. Pamplona: Universidad de Navarra; 1992
  • Alarcos F.J., Bioética y pastoral de la salud. Madrid: San Pablo; 2002.
  • Bermejo J.C., Empatía Terapéutica. La compasión del sanador herido. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2012.
  • Bimbela J.L., Yo decido. La tecnología con alma. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2014.
  • Bulechek GM, Butcher HK, Dochterman JM, Wagner CM, editores. Clasificación de resultados de enfermería (NIC). 6ª ed. Madrid: Elsevier; 2014.
  • Cucci G., La fuerza que nace de la debilidad. Aspectos psicológicos de la vida espiritual. Santander: Sal Terrae; 2014.
  • Herdman TH, editora. NANDA International. Diagnósticos enfermeros: definiciones y clasificación 2012-2014. Madrid: Elsevier; 2013.
  • Johnson M, Bulechek G, Butcher H, McCloskey-Dochterman J, Maas M, Moorehead S, et al, editores. Interrelaciones NANDA, NIC, NOC. Diagnósticos enfermeros, resultados e intervenciones. 2ª ed. Madrid: Elsevier; 2007.
  • Johnson M, Moorehead S,  Bulechek G, Butcher H, Maas M, Swanson E, , et al, editores. Vínculos de NOC y NIC a NANDA-I y diagnósticos médicos. Soporte para el razonamiento crítico y la calidad de los cuidados. España: Elsevier; 2012.
  • Moorhead S, Johnson M, Maas ML, Swanson E, editoras. Clasificación de resultados de enfermería (NOC). Medición de resultados en salud. 5ª ed. Madrid: Elsevier; 2014.
  • Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, La Pastoral según el estilo de San Juan de Dios. Roma: Curia General Orden Hospitalaria de San Juan de Dios; 2012.
  • Provincia de Castilla Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Evangelizar desde la Hospitalidad. Documento Marco de Pastoral. Madrid: Fundación San Juan de Dios; 2010.
  • Rivas F., Terapia de las enfermedades espirituales en los Padres de la Iglesia. Madrid: San Pablo; 2007.
  • Schreurs A., Psicoterapia y espiritualidad. La integración dela dimensión espiritual en la práctica terapéutica. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2004.
  • Torralba F., Jesucristo 2.0. Madrid: PPC; 2012.
  • Torralba F., Necesidades Espirituales del ser humano. Cuestiones preliminares. Labor Hospitalaria. 2004; 36 (271): 7-16.
  • Vicente J.C., Manipuladores cotidianos. Manual de supervivencia. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2006.



[1] Provincia de Castilla Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Evangelizar desde la Hospitalidad. Documento Marco de Pastoral, Fundación San Juan de Dios, Madrid 2010, p. 38.
[2] Para la Real Academia Española la definición de primero es “dicho de una persona o de una cosa: que precede a las demás de su especie en orden, tiempo, lugar, situación, clase o jerarquía”; “excelente, grande y que sobresale y excede a otros”.
En cuanto a auxilio lo define como “ayuda, socorro, amparo”.
El Diccionario Mosby – Medicina, Enfermería y Ciencias de la Salud define a esta locución como “asistencia inmediata que se presta a una persona herida o enferma antes de ser tratada por personal médico. La asistencia se dirige en primer lugar a los problemas más graves: valoración de la permeabilidad de las vías respiratorias, presencia de hemorragia e idoneidad de la función cardíaca.” “Clasificación de intervenciones de enfermería definida como los cuidados iniciales de una lesión menor.”
Para la Enciclopedia Universal, 2012 “son una serie de procedimientos  médicos simples, destinados a salvar la vida de una persona en situaciones de emergencia médica, generalmente llevados a cabo por persona no titulada en Medicina antes de la intervención de los servicios de emergencia o de un profesional médico”.
[3] Apuntes del curso Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), impartidos por la Universidad Autónoma de Barcelona: En las emergencias masivas, los proveedores de PAP deben intervenir siendo coordinados por los equipos de primera respuesta y/o los servicios de atención a los incidentes críticos. En los incidentes críticos cotidianos, los PAP suelen ser aplicados por personas del contexto habitual de la familia afectada (maestros, enfermeras, religiosos, líderes comunitarios) que hayan sido formados en esta técnica.
[4] La Pastoral según el estilo de San Juan de Dios. Orden hospitalaria de San Juan de Dios. Comisión General de Pastoral. Roma, 2012. Pag 78
[5] Diferencio deterioro de la religiosidad del deterioro de bienestar espiritual porque considero que hay personas que no profesan una religión y sin embargo sí tienen una dimensión espiritual que se puede ver deteriorada.

