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miércoles, 1 de marzo de 2017

Juan de Dios Samaritano

Me han pedido para la Novena de San Juan de Dios de Ciempozuelos, que a partir de las vivencias de Juan de Dios, haga llegar mi propia experiencia, a la luz del mensaje del Evangelio, sobre 'Juan de Dios Samaritano'. Sabiendo que hay muchas personas que pueden hacerlo mucho mejor que yo, esto es lo que me he atrevido a compartir:

Lo primero agradecer a la Comunidad de Hermanos de San Juan de Dios de Ciempozuelos, y a la Hermandad la posibilidad de compartir este momento con vosotros. También agradecer vuestra presencia.

Para Juan de Dios fue necesario sentirse herido y enfermo para darse cuenta que su misión era la de ser el samaritano que bajaba a Jericó. En este tiempo de Cuaresma que iniciamos hoy, esto es importante, porque efectivamente para ver la luz que nos lleva a la vida con mayúsculas, es necesario pasar primero por la Cuaresma y la Semana Santa. Para ser buen samaritano, es necesario sentirse primero herido y enfermo, sentirse vulnerable en algún momento de la vida.

La parábola del buen samaritano constituye el fundamento bíblico de la hospitalidad. Lo primero que nos encontramos es la pregunta ¿quién es mi prójimo? Si retrocedemos a la vida de Juan de Dios, su respuesta ante ¿quién es mi prójimo?, podría ser:

  • Sebas, un viejo sin hogar que vive en las calles y duerme bajo los puentes 
  • Juanico, que lo abandonaron a la puerta de una iglesia, creció en el hospital hasta que hallaron una familia que lo acogiera
  • Blasillo, uno de los locuelos tan queridos para Juan de Dios, de ojos y corazón saltimbanquis
  • Felisa, la prostituta feliz, una mujer que, entre otras, empezó una nueva vida


Esto por decir algún nombre, porque es vital poner nombres a nuestros prójimos, es una forma de valorarlos, hacerles sentir importantes; pero, pensemos también en todos los enfermos mentales que recibían baños de agua fría, cadenas, azotes; o en los pobres que día tras día Juan de Dios socorría por las calles de Granada, o los enfermos pobres, los vagabundos, los niños abandonados, para los cuales la casa de la calle Lucena se convirtió en hospital, refugio, hogar, hasta que en 1546 se realiza el traslado desde la casa de Lucena hasta la Cuesta de los Gomeles, esos son su prójimo, esa procesión de cristos rotos y moribundos que el pueblo de Granada contemplaba

Y ¿quién es mi prójimo? Porque esta pregunta sigue siendo muy actual, ¿Quiénes son los heridos al borde del camino? Del tuyo o del mío… ¿para quién soy prójimo? ¿a quién he cuidado o curado? ¿ante quién me detengo?

Mi respuesta podría ser que cada uno de los enfermos que me encuentro en este centro, su familiares, pero también los compañeros de trabajo, los voluntarios, los hermanos de San Juan de Dios, los amigos de esta familia juandediana, los que se van cruzando en mi camino… todo aquel que me invita a descentrarme de mí misma y poner la mirada del corazón en Él. Porque como Juan de Dios descubrió y experimentó, hay lugares especiales en los que nos encontramos con el rostro de Cristo, Dios está en el hombre que sufre, amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí, en el más necesitado nos encontramos con Dios, mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y al que yo pueda ayudar.

Pero lo que verdaderamente he descubierto con San Juan de Dios, es que el prójimo no es solo aquel que tienen una necesidad ajena, sino que exige que el samaritano pase a ser prójimo del hermano. Por querer dar dignidad al otro, con gestos que aparentemente parecen insignificantes, como son una mirada, una caricia, una escucha, con sólo ser y estar me convierto en prójimo del que pide ayuda; no sólo el otro es mi prójimo, sino que su necesidad me convierte a mí en prójimo.

Además, Juan de Dios, pasó a ser samaritano porque experimentó que se trata de mirar al prójimo con el corazón: 


  • Ante tantos que pasan de largo, Juan de Dios siente la obligación de pararse y no sólo con los vivos, también con los muertos. Nunca le faltó la suficiente libertad interior, para reclamar con fuerza ante aquellos que pasaban de largo: en una ocasión encontró un cadáver en la calle, pero como no tenía dinero para envolverlo en un lienzo y enterrarlo dignamente, cargó con el cadáver y lo dejó delante de la casa de unos señores ricos hasta que el inquilino cedió para enterrarlo.
  • También supo mirar y pararse, mostrando especial sensibilidad, ante la realidad de la mujer que sufre la explotación.

¿Y qué aprendo de Juan de Dios con todo esto? No sólo a ver, sino a mirar con sensibilidad y misericordia todo lo que me rodea, a descubrir situaciones de necesidad y sufrimiento, no sólo a nivel físico, sino también a nivel espiritual. Debo reconocer que cuando llegué a este centro, sólo se trataba de enfermos, sólo se trataba de otros que a mí no me implicaban nada. Hoy, se trata de personas con algún tipo de enfermedad o discapacidad, hoy se trata de personas que tienen un corazoncito, que quieren amar y ser amados. Y ante ninguno debo desviar la mirada, ni pasar de largo, como hicieron el sacerdote o el levita de la parábola.

Con San Juan de Dios, el hombre samaritano, que a la vez supo hacerse prójimo, he aprendido a anteponer la preocupación por el otro antes que mis intereses personales, he aprendido a relativizar muchas cosas y dar importancia a lo que verdaderamente es importante, debo reconocer que no siempre es fácil, hay que superar miedos y resistencias; sin embargo, teniendo a Juan de Dios como modelo, y a tantos hermanos que han seguido sus pasos, creo que es posible, y poco a poco voy aportando mi granito de arena, a veces incluso a pesar del cansancio, y a veces, como me decía el hermano Florido, es que hay que hacer ruido, “por si Dios se queda dormido”.

Juan de Dios, hombre samaritano, es un modelo guía para todas las formas de atención y de ayuda a favor de cualquier persona necesitada o que sufre, hablar del samaritano de Granada es hablar de una atención holística, porque es hablar del servicio samaritano, de un estilo de trabajo en el que los últimos son los primeros. Juan recogía enfermos en las calles, les lavaba los pies, curaba sus heridas, los acostaba y arropaba, traía al médico o al cura si era preciso, y siempre en una lucha constante con el dolor y con el sufrimiento; y así fue modelo para muchos que seguirían sus pasos, los hermanos de san Juan de Dios, que con pequeños/grandes gestos siguen haciendo real la actuación desinteresada y samaritana, provocando principalmente curación interior.

