jueves, 9 de noviembre de 2017

Catequesis del Papa Francisco sobre la eucaristía


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.
No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.
De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Juan 6, 53-54).
Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que «fluye agua viva» para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.
En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de conducir a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella. Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es precisamente éste también el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía. La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» (Homilía en la santa misa, Casa S. Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía... y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estas distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. «Padre, es que las misas son aburridas” —«pero ¿qué dices, el Señor es aburrido?» —«No, no, la misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien está allí!». ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas. Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al principio de la misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? Tú no sabes qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así [hace un gesto confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz. Y estas lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la lectura de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en un determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice: «levantemos el corazón»? No dice: «¡Levantemos nuestro móviles para hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo que a mí me da mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo muchos teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere decir esto? Recordadlo: nada de teléfonos.
Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La pregunta del apóstol santo Tomas (cf Juan 20, 2 5), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo, tocarlo para poder reconocer.
Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él.
Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada, da pleno sentido a la vida de cada uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo tramo de camino. Gracias.

Saludos:
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Saludo a la delegación sindical argentina. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sintamos el deseo de conocer y amar más el misterio de la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesús. Que el Señor los bendiga a todos. Muchas gracias.
(En tialiano)
Saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Que el recuerdo de hoy de los Santos Mártires, cuyas reliquias se guardan aquí en la basílica de San Pedro, incremente en vosotros, queridos jóvenes, la atención al testimonio cristiano incluso en los contextos difíciles; que a vosotros, queridos enfermos, os ayude a ofrecer vuestro sufrimiento para sostener a los muchos cristianos perseguidos. A vosotros, recién casados, os animo a confiar en la ayuda de Dios y no solamente en vuestras capacidades.

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de noviembre de 2017
© Copyright - Libreria Editrice Vaticana

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Jornada Mundial de los Pobres 2017


Bajo el lema ‘No amemos con palabras, sino con obras’, el domingo 19 de noviembre la Iglesia celebra la I Jornada Mundial de los Pobres. Esta será una jornada en la que toda la comunidad cristiana deberá ser capaz de tender la mano a los pobres, a los débiles, a los hombres y a las mujeres a quienes con mucha frecuencia se les atropella la dignidad. El Mensaje evoca la expresión bíblica de la Primera Carta de Juan: No amemos de palabra sino con obras.  Con este lema se quiere configurar el sentido de la celebración mundial.  “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.” (1Jn 3,18). Son las palabras del evangelista con las que el Papa Francisco introduce su Mensaje. Esta exhortación expresa un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. Se vuelve central el señalamiento de una oposición entre la acción, el servicio concreto hecho a los últimos, y el vacío que a menudo esconden las meras palabras.  El Papa insiste en este punto:  “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”.
La dimensión de la reciprocidad se ve reflejada en el logo de la Jornada Mundial de los Pobres. Se nota una puerta abierta y sobre el umbral dos personas que se encuentran. Ambas extienden la mano; una para pedir ayuda, la otra porque quiere ofrecerla. En efecto, es difícil comprender quién de los dos sea el verdadero pobre. O mejor, ambos son pobres. Quien tiende la mano para ayudar está invitado a salir para compartir. Son dos manos tendidas que se encuentran donde cada una ofrece algo. Dos brazos que expresan solidaridad y que incitan a no permanecer en el umbral, sino a ir a encontrar el otro. El pobre puede entrar en la casa, una vez que en ella se ha comprendido que la ayuda es el compartir. En este contexto, las palabras que el Papa Francisco escribe en el Mensaje se cargan de un profundo significado: “Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.”


Materiales para la celebración de la I Jornada Mundial de los Pobres:



jueves, 26 de octubre de 2017

La eutanasia: 'conmorir', convivir


Uno de los temas más debatidos de la bioética es desde hace muchos años el de la eutanasia. Los medios de comunicación lo sacan a colación con frecuencia, diversos movimientos sociales ("Pro-vida", "Derecho a morir dignamente", Iglesias, grupos feministas) se pronuncian a favor o en contra de ella, y también los políticos señalan la posición de sus partidos al respecto. Multiplican sin límite los expertos las diversas especies del género thánatos (muerte) y hablan de "orto-tanasia" (muerte correcta, en el momento adecuado), "caco-tanasia" (mala muerte), "autonomo-tanasia" (muerte elegida por el propio sujeto), "hetero-tanasia" (muerte padecida y no querida) y de un largo etcétera.
Curiosamente, por debajo y por encima de disputas y más allá de las clasificaciones del género "muerte", justo es reconocer que la palabra "eutanasia" es bien hermosa, porque significa a fin de cuentas "buena muerte". ¿Y quién no desea una buena muerte para sus seres queridos y para sí mismo?
Ocurre, sin embargo, que se entiende de diversos modos qué es una muerte buena, porque algunos tienen por buena una muerte en gracia de Dios, otros, una muerte sin dolor, otros, una muerte sin encarnizamiento terapéutico, sin una gran cantidad de aparatos conectados a la persona para prolongar su vida, y así podríamos continuar largo rato ampliando el catálogo de lo que las gentes entienden por una muerte buena.
Tal vez por eso en un excelente suplemento que dedicó a "las metas de la medicina" el 'Hastings Center', uno de los centros más prestigiosos en bioética, señalaban los autores que una de esas metas consiste en ayudar a los pacientes a morir en paz. Sin entrar en la polémica de la ''muerte digna" o de la "muerte buena", se limitaban a consignar lacónicamente los redactores del documento que las personas deseamos morir en paz y el personal sanitario debe ayudar a ello. Pero, ¿qué es morir en paz? Morir en paz es traspasar esa línea sutil que separa la vida de la muerte con serenidad, con sosiego, sin aferrarse con desesperación a la vida biológica, como si la muerte no fuera tan natural como la vida, sin despreciar tampoco la vida como si no mereciera la pena vivirla. Morir en paz es, a poder ser, morir rodeado de aquellos con quienes hemos hecho la vida. Con aquellos a quienes queremos y que nos quieren. Con aquellos con los que hemos querido. Con todos aquellos con los que hemos conjugado las distintas preposiciones del verbo "querer": querer a, ser querido por, querer con.
Naturalmente, este tipo de muerte no está al alcance de todas las fortunas, y nunca mejor dicho, porque puede cabernos en suerte una muerte por accidente, por enfermedad súbita e imprevisible, incluso perder la vida a manos de otro o de otros, a manos del hambre y la miseria. La fortuna o la providencia juegan en éste, como en otros asuntos, un papel innegable en la comedia humana. Lo cual no obsta para que en éste, como en otros asuntos, siga siendo importante intentar preparar en lo posible, en lo que esté en nuestra mano, una muerte en paz. Y no es precisamente este camino de prepararse a morir en paz el que están tomando las sociedades desarrolladas.
En principio, porque intentan con todas sus fuerzas desterrar a la muerte de la vida cotidiana, condenarla al exilio, fuera de hogares, recluirla en los hospitales y en los tanatorios para que no asome su desagradable rostro en el día a día de la existencia. Pasando al extremo contrario de la medieval meditatio mortis, intentan vivir las sociedades avanzadas como si no hubiera muerte, como si sencillamente un buen día las personas emprendieran un largo viaje y nadie preguntara ya adónde han ido, aun sabiendo que no van a regresar.
Y, sin embargo, tan natural es la muerte como la vida, tan parte de la existencia como la alegría y el sufrimiento, como el amanecer y la noche. Por eso, importa ir preparando también una muerte en paz para todos y cada uno de los seres humanos, sin obsesiones macabras, sino con la naturalidad de lo inevitable.
Conviene para eso ir recordando que la muerte humana, la de los seres humanos, no se dice en sustantivo, sino en infinitivo verbal, que es un proceso -el "morir"- por el que vamos traspasando ese umbral sin retorno, solos, o con otros.
Morir solo es apercibirse de que la propia existencia a nadie importa, de que la propia muerte a nadie daña, porque no se ha vivido con nadie ni para nadie. Morir con otros, conmorir, es un largo proceso. Es ir sintiendo que la vida se nos escapa, cuando se nos van muriendo aquéllos que son ya parte nuestra porque los hemos con-vivido, hemos vivido con ellos.
"No es sólo que he venido muriéndome -se dolía Miguel de Unamuno en Niebla- es que se han ido muriendo, se me han muerto, los que me hacían y me soñaban mejor".
Y completaba rotundo Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé: "En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería".
Morir con otros a lo largo de la vida, no morir solo, exige haber ido conjugando con ellos todas las preposiciones del verbo "querer".
Adela Cortina 

Vida Nueva n. 2212 (Diciembre 1999)

La respuesta


Escucho los sonidos a mi alrededor
lo mejor que puedo, para prepararme
a escuchar el evangelio.