viernes, 28 de febrero de 2014

El poder curativo del perdón

"El perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe"; así dice una frase atribuida a William Shakespeare que subraya la bondad de una realidad –el perdón-  tan deseada como difícil de vivir. Es significativo que el famoso dramaturgo calificara al perdón en términos de “bendición”, un concepto bíblico, muy presente ya en el Antiguo Testamento, que destaca su vinculación con la vida –y vida en abundancia (Jn 10,10)- y la generosidad.
La bendición (brk, en hebreo) en el Antiguo Testamento tenía “ida y vuelta”. Uno podía estar lleno de la bendición de Dios, o bien expresar agradecimiento y adoración al Señor bendiciéndole. En el primer caso, la persona reconocía ser sujeto de bendición a través de las experiencias de prosperidad que conllevan un beneficio para quien las vive -la bendición de Yahveh es la que enriquece (Prov 10,22) -, y que son un regalo. En el segundo caso, bendecir a Dios supone reconocer que todos los dones proceden de Él, que lo bueno tiene su origen en Él –pues tu amor es mejor que la vida mis labios te glorifican (Sl 63,4)-.
San Pablo expresó como nadie la vinculación entre ambas en la carta a los Efesios:
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros (Ef 1,3-8).
Jesucristo es el lugar donde las dos bendiciones se encuentran. Él es la mayor bendición del Señor para nosotros, y es el motivo más grande para bendecir a Dios, para darle gracias por el Bien recibido en Cristo.
Decir que el perdón es bendición significa reconocer que tiene carácter gratuito (no se puede exigir), que es algo bueno (beneficia a ambas partes y es una realidad positiva por principio, en su desarrollo y su fin), un auténtico tesoro (una “rara avis”). Enriquece a quien lo recibe y ennoblece a quien lo da. La vida se ensancha cuando aparece, porque abre una puerta donde la angustia ha decidido instalarse de modo invasivo y definitivo. Por eso su capacidad sanadora es inmensa, el mejor remedio para algunas situaciones en las que habría que colgar el cartel de “no hay salida”, “calle cortada” o “prohibido el paso”.
Sin embargo, no resulta sencillo ni concederlo, ni recibirlo. Cuando alguien formula que “no le cuesta perdonar” habría que preguntarse si de verdad se ha sentido ofendido. Porque el perdón es un sacrificio que conlleva una renuncia a uno mismo (y a sus “derechos”) y supone una auténtica prueba de fuego para la gratuidad en las dos direcciones. Es necesario ser muy humilde tanto para acoger un don tan grande, como para entregarlo. No obstante no solo es arduo vivirlo sino también saber aplicarlo cuando realmente corresponde. La vida cotidiana está plagada de situaciones en las que manejamos “algo parecido al perdón” (sucedáneos, más bien) sin que de verdad sea adecuado ponerlo en práctica. Fomentar el olvido en su nombre, pretender acabar cuanto antes con situaciones enojosas, utilizarlo como chantaje emocional, acogerse al paso del tiempo como paliativo del dolor… son algunas de las motivaciones más comunes que nos empujan a emplear el perdón[2]. Pero cuando hacemos un uso indebido de una realidad tan especial, ocurre como con los medicamentos: que terminan por perder eficacia, y cuando de verdad se necesitan, la mejoría es menor de la esperada. Por ello es tan importante detectar cuáles son las heridas que necesitan de su poder sanador y qué se puede esperar tras su acción.
Lo primero que hay que tener claro es que si el perdón tiene un poder curativo es porque existe una lesión, algo que está roto (un desgarramiento, una perforación, un corte) que necesita una intervención. El perdón no aparecería nunca, no existiría, si no hubiera ofensas que causan daño y sobre las que es recomendable actuar. El mal precede, por tanto, al perdón. Por eso es necesario tanto detectar el mal, ponerle nombre, reconocerlo, como diagnosticar el sufrimiento.
El paralelismo entre el dolor de las ofensas y la enfermedad, resulta enormemente iluminador. No solo porque el pecado tiene mucho de enfermedad (una idea ya presente en los Padres de la Iglesia e incluso en grandes filósofos como Platón), sino por la relación indisoluble entre el cuerpo y el alma; una unión tan fuerte que lo que se vive en una de las dos dimensiones repercute directamente en la otra. Todo lo que el cuerpo padece tendrá consecuencias inmediatas en el interior de la persona y viceversa. Quizá sea esa la razón por la que en algunos episodios del evangelio, Jesús, al mismo tiempo que sana una enfermedad, perdona los pecados (el relato del paralítico sería emblemático en este sentido: ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"?, Mt 9,4-5). Probablemente el Señor está apuntando que es más difícil perdonar…
Las heridas son de diversa índole y podríamos clasificarlas, en términos generales, en dos apartados: un primer grupo centrado en el tipo de daño recibido; y otro, en el modo de cicatrización de las heridas.