Y al final de la parábola nos encontramos con vete y haz tú lo mismo, y Juan de Dios, que empezó siendo alumno de la caridad en Guadalupe, bien diría, “Donde no hay caridad, no hay Dios… aunque Dios en todo lugar está”, terminó realizando un proyecto de hospitalidad. A Juan de Dios pronto se le unen un grupo de discípulos no sólo para ayudarle, sino para vivir como él, a todos les invitaba a ser samaritanos, a realizar un cuidado especial en el acompañamiento, a recibir al enfermo como al mismo Señor, el enfermo es el Centro. Actualmente, cada uno de los hermanos, unos haciendo cruces, otros pendiente de la granja, otros del invernadero, otros de la parte económica, otros del centro, pendiente de este templo, dando clases o dando de comer incluso cuando las fuerzas flaquean, etc… cada uno, nos siguen enseñando a ser samaritanos, porque todo lo que hacen lo hacen desde el corazón, por el más necesitado, da igual si la misión es grande o pequeña, siempre es lo que el corazón mande.

Y hoy, cada uno de nosotros seguimos siendo invitados a hacer lo mismo, a comportarnos como samaritanos, efectivamente las cosas no se pueden quedar sólo en teoría… vete y haz tú lo mismo, conviértete en el prójimo del que no tiene a nadie, y en eso estamos, intentando llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con palabras y obras, el amor misericordioso y liberador de Dios, también en mis propias periferias existenciales, y siendo muy consciente que el verdadero samaritano es Cristo. Nosotros, como Juan de Dios, seguimos sus pasos, y nos convertimos en samaritanos, que intentamos dar lo que generosamente hemos recibido.

Podría contaros todo lo que hago para procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa de mi propio interés; pero no tendría ningún sentido, porque se quedaría en pura filantropía; lo importante es que todo lo que hago, lo que soy, y donde estoy, es por Cristo.

Por eso me siento profundamente agradecida, porque hace unos 13 años Cristo me puso delante de San Juan de Dios, para enseñarme a ser samaritana en el día a día, para no pasar de largo, para mirar más allá de lo que se ve, para aprender a entrar, aunque sea de puntillas, en la humanidad del ser humano y no quedarme en lo superficial, en la apariencia física. Para juntarme a otras personas: hermanos, compañeros en las unidades, o cada uno de vosotros que sois como linternas que me ayudan a mirar donde yo no veo.

Supongo que por eso me trajo Dios hasta aquí, para antes de dar mi respuesta de un sí a la vida consagrada, hace ya 11 años, experimentar dónde me puedo encontrar realmente con Cristo.

Y por ello es maravilloso seguir aprendiendo de San Juan de Dios a ser samaritana, ponerme en camino: de Villalba a Ciempozuelos, y ya en ese camino prepararme para el encuentro con el prójimo, llegar aquí y ponerme la bata: me recuerda que me ciño para servir al prójimo, leer los evolutivos o las incidencias: me hacen consciente de que formo parte de una cadena de responsabilidad del cuidado del otro, de mi prójimo, un eslabón más del cuidado a todos los niveles, esa atención holística de la que hablaba antes; tras saberme enviada por Aquel que me habita, miro lo que está por venir, ingresos programados, traslados…

Intento imaginarlos, y mi corazón y mis entrañas se preparan para acoger, para salir al encuentro, para no pasar de largo, y mi vida queda cambiada por un proyecto común. Acercarme a mi prójimo, mirarle, tocarle, darle la bienvenida, ahora somos dos vidas para caminar juntos  el tiempo que tengamos que andar, pueden ser días, meses, años… pero siempre desde una acogida incondicional, salir del yo para entrar en el tú, ahora somos dos prójimos, ahora somos un nosotros.

No me importa lo que traiga, no me importa cuáles son sus heridas, algunas veces son bendición, otras silencio, en otras expresa que su vida ha sido maldita, muy dura, llena de ira y rencor… y cargar con todo ello como Juan de Dios, buen samaritano.

El pasillo o la habitación, o la sala se convierten en nuestra cuneta, estar aún en medio del sufrimiento, la mayoría de las veces llevarlos al posadero (tantos profesionales implicados en el cuidado) para que sigan curando-cuidando de ellos, y aprender a hacer música dentro de mí con cada prójimo. No siempre es fácil, pero desde luego, mi vida tiene más sentido en medio de esta realidad.

El Papa Francisco ha vuelto a alertar en varias ocasiones sobre el ‘descarte’ social de enfermos y ancianos. Ojalá todos adquiramos tanto personal, como eclesialmente, la sensibilidad de Juan de Dios, para ver las necesidades de quienes son poco visibilizados o descartados, que entre todos nos cuestionemos constantemente quién es mi prójimo, quién es mi hermano, que ser samaritano se convierta en un estilo de vida.


Muchas gracias.

Norka C. Risso Espinoza 

sábado, 13 de junio de 2015

Cuidar al Moribundo

Una enfermedad mortal, como negación de vida, es una amenaza contra el propio ser y sitúa al moribundo en uno de los momentos más importantes y singulares de su existencia, en un tramo final que puede afianzar todos sus logros, que puede rectificar parte de sus limitaciones mejorando al final su proyecto vital, o se puede anular, empobrecer, pervertir o distorsionar toda la coherencia de su vida hasta entonces.

Por esto, es muy importante aprender a dejar morir al enfermo, sin anonadarlo con engaños o distracciones vitales, y, además, ayudarle con un acompañamiento íntimo y leal, que el permita morir en paz, de acuerdo con sus valores y preferencias. Un cuidador cercano, significativo para él –familiar, amigo o sanitario vocacionado-, puede cubrir esta necesidad, y no solo para ayudarle a prevenir los sufrimientos evitables y confortarle en los inevitables, sino, sobre todo, para reforzar su resiliencia, es decir, su capacidad de sobreponerse a fuerzas que tratan de doblegarlo, para que se mantenga entero y firme, ya que esto es lo que capacita al ser humano a hacer una vida sana en un medio insano, como puede ser el profundo dolor moral ligado a la pérdida final, en el caso que nos ocupa.

Solo de este modo el paciente desahuciado podrá terminar su realización personal de una manera más provechosa y segura, haciendo de su morir un modo de revivir, subrayando y finiquitando su existencia. No debemos olvidar que el moribundo, sobre todo si es muriente, permanece en su proceso de “llegar a ser”, sin “ser” aún, y que nunca está ni debe estar en un proceso de “dejar de ser”, por sus renuncias, angustias o cobardías. Por el contrario, todo paciente incurable debe ser apoyado para que entre en un “afán de llegar a ser”.

Paralelamente, también es importante recordar en este momento que la muerte no significa, en sí misma, el final de lo absoluto, si por tal entendemos algo más que el ser singular. Toda vida humana está engranada en un proceso en marcha transitivo y trascendente, cualquiera que sea la interpretación cognitiva que demos al hecho (mistérica, ecológica, evolucionista u otra).

Pensando en la humanidad actual y sobre todo histórica, suena bien el poema de Dyland Thomas en el que clama: “Y la muerte no tendrá dominio”. Así dice un fragmento, con la traducción ligeramente modificada por mí:

Y la muerte no tendrá dominio.
Los muertos desnudos se confundirán
con el hombre en el viento y en la luna poniente;
cuando sus huesos se limpien
y esos huesos limpios se desvanezcan,
tendrán estrellas en sus codos y en sus pies;
aunque se vuelvan locos, serán cuerdos;
aunque se hundan en el mar, surgirán de nuevo;
aunque los amantes se pierdan, el amor no se perderá.
Y la muerte no tendrá dominio.