Ahora oigo cómo Jesús me dice
algunas de las frases
que ya dijo en los evangelios.
Dice, por ejemplo:
«¿Quién dices tú que soy yo?».

Pero no respondo inmediatamente.
Dejo que las palabras suenen y resuenen
En mis oídos por algún tiempo…
observando cómo reacciona
mi corazón ante ellas.

Y sólo cuando ya no puedo contenerme más.
reacciono efectivamente,
con una simple palabra…
o con el silencio…

Y hago lo mismo con otras frases del evangelio:

«¿Me amas?».

«Ven, sígueme».

«Tanto tiempo como llevo contigo,
¿y aún no me conoces?».

«¿Crees?
Todo es posible para el que cree».


Anthony de Mello

sábado, 21 de octubre de 2017

Catequesis y personas con discapacidad

La Iglesia no puede ser “afónica” o “desentonada”
en la defensa y promoción de las personas con discapacidad


Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra encontraros sobre todo porque en estos días habéis abordado un tema de gran importancia para la vida de la Iglesia en su obra de evangelización y formación cristiana: Catequesis y personas con discapacidad. Gracias a Mons. Fisichella por su presentación, al dicasterio que preside por su servicio y a todos vosotros por la labor en este campo.
Conocemos los progresos alcanzados en las últimas décadas frente a la discapacidad. La creciente toma de conciencia de la dignidad de cada persona, especialmente de los más débiles, ha llevado a tomar posiciones valientes de inclusión de aquellos que viven con diversas formas de discapacidad, para que nadie se sienta extraño en su propia casa. Y sin embargo, a nivel cultural todavía hay manifestaciones que hieren la dignidad de estas personas por la prevalencia de una falsa concepción de la vida. Una visión a menudo narcisista y utilitaria lleva, por desgracia, a algunos a considerar marginales las personas con discapacidad, sin percibir en ellas su múltiple riqueza espiritual y humana. Todavía es demasiado fuerte en la mentalidad común la actitud de rechazo de esta condición, como si impidiera ser felices y realizarse a sí mismos. Prueba de ello es la tendencia eugenésica de suprimir a los nonatos que tienen alguna forma de imperfección. De hecho, todos conocemos a tantas personas que, con su fragilidad, incluso grave, han encontrado, aunque con fatiga, el camino de una vida buena y rica en significado. Por otro lado, también conocemos personas aparentemente perfectas y desesperadas. Además, es un engaño peligroso pensar que somos invulnerables. Como decía una chica que conocí en mi reciente viaje a Colombia, la vulnerabilidad pertenece a la esencia del ser humano.
La respuesta es el amor: no el falso, melindroso y pietista, sino el verdadero, concreto y respetuoso. En la medida en que se es acogido y amado, incluido en la comunidad y acompañado para mirar hacia el futuro en confianza, se desarrolla el verdadero camino de la vida y se experimenta una felicidad duradera. Esto, – lo sabemos -, se aplica a todos, pero las personas más frágiles son como una prueba. La fe es una gran compañera de vida cuando nos permite sentir en primera persona la presencia de un Padre que nunca deja solas a sus criaturas en ninguna condición de su vida. La Iglesia no puede ser “afónica” o “desentonada” en la defensa y promoción de las personas con discapacidad. Su proximidad a las familias las ayuda a superar la soledad en que a menudo corren el peligro de terminar por falta de atención y apoyo. Esto es aún más cierto por la responsabilidad que tiene en la generación y en la formación en la vida cristiana. A la comunidad no pueden faltarle las palabras y especialmente los gestos para encontrar y acoger a las personas con discapacidad. Especialmente la liturgia dominical tendrá que saber cómo incluirlas, porque el encuentro con el Señor resucitado y con la comunidad misma puede ser fuente de esperanza y de valor en el camino, no fácil, de la vida.
La catequesis, en particular, está llamada a descubrir y experimentar formas coherentes para que cada persona, con sus dones, sus limitaciones y sus discapacidades, incluso graves, pueda encontrar en su camino a Jesús y abandonarse a Él con fe. Ningún límite físico o psíquico puede ser un impedimento para este encuentro, porque el rostro de Cristo brilla en lo íntimo de cada persona. Tengamos también cuidado, especialmente nosotros los ministros, de la gracia de Cristo, para no caer en el error neo-pelagiano de no reconocer la necesidad de la fuerza de la gracia que viene de los sacramentos de la iniciación cristiana. Aprendamos a superar el malestar y el miedo que veces se pueden sentir frente a las personas con discapacidad. Aprendamos a buscar e incluso a “inventar” con inteligencia herramientas adecuadas para que a nadie le falte el apoyo de la gracia. Formemos – ¡en primer lugar con el ejemplo! – catequistas cada vez más capaces de acompañar a estas personas para que crezcan en la fe y den su contribución genuina y original a la vida de la Iglesia. Por último, espero que en la comunidad las personas con discapacidad puedan ser cada vez más sus propios catequistas, también con su testimonio, para transmitir la fe  de manera más efectiva.