Según el tipo de daño recibido
No todas las ofensas son iguales. Como las lesiones que sufrimos “trasteando” en la vida cotidiana (caídas, cortes, cirugías médicas, etc.), hay formas diferentes de recibir el impacto del pecado de los otros (o de que nuestro pecado impacte en los demás):

Herida contusa
Es la causada por un golpe seco, contundente e inmediato. Normalmente duele mucho en un primer impacto, pero suele desaparecer fácilmente con el tiempo. A lo sumo deja una huella pasajera (como los moratones) que recuerda lo que ha sucedido; pero no es tan grave como para cambiar sustancialmente la vida del sujeto. Sin embargo, esto no quiere decir que una ofensa con este perfil no deba de ser perdonada. Donde hay agravio, el perdón es una posibilidad. Pues el daño no se mide únicamente por el perjuicio que genera sino, sobre todo, por el mal que habita en la persona que lo causa. Y la absolución no va dirigida al ofendido sino precisamente al culpable, para sanarlo a él en primer lugar.
No es, por tanto, el dolor de la víctima el que da la medida del perdón sino el pecado del ofensor que necesita ser “intervenido”.

Herida punzante
Producida por un instrumento o arma agudos; es la que provoca una sensación fría y cruel. Miguel Hernández expresó magistralmente esta experiencia ante la inesperada y violenta muerte de su amigo (“se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”):
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.[3]
Este poema es considerado una poesía de remordimiento y reconciliación, y no tanto de llanto por la muerte de un amigo (que también), pues se había distanciado ideológicamente de su compañero de tertulias para seguir los derroteros de las nuevas corrientes poéticas. Su repentina desaparición le impidió reconocer todo lo que había hecho por él en sus comienzos. Se sentía en deuda y ya no se lo podía comunicar. De ahí el hondo lamento ante la experiencia de lo irreparable e irreversible. Lo hecho, hecho está. También el verdadero arrepentimiento puede ser experimentado como herida y el único consuelo es la reconciliación (ya que ni la reparación es posible, al menos directamente[4], cuando la persona ha muerto) y acogerse al perdón de Dios.

Herida penetrante
Reconocible porque es la que llega al interior de una parte del cuerpo, la que no se queda en la superficie sino que deja afectados los órganos vitales. Las úlceras visibles a los ojos constituyen el síntoma de una afección más seria. Por ello es importante tratarlas, no sea que contaminen todo nuestro ser. Son, por tanto, aquellas que no nos dejan respirar con tranquilidad, las que nos impiden hacer una “vida normal” (o lo que nosotros definimos como tal), las que nos cambian y dejan huella en el rostro.