A este valor trascendental debe contribuir, a ser posible, todo ser humano, con mejor o peor fortuna, y a ello está llamado. Por eso, ante la situación de una persona en un estado de gran debilidad física, como es el moribundo, se precisa que realice para compensarla un gran rearme moral, dotándose de una extraordinaria energía espiritual. A ello deben contribuir sus posibles personas acompañantes.

Todo ser humano, sobre todo en condiciones de gran fragilidad, merece el máximo respeto: es decir, el reconocimiento de que tiene vida propia y de que su existencia, su devenir singular y único, solo puede protagonizarlo y realizarlo él mismo.

Es normal que, ante la extraordinaria alarma de dejar de ser, la mayoría de las personas confrontados con la presentación de una muerte inmediata tengan tentaciones de huir, negando su realidad. Sin embargo, en este momento más que nunca, el humano necesita afrontar su propia muerte y su auténtico morir, salvándose del miedo paralizante a la muerte, de las tentaciones al abandonismo y/o a la resignación, así como de todo lo que en su proceso de morir, recién iniciado, le haga perder su identidad y/o su personalidad, deshumanizándole. Los cercanos a él, por parentesco o profesión, tienen la obligación de ayudarle a morir sanamente, siendo y deviniendo como él mismo, sin hacer de la muerte una enfermedad.

Preparación


Para poder cuidar al moribundo hace falta que el cuidador haya elaborado, sobre todo, su propia muerte y la tenga asumida. Asimismo, que posea un concepto claro sobre el sentido del morir y de su aportación total al conjunto de la vida personal de la persona atendida. Además, necesitará realizar cuatro tareas más:

  1. Evitar sus propios mecanismos de defensa:
-          Su identificación masiva con el enfermo.
-          Sus sentimientos de culpabilidad y su escrupulosidad exagerados.
-          Sus muy posibles vivencias de impotencia y de desánimo.
-          Sus momentos de confusión y de desconcierto.
  1. Liberarse del falso pudor paralizante.
  2. En el caso de los sanitarios, ahuyentar la profesionalidad formalista y hierática.
  3. Mantener hacia el sujeto terminal una actitud propulsiva, basada en las motivaciones al desarrollo, eliminando al máximo, las posturas defensivas, sin caer en la trampa fácil de evitar el dolor por encima de todo. En toda la vida, incluso en su fase final, el dolor es a veces necesario para realizar la naturaleza humana.

Todo lo que venimos manifestando apunta a una realidad inequívoca. Quien quiere cuidar a un paciente en el final de sus días necesita algo más que poseer una buena formación y conocimiento; precisa tener un saber experiencial en su propia existencia, para poder ser con el ayudado y no solo saber qué hacer con él. A este no hay que darle solo ayudas y remedios, hay que saberse dar.

Reconocer al moribundo


Es frecuente el error de considerar al enfermo aquejado por una patología mortal como un ser alienado, despojado de su identidad y presa de un ente exterior que lo enajena y domina. Nada más lejos de la realidad. El moribundo es un ser que vive, que es protagonista, sujeto y autor de un pasado que tiene que revisar y asumir, dueño de un porvenir a formular y vivir, y señor de un presente en el que discurre y se hace.

Por consiguiente, es, en todos sus conceptos, una persona que retiene su esencialidad, que abriga deseos, que experimenta necesidades, que sustenta esperanzas y que tiene todavía un tiempo, precioso, por argumentar.

Necesidades del moribundo


Para seguir siendo persona y para alcanzar la felicidad plena, el sujeto que contempla de cerca su muerte, si se le deja, suele experimentar necesidades muy profundas en la línea de reconocer sus raíces, de ahondar en lo auténtico y de subrayar su vida dentro de un proceso de morir que está en marcha, abierto a lo desconocido.

A fin de trabajar todo ello, la gran mayoría de los murientes necesitan una relación de ayuda que les apoye en la tarea. Se trata, en este caso, de una relación de ayuda peculiar, ya que en todos los otros casos quien oferta dicha posibilidad es alguien que ha transitado antes por el camino en el que discurre la persona a ayudar. No es este el caso que nos ocupa: la muerte es un misterio para todos los seres humanos y lo sigue siendo, en estas circunstancias, para ambos miembros del par. Por eso, la relación de ayuda en la terminalidad se instala en un estilo propio: el acompañamiento entre iguales en situación desigual. Se trata de configurar una díada en  el final de la vida que rememora y completa la díada madre-hijo del inicio, apoyando al doliente para que aspire a su liberación total y al cenit de sus posibilidades, basándose no en la experiencia, sino en la intuición y en la empatía.

Desde el punto de vista del cuidador, configurar una díada con el que se está muriendo, “una pareja de dos seres especialmente vinculados entre sí”, como reza el Diccionario de la lengua española, supone algo más que la tarea de un oficio o de un quehacer. Es una experiencia que conmueve y remueve profundamente a nivel personal, porque exige cotas muy altas de compromiso, de servicialidad y de donación. Se trata de un ejercicio muy particular de la “benefidencia” preconizada por Laín Entralgo: un darse al más necesitado de ayuda sumiéndose en su mundo, para poder así, desde su esencialidad, conocerlo verdaderamente y contribuir a su definitivo y permanente alumbramiento. Tarea noble y generosa en la que quien la ejerce también deja de ser él mismo, como diría Gadamer, reconociéndose en la desolación del otro, en su sufrimiento, y reconstituyéndose con él. Es a través de esta distintiva comunión amorosa entre el que fenece y el cuidador-amigo en la que el primero puede renacer, avivado por el ser significativo que discurre a su vera y le empuja: deudo, amigo íntimo, médico, sacerdote, etc., siempre comprometido.

El cómo: dinámicas de ayuda


La persona angustiada por su vivencia de finitud necesita, por encima de todo, alguien comprensivo y cercano que le escuche activa y profundamente, con paciencia, con simpatía, con serenidad, con sosiego, acomodada en su soledad y disfrutando del silencio de la verdad absoluta. Asimismo, precisa que ese alguien le tolere, le comprenda, le acepte y le aguante sin desmoronarse.

Sobre este bagaje de seguridad surgirán, en el entramado entre el cuidador y el atendido, las tres disposiciones afectivas básicas que deben singularizar al primero, sin las cuales cualquier tipo de ayuda sería un fiasco: el respeto, la verdad y el amor.

Toda persona abocada a la probabilidad de una terminación cercana, en sus cábalas y divagaciones, bien podría afirmar con Gustavo Adolfo Bécquer en su LXI rima:

Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda, próxima a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Todos, en el fondo, anhelamos un amigo íntimo, en sus múltiples acepciones, vigilando y apoyando nuestro propio expirar. Cinco son, entre otras, las grandes tareas que ese amigo íntimo puede practicar con su protegido:

  • Acogerlo: admitirlo, aceptarlo y aprobar su vida y su morir para ayudarle a que él mismo se descubra y se responsabilice.
  • Sosegarlo: logrando que se asiente, descubra sus raíces y se alimente de las mismas, para que se fortalezca en momentos tan importantes.
  • Pacificarlo: regalándole la tranquilidad del orden y de la calma, y preparando sus “aguas tranquilas”, en las que pueda ver su imagen reflejada.
  • Serenarlo: alejando de él los diversos nubarrones que le pudieran confundir u oscurecer: miedos, frivolidades, conflictos y otros.
  • Autorizarlo: reforzando su dominio sobre su vida, aún activa, para que continúe siendo el autor íntegro de la misma. Si fuera el caso, logrando que pida y asuma el perdón de sus personas ofendidas, para reparar los desperfectos de una vida insuficiente.

Para lograr lo que antecede, el cuidador de la persona que discurre sus últimos días puede utilizar tres estrategias instrumentales que se han confirmado útiles en las dinámicas que estamos contemplando:

  • La ternura: observando al ser en despedida con una visión cósmica, alejada, en perspectiva, con inmenso cariño, con risueña conmiseración y con un encendido carácter protector. Tal vez, expresando la certidumbre, la tenacidad y el talante amoroso y suave, recogidos en los versos del poema “Actitud” de Dulce María Loynaz: Inclinada estoy sobre tu vida como el sauce sobre el agua.
  • El sentido del humor: ayudando a relativizar las cosas y a penetrar en lo profundo de lo que ocurre, sin incomodar o herir.
  • El contacto, simbolizado y expresado en la mano.

La finalidad de la muerte exige la vivencia del calor amoroso de un ser querido, muchas veces, como ya apuntaba Bécquer hace unas líneas, atesorado en la mano, parte señera de la sede del ser que es el cuerpo. En ella se condensan mejor que en ninguna otra parte la confortación y el adiós, sobre todo cuando la ruptura existencial con el entorno está ya en marcha. Rabindranath Tagore pone, bellísimamente, en boca del moribundo su mensaje para quien se va a quedar:

Cuando las horas del crepúsculo
ensombrecen mi vida,
no te pido ya que me hables,
amigo mío,
sino que tiendas tu mano.
Déjame tenerla
y sentirla
en el vacío
cada vez más grande
de mi soledad.

Material obtenido del libro “Vivir la muerte. La muerte y el morir” del Dr. Vicente Madoz Jauregui, médico psiquiatra y fundador de Fundación, Argibide (Fondo Navarro para el Desarrollo de la Salud Mental). El libro está publicado en Editorial Verbo Divino, Estella 2015, capítulo 9, páginas 137-146.



Vivir la muerte garantiza saborear la vida. Resulta absurdo soslayarla. Hay que asumirla como parte esencial de la existencia, con sus contrastes, con sus miedos, también, muchas veces, con la sencilla felicidad de lo natural y cotidiano. Es necesario preverla, prepararla y acogerla. También, lograr que su duelo sea humano y enriquecedor. Podéis ver el vídeo sobre la presentación del libro en: https://www.youtube.com/watch?v=a0RdJi3Zoeo&feature=youtu.be



miércoles, 4 de marzo de 2015

Hospitalidad generadora de voluntariado (San Juan de Dios)

San Juan de Dios tuvo dos respuestas fundamentales ante la experiencia de misericordia de Dios hacia sí mismo. Por un lado provocó una kénosis, un vaciamiento de sí mismo; y por otro lado generó actos de entrega hacia los demás. Una entrega que se centraba en darse a sí mismo, y procurar todo aquello material que él no tenía pero veía necesario para paliar los males y las necesidades de los demás. Nunca negó una ayuda a nadie  que lo necesitara de verdad. Ayuda en la salud, en lo económico, en lo moral,…

Esa fuerza carismática recibida de Dios, a la que San Juan de Dios ha sido radicalmente fiel, ha convertido al Santo en un fuego de luz hospitalaria a distintos niveles de solidaridad y compromiso en la ayuda a los pobres y necesitados: desde los que ayudaban de manera puntal, los que sostenían de manera permanente alguna de sus obras o los que se comprometían con su vida y se identificaban con el carisma.

Hoy en día se siguen sumando muchas personas a esta familia hospitalaria como voluntarios y bienhechores. La fuerte dinámica de solidaridad sigue activa en todas  las obras de san Juan de Dios.

Esta es la experiencia o reflexión personal que comparte con vosotros GRACIA POLO, sobre su “encuentro” con San Juan de Dios.

REFLEXIÓN PERSONAL:

En 1.990 un Hno. de San Juan de Dios, de la Fundación Instituto San José pide a una Parroquia de Carabanchel que le ayude a ponerse en contacto con algún grupo de jóvenes que quiera desplazarse hasta allí para animar las eucaristías de los domingos con música y acompañamiento a los pacientes que allí se encontraban. El padre Felix se pone en contacto con uno de los grupos de jóvenes que se acababan de confirmar para que se implicaran en este proyecto como voluntarios, y allí se encaminaron un grupo sin saber qué se iban a encontrar, ni qué iban hacer. Les recibió un Hno. , Ramón, que con gran amabilidad y alegría les explicó cuál iba a ser su labor con los residentes………

Tenía 16 años y era mi primer encuentro con la Hospitalidad….

Muchos fueron los años de Voluntariado, un voluntariado creciente, con ansias de comerse en mundo: payasos de hospital, festivales benéficos, conciertos, siempre acompañados ,propiciados, apoyados por los Hermanos, viviendo una corriente energética de solidaridad, que pretendía cuidar al enfermo, apoyar al marginado, acompañar a las familias….

En 1.995, se celebró a nivel mundial el 5º Centenario del Nacimiento de San Juan de Dios en Granada y todo los Voluntarios de los Centros de la Orden, peregrinamos hasta la ciudad de la Alhambra para seguir tus pasos y conocer tus huellas, fue entonces cuando el puzzle de las emociones, sensaciones y vivencias que había tenido en el Centro de las Piqueñas encajaron para redescubrirte y enamorarme de tu obra.

Seguí con mi vida: estudie arte, me especialicé, empecé a trabajar como guía, estuve casi tres años yendo y viniendo con rutas de peregrinación desde Fátima hasta Roma, aprobé una plaza de guía en el Museo Tyssen ….pero nunca dejé el Voluntariado, era lo que me daba la vida, siempre buscaba alguna excusa para escaparme a ver a mis “chicos y abuelitos de la Piqueñas”, siempre estaba en contacto con Juan Ciudad ONGD para apoyarles en las Campañas de Salud para todos, que desarrolla la Orden en sus Centros de todo el mundo….siempre había algún Hermano que me llamaba para que le ayudara en algún proyecto o tomar un café, me sentía parte de algo grande, que no se puede explicar con palabras, solo se puede sentir…..