Según el modo de cicatrización
Pero además de esta manera de presentar las heridas hay otra forma de agruparlas -atendiendo al modo de cicatrización- que también resulta iluminador pues proporciona claves interesantes para reconocerlas y tratarlas:

Las que cicatrizan
Se trata de aquellas que curten y se incorporan a nuestro ser; las que nos cambian el “mapa” del cuerpo (para bien o para mal, aunque hoy en día se hacen auténticas virguerías para disimularlas); las que no molestan y se pueden integrar en una memoria agradecida; las que se pueden contar sin sentir molestias. Las que ya no duelen. A veces, incluso, generan alrededor una zona “insensible” que protege de posibles nuevos golpes, aunque el coste sea perder un poco de sensibilidad (muchas cicatrices dejan una parte del cuerpo acolchada en la que uno apenas siente nada).
Esta cicatrización “gratificante” puede venir de uno mismo (de su propia madurez  o capacidad de “regeneración” –hay personas que cicatrizan mejor que otras--) o, en algunos casos, requieren de ayuda externa (un médico habilidoso que sepa dar bien unos puntos de sutura). El perdón pertenecería a este orden de realidades que vienen de fuera. Porque se trata de un acontecimiento que adviene, que no depende de nuestros méritos ni de nuestra súplica (aunque ésta pueda influir en la decisión de quien tiene la potestad de concederlo).
En la tradición bíblica, el hombre no tiene capacidad para perdonarse a sí mismo. Debe esperarlo de otros, y especialmente de Dios, a quien pertenece, en último término, toda indulgencia y misericordia. Cuando alguien no vive en paz a pesar de haber sido perdonado no es tanto porque no se haya perdonado (ya que eso no le corresponde) sino porque probablemente no haya acogido plenamente el perdón que se le ha regalado.

Las que supuran de vez en cuando
Hay heridas que siempre es necesario vigilar porque nunca cierran del todo. Son las que de vez en cuando nos recuerdan nuestra fragilidad. Aquellas, por ejemplo, que perdonamos cuando menos nos duelen pero que en ocasiones nos hacen ver que algo de rencor queda y que no hemos sido del todo gratuitos (por eso en el momento en que el dolor arrecia de nuevo, volvemos a mirar con rabia al responsable de nuestra herida).
Sin embargo, también puede suceder que creamos que no hemos perdonado al comprobar que, después de la ofensa, se ha producido una ruptura real, una grieta que evidencia que las cosas ya no son igual que antes. Algo ha cambiado. Pero es importante saber que el perdón nunca significa volver a la situación previa, anterior al agravio o el daño, sino que lo que está en su mano es abrir un horizonte nuevo, distinto, con posibilidad de futuro, más allá del resentimiento. Y no elimina los sentimientos desagradables que se mueven dentro de nosotros porque su territorio no son los afectos sino la voluntad. Se trata de una decisión que implica un compromiso por un camino que deja de lado la venganza. Pero cuesta descubrir esa novedad del perdón como algo bueno. En más de una ocasión desearíamos que el pasado se hiciera presente tal cual otra vez. Estamos apegados a las cosas y a las relaciones y resulta difícil desprenderse de ellas. Sin embargo, el perdón es una llamada al altruismo y a un amor siempre mayor; más parecido al de Dios. De hecho, la reconciliación que se realizó en Jesucristo, no devolvió a la humanidad al paraíso perdido, sino que la condujo a una situación incomparablemente mejor.

Las que sangran continuamente
La curación definitiva no es posible en este mundo. Mientras exista el mal, habrá sufrimiento. Por eso es posible encontrarse con heridas que nunca van a dejar de sangrar. Ni siquiera el perdón tiene el poder de remediar ese padecimiento, aunque sí de paliarlo (solo cicatrizarán del todo en la resurrección, como el mismo Jesús enseñó).