En el año 1.999 se celebraba el Centenario de la Fundación de la casa de las Piqueñas y el Hno. Ramón me pidió que preparara una conferencia sobre el Santo pero a través de la Hª del Arte, lo hice, gustó y a los pocos meses vine a darla a los trabajadores del Centro de Ciempozuelos… seguí trabajando en el Museo, hastiada de las dinámicas de gestión de visitas ….y en 2.002 me pidió el Superior Hno. Fonseca, de Carabanchel que restaurara un cristo de talla románica que tenían muy deteriorado, para ponerlo en una nueva capilla que se iba a construir… y mientras lo restauraba tuve una llamada telefónica, para hacer una entrevista para coordinar un Servicio de Voluntariado….fue entonces cuando me dí cuenta de que mi vida iba a cambiar, e iba a cambiar porque derrepente  sentía que tenía que cambiar de registro, que durante todo aquel tiempo San Juan de Dios, había guiado mis pasos para ser y hacer lo que hago hoy, que no es otra cosa que intentar transmitir el carisma de la hospitalidad.

Hoy no podría hacer lo que hago, sino hubiera sido voluntaria de la Orden, no podría contagiar mi entusiasmo para generar nuevos voluntarios, no podría velar por su patrimonio histórico y artístico sino fuera por las horas que pasé junto al Hno. Antonio Florido desentrañando la historia escondida que hay detrás de cada pieza del museo, no podría hablarles a los alumnos de la universidad de que este proyecto asistencial tiene como centro a la persona enferma, sino me hubiera tirado horas y horas acompañando a otros pacientes y familiares…no podría hablar de la extraordinaria calidad de nuestros profesionales y equipos, sino la hubiera vivido en primera persona, cuando mi madre enfermó y pasé yo a ser “el familiar” que necesitaba ser atendido y los Hermanos, mis compañeros y los voluntarios me acompañaron y me apuntalaron con su hospitalidad para no derrumbarme….creedme que no podría.

San Juan de Dios ha atravesado mi vida desde que lo conocí, y siento que guía mis pasos de manera intensa en todo lo que hago, a veces mejor y a veces peor, pero siempre estoy ahí…

Yo no te he conocido en persona Juan de Dios, pero sé de tí por todo lo que he vivido con los Hermanos, por cómo me han acogido… su hospitalidad es generadora en mi, de solidaridad, de compromiso y de inspiración y espero que lo siga siendo por siempre…y por eso os doy las gracias.

Gracia Polo Gaitan


¡Anímate, tú también puedes ser voluntario de San Juan de Dios!, más información en http://www.voluntariadosjd.org/

viernes, 19 de diciembre de 2014

Reunión multidisciplinar

El médico se frustra porque Bea no dice nada, no sabemos si es muda, apenas lleva dos días, pero no ha habido forma de que suelte prenda, por los resultados de las pruebas médicas le debe doler, pero Bea no se queja… Pues habrá que tener una reunión de esas que llaman multidisciplinar, para estudiar su caso:
Desde psiquiatría y psicología no han podido hablar con ella, no se muestra colaboradora, ni siquiera afirma o niega con la cabeza.
Desde trabajo social se dice que aún no han dado con la familia, que están en ello.
Desde enfermería se comenta que es muy colaboradora, pues parece que permite que un desconocido con uniforme blanco la duche y la cambie, ella colabora, pero no expresa nada, la medicación también se la toma…
Otro de los asistentes a la reunión, un hombre vestido de negro, se muestra atónito ante lo que está escuchando, mira y repasa sus notas, no puede ser, pero, «¿estáis hablando de Bea, la nueva, la señora que se suele sentar a la derecha entre la cuarta o la quinta silla?»
-Sí, esa misma-, contestan todos
-Pues es curioso- dice él, que es el capellán, -esta mañana he pasado a la sala común a darles la comunión, y como a ella no la conocía no se la he ofrecido y he pasado de largo, pero ella me ha dicho «padre, ¿no me da a mí la comunión?»

Todos se han mirado sorprendidos, pues sí, efectivamente se trata de Bea y también reza el Padre nuestro… es que Dios se hace presente en medio de la gente, en las circunstancias de su día a día.

Carla dice que le roban la memoria

Carla dice que le roban la memoria, ella intenta recordar pero por momentos se inquieta mucho y comenta que le «han robado la memoria», quién será “el afortunado” que es capaz de entrar en su mundo, en sus sueños y grabarse para sí los datos que Carla va perdiendo, o por lo menos eso parece, porque a ciencia cierta, realmente no sabemos si le han robado la memoria (como ella dice) o la tiene tan guardada que ni ella la encuentra. Sin embargo, en alguna ocasión da algunos datos de esa memoria, ¿será que la encontrado? nos preguntamos, pero no, si intentamos saber algo más, no recibimos respuestas a nuestras preguntas, en todo caso repite aquello que ha recordado, como queriendo asegurarse que esos datos nos lleguen y seamos nosotros quienes los guardemos.

Realmente, a los que conocemos a Carla no nos importa  la memoria que le han robado, sabemos de ella que es una persona alegre, que habla poco, pero que está dispuesta a darse un baile cuando sea necesario, y que dar palmas le encanta. Es capaz de regalarnos una gran sonrisa cuando se encuentra bien,… No importa lo que recuerde, aunque a nosotros nos duela y en ocasiones ni nos reconozca; ella no recuerda, pero nosotros sí recordamos y sabemos quién es.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Hasta cuando Dios quiera tío Javichu

Los años van pasando, y aquellas personas queridas, que fueron dejando huellas en nuestra infancia, van partiendo hacia el cielo, aquí dejan muchos años de entrega, de servicio, y de amor y cariño a los seres queridos. Aquí dejan bellos recuerdos; pero, también dejan el corazón dolorido por la partida, ahora nuestro adiós se convierte en un verdadero hasta cuando Dios quiera, hasta que hayamos cumplido aquí nuestra misión y podamos reencontrarnos contemplando el rostro del Padre.
Hasta cuando Dios quiera tío Javichu, cuándo será, no lo sé, pero, dentro quedan grandes recuerdos, un lunar que queríamos agarrar como si de un trofeo se tratara, una hermosa sonrisa que alegraba el alma, y el cariño constante del calor familiar que anima a seguir caminando.
Junto con la tía Laura, has hecho crecer hermosas semillas, ‘serrana’, ‘china’ y ‘negra’, que siguen dando frutos, que siguen cultivando las semillas que les has legado.
Gracias tío, por esa mirada, que anima a seguir viviendo incluso en medio de la enfermedad, que anima a seguir caminando incluso cuando ya se ha cruzado hacia los brazos del Padre, que anima a seguir amando porque nos has enseñado que vale la pena.

Hasta pronto tío, descansa en paz, te tenemos presente.

lunes, 13 de octubre de 2014

Carta de Ana de Pablo, a Teresa

Me ha llegado esta carta, es de lo poco verdaderamente humanizador que he leído, ya era tiempo, parece que nos hemos centrado tanto en el virus, que nos hemos olvidado de la persona. ¡Gracias Ana!. Comparto la carta con vosotros:
Ana de Pablo, médico especialista en Medicina Intensiva y máster en Bioética, ha escrito una emotiva carta dedicada a Teresa Romero, la auxiliar de enfermería contagiada por el ébola. En su sincera misiva, publicada en su blog, Ana se pone en la piel de la enfermera e intenta averiguar cómo se siente Teresa, recluida entre las cuatro paredes de su habitación en el hospital Carlos III.
La carta se está difundiendo por las redes sociales y está conmoviendo a la opinión pública, muy sensibilizada con este tema. Ahí va:
"Querida Teresa:
No sé si algún día leerás esta carta, en el mundo digital nunca se sabe. He decidido escribirte porque, entre todo lo que he leído sobre el Ébola, me falta algo. Sé muchas cosas sobre ti (que no se deberían haber publicado), tengo cierta idea de lo que pasó (hay tantas contradicciones...) pero aún no he encontrado a casi nadie que se preocupe de lo que verdaderamente importa: tú.
No he visto a nadie ponerse en tu lugar. Yo lo intento y me imagino tu miedo al ponerte el traje por primera vez, sin casi formación. Me imagino tu angustia cada vez que te ponías el termómetro. Tu indefensión cuando, desde salud laboral, quitaban importancia a tu malestar. Imagino tu intranquilidad pensando que has podido contagiar a otros. Tu angustia intentando revivir qué pudo salir mal. Tu enfado al ver como tu "quizá me rocé al quitarme el guante, porque es lo más crítico" se convierte en un "confiesa que se tocó la cara". Como si hubieras estado jugando a la ruleta rusa en vez de atendiendo a un paciente de alto riesgo biológico.

Imagino tu soledad en esa habitación de aislamiento, la pena por tu perrillo que no has podido compartir con nadie. La rabia cuando veas cómo los de arriba te abandonan y te convierten en arma política, en ocasión de conservar o no su poder.
Me siento muy identificada contigo, porque a mí tampoco me ha enseñado nadie a ponerme el traje de seguridad. Es más, en mi hospital no hay monos, solo batas impermeables y mascarillas, que dejan muchas zonas expuestas. Y las respuestas de los responsables son deplorables. Me imagino tu indignación al pensar que tu desgraciado contagio ni siquiera va a servir para que se revisen los protocolos y se mejore la formación, para proteger a tus compañeros.
No salgo de mi asombro cuando oigo cómo los que te han puesto en riesgo por la improvisación, por los déficits en gestión, por un protocolo que reconocen erróneo, por no asegurar que alguien te supervisara y ayudara a quitar el traje, quieren ahora culpabilizarte y lavarse las manos. No sé cómo te contagiaste. No sé qué pasó en el centro de salud y en Urgencias, no sé si tardaste en avisar de tu contacto con el virus, pero nunca se me ocurrirá juzgarte. Tu nivel de angustia en ese momento podría haberte llevado a hacer cualquier cosa. Quizá tenías miedo de que te remitieran de nuevo al Carlos III, a ese servicio de salud laboral que no te hacía demasiado caso. No lo sé. Solo sé que te contagiaste haciendo tu trabajo, ese trabajo tan bonito que tiene un solo nombre: CUIDAR. Que quizá llevaste un poco de consuelo a los últimos momentos de los misioneros fallecidos. Que debes estar orgullosa de tu profesión, aunque te haya puesto en riesgo.
Cuídate, Teresa. No hagas caso a todas las tonterías que se han dicho y que se seguirán diciendo. Cuentas con el apoyo de tus compañeros. Con el de todos lo sanitarios, que admiramos tu valor al exponerte al contagio. Confía en los cuidados y la atención de los profesionales, que son lo mejor de este maltrecho sistema sanitario. Ojalá todo salga bien. Te esperamos en unos meses para celebrar tu curación, quizá en una nueva Marea Blanca. Ánimo, Teresa. No estás sola".

domingo, 5 de octubre de 2014

Carta homenaje a 'Capi'

CARTA HOMENAJE A JOSÉ LUIS RUIZ CAPILLAS, JESUITA, “CAPI”



ESTIMADO CAPI:
       