Iconos de sanación
Dos iconos muestran de modo especialmente gráfico y real estas heridas que, mal vividas pueden amargarnos, pero ofrecidas para la reconciliación son fuente de sanación para todos: la Virgen ante la muerte del Hijo, y el costado abierto de Cristo en la cruz.

La Virgen en el Calvario
Representa a todos los ofendidos “por extensión”, o mejor, por amor. Pues ella se convirtió en víctima en el sufrimiento de su Hijo. Ciertamente a una madre le duelen más los ultrajes que un hijo recibe que los propios. También en la enfermedad el dolor afecta no solo al enfermo sino a aquellos que lo aman.
Cuando María presenció las humillaciones de Jesús, “una espada le atravesó el corazón” (cumpliéndose de este modo la profecía de Simeón, Lc 2,35). Su respuesta ante tal barbarie la convirtió en modelo de reconciliación por tres razones fundamentales: primero, porque no huyó del dolor sino que estuvo a los pies de la cruz, al lado del Hijo sufriente; segundo, porque recibió en sus carnes las ofensas hechas a Jesús; y por último, porque tampoco ella, como el Señor, respondió a los verdugos con la violencia. No hizo de la venganza el leitmotiv de su vida, ni incitó a otros a que la llevaran a cabo. Todo lo contrario. María fue causa de unión entre los discípulos y de que la obra comenzada por su Hijo continuara. De este modo fue una pieza clave para que el mal no consiguiera una victoria póstuma.

El costado abierto de Cristo
Un símbolo de cómo el Señor ha plantado cara al pecado. Un enfrentamiento que le costó la vida y que le dejó marcas y heridas, pero que, al mismo tiempo, abrió infinitas posibilidades al amor puesto que la muerte fue vencida.
El perdón de Cristo en la cruz (Lc 23,34) ha abierto una nueva vía para el ser humano. Evidentemente no quita el sufrimiento. Pero no es lo mismo el dolor que nace del rencor que el que nace del amor. El primero bloquea, aplasta, encierra en uno mismo, quita el aire; el segundo, apuesta por la vida, privilegia a los otros por encima del propio dolor, es generoso, vela por el bien común, se adentra en la gratuidad de Dios. De este último nació una realidad tan rica como la Iglesia; es decir, un pueblo formado por aquellos reunidos gracias al perdón del Señor que perdura más allá de la muerte.
Conocer y reconocer qué tipo de heridas nos afligen y son motivo de lamento, es muy importante para no pedirle al perdón algo que no puede dar. Pues esencialmente en su relación con el dolor difícilmente lo sabemos situar.
Habitualmente le pedimos al perdón que solucione los conflictos, que mitigue el dolor o que haga desaparecer el sufrimiento… Pero no es esa su misión propia (aunque normalmente su presencia conlleve una rebaja del nivel de tensión o de la congoja). Pero eso es más bien una consecuencia del perdón, no lo que debe originarlo. Su motivación es el amor, sin más.
El perdón mira “cara a cara” la culpa, y sin negarla, la absuelve, concediendo inmerecidamente, por pura gracia, algo que no le corresponde al culpable. Por ello la razón más potente para perdonar es la “sin-razón”. El perdón perdona porque quiere.
Muchos enfermos terminales buscan el Sacramento de la Reconciliación y lo viven como una oportunidad única para morir en paz; en otros casos se convierte incluso en fuente de revitalización y mejoría física real. Y la causa principal de este consuelo está en el hecho de que el enfermo por el pecado, cuando se decide a pedir perdón, es capaz de aceptar un amor que no se asusta de su miseria y que le ayuda a “levantarse” y quedarse en paz.