La Providencia o la escritura de Dios en nuestra historia ha querido que tu muerte coincidiera en el tiempo con la de Fernando Castellá, Jesuita, Superior de la comunidad de Santander, con el que habías celebrado en octubre de 2013 tus 50 años y sus 60 años de Jesuita. Los dos erais personas que desprendíais aroma al Evangelio y que habéis dejado una honda huella en todos nosotros.
Conocerte, caminar contigo, aprender de ti y experimentar que puedes ser mejor persona y mejor creyente es un regalo que Dios me ha hecho, y a tantísimas personas que hemos tenido esa oportunidad y ese regalo.
Dentro de mi camino de vida, cuando llegué a Santander experimenté la necesidad de volver a vivir mi fe en grupo. Marian me habló del Centro Loyola y de su grupo que llevaba Ceferino. Allí llegué y allí estabas también tú. Yo había tenido la experiencia de haber conocido a los jesuitas en Deusto y era algo muy distinto. Es verdad que allí también hay semillas del Reino, pero tienes que esforzarte más por descubrirlas. Hay un dicho entre todos los que estudiamos allí que dice: “Entre tantos ilustres y eminentes jesuitas que han pasado por esta Universidad, el único santo es el portero, el Beato Garate”.
Tu amabilidad, acogida y delicadeza son tantas y parecen “aparentemente” tan normales, que cuando te ausentaste para ir a Salamanca a afrontar tu enfermedad de cáncer, descubrimos que no eran así, sino uno de los múltiples regalos que tú nos hacías.
Me acuerdo que  Cefe, después de haber cuidado un montón de años de sus padres, especialmente de su madre Anita, cuando ésta falleció se puso a disposición de la Compañía que le destinó como Superior a Salamanca. Juntos llevabais adelante el Centro Loyola de Santander. Cuando nos preguntábamos sobre el futuro, Cefe comentó que no tenía duda de que lo ibas a sacar adelante. En Valladolid también formabais equipo. Cuando el vino a Santander destinado, os quedabais otro jesuita, una religiosa y tú. A la religiosa le destinaron y ese verano moría en accidente de coche tu compañero jesuita. Tú, afrontaste la situación con valentía y decisión, sin meter mucho ruido como era tu estilo, y lo sacaste adelante al igual que en Santander. Allí te re-descubrí con nuevos ojos.
El teólogo protestante Karl Barth afirmó que el creyente tiene que tener la Biblia en una mano y el periódico en la otra. Tú esto también lo has vivido. Estabas preocupado por las situaciones de nuestro mundo para descubrir en ellas semillas del Reino y para invitarnos a cambiar. Cuando en tono de broma te decía si no te iban a echar de la Iglesia por tus homilías tan comprometidas, me decías que ya estaban acostumbrados a tu estilo y es verdad. Desde el Aula de Teología ayudabas a tender puentes entre la Fe, la Ciencia y la realidad, buscando que nos formáramos mejor y nos hiciéramos preguntas. Por ese servicio tuyo, tantas personas de nuestra Diócesis te tienen que estar agradecidas.
He mencionado antes la celebración de tus 50 años de jesuita en Pedreña. Días antes, tuvimos un encuentro contigo un grupo de personas del Centro Loyola. Nos relataste tu itinerario vocacional hasta poco después de tu ordenación. Fue un momento delicioso y enriquecedor. Tú, por tu timidez y sencillez, pedías disculpas porque nos decías que la realidad de la enfermedad te había removido por dentro. La verdad es que fue una pena que no pudieras continuar con el resto de tu itinerario y que más personas hubieran tenido la oportunidad de escucharte. El día de la celebración comprobamos cuánto bien habías ido haciendo allí donde habías pasado. Gentes muy diversas lo manifestaron diciendo todo el bien que habías ayudado a generar. Hasta tu propia familia, parte de cuyos miembros no son muy creyentes, se sintieron impresionados por aquella celebración que te reflejaba como un buen Compañero de Jesús y de las personas.
También la enfermedad te y nos sorprendió. Cuando ya estabas destinado a Valladolid, unas pruebas médicas confirmaron que tenías Cáncer de Colón y decidiste ir a Salamanca. Mantenías el contacto, siempre respondías con amabilidad y cercanía o acogías con cariño a las personas que se acercaban a Salamanca. Te invitamos a nuestra boda cuando ya la enfermedad estaba cuesta arriba. Nos dijiste que si la enfermedad te lo permitía estarías aquí. Te pedimos que leyeras el evangelio de las bodas de Caná y también lo hiciste. A la salida estuvimos un rato contigo y ya estabas muy cansado. En todo momento has transmitido serenidad y aceptación. Nos pedías a mediados de Agosto que rezáramos por ti porque estabas atravesando el momento más complicado y cumplimos, como tú siempre lo hacías.
Te hablaba del Evangelio de la Boda de Caná que leíste. Tu vida ha sido un poco parecida. Como María has estado cerca de Jesús, conociéndole internamente para más amar y servir como nos recuerda San Ignacio de Loyola. También tú descubrías a tantas personas que no tenían vino de cualquier tipo y desde la oración y el compromiso estabas cerca de ellos. Te fiabas de Jesús y decías: “HACED LO QUE ÉL OS DIGA”.
Cuando compartí contigo una situación complicada que estaba viviendo, tú la captabas muy bien y me invitabas a vivirla desde la libertad que da la espiritualidad ignaciana. Me ayudó mucho lo que me dijiste y también tú me ayudaste.
Es hora de vivir tanto tu Resurrección como la de Fernando, como la de tantas otras personas. En la película sobre San Felipe Neri “Prefiero el paraíso” cuando fallece San Felipe Neri todas las personas están tristes cuando alguien anuncia que ha muerto San Felipe Neri. Después de un rato una niña proclama: “Felipe Neri ha entrado en el paraíso” y se celebra una gran fiesta. Ahora nos tenéis que ayudar a seguir en el camino de la vida recordándonos el pasaje de los dos de Emaús y su encuentro con el resucitado. Tú, Fernando y tantas otras personas que han pasado, pasan y pasarán por nuestras vidas nos habéis ayudado a experimentar lo de los protagonistas después de que Jesús resucitado se ha marchado: “¿No ardía ya nuestro corazón cuando íbamos de camino y nos explicaba las escrituras?”
Termino con esta contemplación para alcanzar amor que es el final de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y que yo he hecho con tu ayuda. Tú con tu vida nos has ayudado a escuchar como Dios nos ama infinitamente, nos has ayudado a seguir a Jesús de Nazaret, a estar cerca de María, a vivir dentro de la Iglesia con una fe que nos haga más maduros, más libres y más comprometidos. Al igual que le pasó a Elías cuando descubrió la presencia de Dios en la brisa, tu vida también ha sido así: una suave brisa que nos recuerda dónde está nuestra fuente. Por eso he aquí la frase con la que San Ignacio termina los ejercicios y que Rolande y yo elegimos como recordatorio de nuestra boda: “DANOS SEÑOR TU AMOR Y GRACIA, QUE ÉSTA NOS BASTA”.


POSTDATA: Espero que contéis con un buen Video-Forum en la VIDA sin fin.
IÑAKI MARDONES AJA

sábado, 4 de octubre de 2014

Profetas y samaritanos

Me parece importante compartir esta homilia, son palabras cargadas de cariño, de dolor, de esperanza... que nos pueden iluminar en nuestra vida de servicio a nuestros hermanos



Profetas y Samaritanos

Con el Hno Manuel son cuatro los religiosos de nuestra Orden, junto con la Hna Chantal de las Hnas Misioneras de la Inmaculada y al menos treces Colaboradores de nuestros Hospitales, los miembros de nuestra Familia Hospitalaria de San Juan de Dios, que han fallecido recientemente en Liberia y Sierra Leona, contagiados por el virus ébola. Como todos pueden comprender el ébola nos está golpeando muy fuerte y ciertamente el dolor y la tristeza es grande en toda nuestra Familia, y en otras muchas personas e instituciones cercanas a nosotros, que desde el primer momento estáis a nuestro lado y que os lo agradecemos de corazón.
Todos ellos merecen nuestro reconocimiento y nuestro homenaje a quienes han llevado su vida y su fe hasta el extremo, hasta dar la vida. Todos ellos eran personas sencillas, desconocidas, pero tremendamente identifacadas con su vocación misionera. Ellos son continuadores de otros muchos Hermanos y Colaboradores que en otros tiempos dieron sus vidas en diferentes epidemias de la peste, el cólera y otras, cuando golpearon diversos países entre ellos España. Recuerdo solamente a San Juan Grande, que murió contagiado de la peste en Jerez de la Frontera en los primeros años del siglo XVII.
Hablando del Hno. Manuel, estoy seguro que se sonrojaría, y se estará sonrojando, al escuchar estos días todo lo que se está diciendo con él, por otra parte merecidamente. Los que le conocíamos sabemos que era una persona sencilla, amable, un poco tímida, alejada de protagonismos, ocupado y preocupado toda su vida por los enfermos y los pobres que debía atender, especialmente durante los últimos treinta años en África. ¡Cuántas horas de quirófano! ¡Cuántas visitas de todo tipo! ¡Cuántas llamadas a la noche!... Era su vida, siempre, también sábados, domingos, festivos y noches incluidas si era preciso y recibía la llamada. Siempre sin un mal gesto, al contrario para eso estaba, eso llenaba su vida.
Eso era su vida, junto con sus Hermanos en Comunidad, con los que se reunía cada día para la oración, la santa misa y algunos otros momentos para las comidas y encuentros, si no había urgencias que atender. Necesitaba poco para vivir, una pequeña radio y no mucho más. Una historia, como la de los demás, probablemente poco noticiable hasta que no ha ocurrido esta terrible epidemia, pero les aseguro, toda una vida vivida con pleno sentido, desde luego una vida alternativa al consumismo y al autoreferencialismo que hoy predomina en nuestra sociedad.
Por eso y junto al dolor y a la tristeza que vivimos queremos mirar a lo alto para poner toda nuestra fe y nuestra esperanza en el Buen Dios de la Vida, con la confianza plena de que estas vidas no han sido entregadas en vano, no se han perdido, sino que Él las hará fructificar, para bien de la Iglesia, de la Orden y de todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente los que siguen padeciendo el ébola en los países de África Occidental.
Durante estos días me pregunto a veces. ¿Qué lectura podemos hacer de todo esto a la luz de la fe?
Seguro que las respuestas no las agotaremos ni llegaremos a comprenderlo en toda su amplitud. Creo que la vida de estos Hermanos es ante todo una llamada profética al mundo, a la Iglesia y a la Vida Consagrada, en primer lugar a correr con más determinación en auxilio de estos pueblos donde mueren cada día muchas personas como ellos. Pero en una lectura más amplia es una llamada al mundo a cambiar las formas y criterios de pensar y sobre todo de vivir. A superar los enfoques que miran solo a uno mismo, al bienestar propio, que se limita a ver todas estas terribles noticias con impotencia, pero también con poca sensibilidad. En definitiva a relativizar muchas cosas, a las que quizás les damos excesiva importancia.
Nos enseñan también a la Iglesia y a la Vida Religiosa, a nuestra Orden en primer lugar, pero también a todos los que quieran escuchar, que el proyecto de sus vidas, su vocación como religiosos no es un mero discurso, no son palabras, no es una teoría, sino que es un proyecto a pie de campo, a pie de cama, en el que se empeña incluso la vida, repito no solo con palabras, sino con hechos. Ellos profesaron su consagración en hospitalidad incluso con peligro de la propia vida, y ahí han estado, entregando la vida como Cristo, hasta el extremo, bebiendo el mismo cáliz que Cristo bebió, haciendo vida las palabras de San Juan de que el amor verdadero es aquel que da la vida por los Hermanos.
Ellos han vivido la hospitalidad en profundidad y honran el sentido y el significado de la vocación religiosa. Son profetas que deben hacernos despertar a todos los religiosos y religiosas para revalorizar y renovar nuestra vocación. Son Buenos Samaritanos que con el testimonio de sus vidas deben hacer despertar a toda la Iglesia el significado de la vida cristiana y sobre todo el compromiso con los más frágiles y vulnerables, los preferidos del Señor, como nos dice el Papa Francisco.
Son profetas en general para todos los hombres y mujeres que quieran escucharlos, porque la hospitalidad que profesaban y por la que murieron es también la hospitalidad que necesita nuestra sociedad para humanizar nuestro mundo lleno de conflictos, donde por desgracia encontramos más hostilidad que hospitalidad. Este valor humano y esta categoria ética, puede ser compartida por todos, por todas las religiones, por todas las culturas y por casi todas las filosofías, porque eso fue por lo que dieron la vida nuestros Hermanos, por acoger, servir y amar a los más necesitados.
Son profetas también para muchas personas que van buscando un sentido y un proyecto para su vida, inconformistas con lo que ven y con lo que se les ofrece, o que van provando cosas sin terminar de decidirse ni compromoterse. Ellos os ofrecen un proyecto alternativo y radical, como el que a ellos les ofreció Jesucristo, el de la grande y verdadera revolución del amor que consiste en romper con el yoísmo, viviendo con sencillez y sin engaños, dedicando la vida a ser samaritanos de los demás, especialmente de los más vulnerables y pobres, de los que quedan apartados en la cunetas de la vida. Ojalá muchas personas, muchos jóvenes, puedan oir la voz de estos profetas y samaritanos y decidan seguirlos. Hay muchas personas que con distintas motivaciones y creencias ya lo hacen de diversas formas. Pero el mundo necesita misioneros punteros, como Manuel, como Miguel, como Patrick, Chantal, George y todos nuestros Colaboradores fallecidos, para seguir al pie del cañón acudiendo cada día a la viña que es nuestro mundo, y a la que nos manda el Señor.
Deseo ahora agradecer a todos su presencia, su oración y su cercanía con todos nosotros y con la familia del Hno. Manuel. Quiero agradecer al gobierno de España, que a través de los Ministerios de Sanidad e Igualdad, Asuntos Exteriores y Defensa han hecho posible la repatriación del Hno. Manuel y su permanente disponibilidad para lo que necesitásemos. Igualmente a la Comunidad de Madrid, a la Consejería de Salud por toda la ayuda que nos han dado, así como al Hospital Carlos III, a su Equipo Directivo y al Equipo de profesionales que ha atendido al Hno Manuel y ha hecho todos los esfuerzos posibles. Muchas gracias a todos. Su ayuda y sus gestos son expresión de los valores que acabo de resaltar del Hno Manuel.
Gracias también a la Conferencia Episcopal Española, a la Archidiócesis de Madrid, a todos los Institutos de Vida Consagrada que estáis con nosotros siempre, a todos los sacerdotes, religiosos/as y amigos que nos acompañáis y sois parte de nuestra querida Familia Hospitalaria.
Gracias a la Provincia de Castilla y a la Fundación Juan Ciudad que estáis llevando todo el peso de este y el anterior proceso en todos sus aspectos.
Gracias también a los medios de comunicación social que desde el primer momento os habéis volcado con el Hermano y con la Orden y lo habéis hecho con gran respeto y profesionalidad.
Estamos celebrando el funeral de Manuel. Estamos presentándolo al Señor para que acoja en su Reino, a un verdadero y fiel hijo de San Juan de Dios. Seguro que él estará muy orgulloso de Manuel y de todos los demás. Desde el cielo, donde viven la dicha de los bienaventurados, ellos serán nuestros mejores intercesores.
Pero esto no ha acabado. Cientos y miles de personas siguen infectados y muriendo por el ébola en estos países. Por parte de la Orden, allí siguen un buen número de Hermanos y Colaboradores, preocupados por sus vidas pero sobre todo porque ahora mismo los centros de la Orden están cerrados a la espera de encontrar el apoyo y los medios necesarios para reabrir ambos hospitales y ponerlos al servicio de la población enferma, con las condiciones necesarias para evitar riesgos y contagios. Necesitamos seguir apoyándoles y necesitamos seguir pidiéndo la colaboración de las autoridades y de la sociedad en general, porque repito, la tragedia sigue creciendo. Por favor no los olvidemos, porque no solo podemos, sino que debemos y estamos moralmente obligados a ello.
Concluyo diciendo que ciertamente el dolor es grande por la pérdida del Hno. Manuel y de todos los demás. Pero queremos dar gracias a Dios porque también es grande la esperanza, ellos han sido un regalo para la Orden y para la Iglesia por su ejemplo y testimonio que lo queremos presentar como ofrenda al Señor en el año del Centenario de la muerte de San Benito Menni, otro gran campeón de la hospitalidad, que restauró la Orden en el siglo XIX y fundó la Congregación de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús.

Continuemos nuestra celebración del paso de la muerte a la vida de nuestro Hermano Manuel y sigamos orando por los que siguen sufriendo esta dura epidemia y por todos los necesitados de nuestro mundo.

Homilía del Hno. Jesús Etayo
General de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios
en el Funeral del Hno. Manuel García Viejo
Hospital San Rafael (Madrid)
27 de Septiembre de 2014