Ahora bien, en las heridas que son “para toda la vida” (la muerte violenta de un hijo, la difamación, el desprecio continuo…) es importante asumir que no se debe exigir al perdón un consuelo que suprima cicatrices imborrables. Eso sería algo humanamente inadmisible y divinamente improbable. El dolor es síntoma de la necesidad de perdón, pero no su causa, ni tampoco su finalidad. Su objetivo principal es ofrecer un futuro lleno de la vida que el mal nos niega. Ya en los Padres de la Iglesia aparecía la concepción del perdón como una nueva creación. Porque abre una ventana donde no había más alternativa que el resentimiento o el rencor, es decir, movimientos del corazón que conducen a la tristeza, la rabia, el bloqueo interior... Mientras que la absolución del culpable arrepentido, no solo frena la cadena del mal sino que hace que el dolor cambie de “forma y color”, e incluso que tenga un sentido: estar al servicio de un amor siempre mayor, profundamente humano porque “rescata” a la persona de una situación que para ella no tiene salida, pero genuinamente divino porque un acto tan generoso y gratuito solo puede proceder de Dios.

Mª Dolores López Guzmán[1]
Publicado en la revista Labor Hospitalaria nº 302 (2012), pp. 40-45 




[1] Profesora de teología en la Universidad Pontificia de Comillas y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín. Madrid.
[2] Uno de los autores que más ha puesto de relieve esta práctica habitual de perdones “apócrifos” es el filósofo francés V. Jankélévitch. Ver: Vladimir Jankélévitch, Le pardon, en: Philosophie morale, Flammarion, Paris 1998. Un estudio sobre este pensador que realizó una fenomenología del perdón tras la experiencia de la persecución nazi se puede encontrar en: Mª Dolores López Guzmán, Desafíos del perdón después de Auschwitz. Reflexiones de Jankélévitch desde la Shoa, Comillas-San Pablo, Madrid 2010.
[3] Miguel Hernández, “Elejía a Ramón Sijé”: El rayo que no cesa, 10-enero-1936.
[4] Ciertamente siempre queda la posibilidad de tener “gestos de conversión” y reparación de modo indirecto que manifiesten un cambio de vida y que conlleven la realización de obras que supongan un bien para todos. Aquí radica en el fondo el sentido de la penitencia.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Es cierto que los niños hacen lo que ven, evítales el sufrimiento

pegar 2Si los niños ven o viven el maltrato o la violencia, la aprenderán y la reproducirán en diversos aspectos de su vida, sobre todo con los más débiles. Si un niño es maltratado, aprenderá que esa es una forma de resolver problemas, por lo que, cuando tenga un problema, será con violencia como intentará resolverlo.
Y puesto que pegar no es educar, aquí están algunos de los efectos que se produce en los niños:
  • Daña su autoestima, genera sensación de minusvalía y promueve expectativas negativas respecto a sí mismo.
  • Les enseña a ser víctimas. Existe la creencia extendida de que la agresión hace más fuertes a las personas que la sufren, les “prepara para la vida”.
  • Hoy sabemos que no sólo no les hace más fuertes, sino más proclives a convertirse repetidamente en víctimas.
  • Interfiere sus procesos de aprendizaje y el desarrollo de su inteligencia, sus sentidos y su emotividad.
  • Se aprende a no razonar. Al excluir el diálogo y la reflexión, dificulta la capacidad para establecer relaciones causales entre su comportamiento y las consecuencias que de él se derivan.
  • Les hace sentir soledad, tristeza y abandono.
  • Incorporan a su forma de ver la vida una visión negativa de los demás y de la sociedad, como un lugar amenazante.
  • Crea un muro que impide la comunicación padres - hijos y daña los vínculos emocionales creados entre ambos.
  • Les hace sentir rabia y ganas de alejarse de casa.
  • Engendra más violencia. Enseña que la violencia es un modo adecuado para resolver los problemas. pegar
  • Los niños y niñas que han sufrido castigo físico pueden presentar dificultades de integración social.
  • No se aprende a cooperar con las figuras de autoridad, se aprende a someterse a las normas o a transgredirlas.
  • Pueden sufrir daños físicos accidentales. Cuando alguien pega se le puede “ir la mano” y provocar más daño del que esperaba.
Por tanto, cuidemos nuestra actuación para evitar el sufrimiento de nuestros pequeños.