Gracias por vuestro trabajo de estos días y por vuestro servicio en la Iglesia. ¡Nuestra Señora os acompañe! Os bendigo de corazón y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

Congreso Catequesis y personas con discapacidad
Discurso del Papa Francisco
Sala Clementina, 21 de octubre de 2017

miércoles, 18 de octubre de 2017

Catequesis del Papa sobre la esperanza cristiana ante la muerte


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera poner en contraste la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende cada vez más a cancelar. Tanto que, cuando la muerte llega, a quien nos está cerca o a nosotros mismos, no nos encontramos preparados, privados incluso de un “alfabeto” adecuado para esbozar palabras de sentido en relación a su misterio, que de todos modos permanece. Y sin embargo los primeros signos de civilización humana han transitado justamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto a los muertos.
Otras civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la cara. Era un acontecimiento narrado por los viejos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo de absoluto. Recita el salmo 90: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que nuestro corazón alcance la sabiduría» (v. 12). Contar los propios días es como el corazón se hace sabio. Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando el delirio de omnipotencia. ¿Qué somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro salmo (Cfr. 88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos incluso cien años, al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. ¡He escuchado tantas veces a los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como un soplo”!
Así la muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado lo que era esencial. Y, por el contrario, vemos lo que hemos sembrado verdaderamente bueno: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos sujetan la mano.
Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió «profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo Lázaro.
Y entonces Jesús pide al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un signo que desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.
En otro pasaje los evangelios narran de un padre que tenía una hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). No existe una figura más conmovedora que aquella de un padre o de una madre con un hijo enfermo. Y enseguida Jesús se dirige con aquel hombre, que se llamaba Jairo. En cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y no hay más necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, basta que creas» (Mc 5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado de reaccionar con rabia y desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide custodiar la pequeña llama que está encendida en su corazón: fe. “¡No temas, sólo ten fe!”. “¡No tengas miedo, continúa solamente teniendo encendida esa llama!” Y después, llegados a la casa, despierta a la niña de la muerte y la restituirá viva a sus seres queridos.
Jesús nos pone sobre esta “cima” de la fe. A Marta que llora por la desaparición del hermano Lázaro presenta la luz de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. “Yo no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección y la vida, ¿crees tú esto?, ¿crees tú esto?” Nosotros, que hoy estamos aquí en la Plaza, ¿creemos en esto?
Somos todos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía una vez: “Talitá kum”, “¡Niña, levántate!” (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: “¡Levántate, resurge!” Yo les invito, ahora, a cerrar los ojos y a pensar en aquel momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros piense en su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: “Ven, ven conmigo, levántate”. Ahí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: “¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!”

Esta es nuestra esperanza ante la muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre completamente; para quién duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará. Gracias.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Huellas en el camino: Domingo XXIII T. Ordinario


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Palabra del Señor.

  • Reflexión

En nuestro camino se nos invita a vivir desde la comunión con los hermanos, para ello, tenemos como mapa y guías, las huellas de Jesús que nos encontramos en el evangelio, una llamada a vivir desde la responsabilidad, a interpelar nuestro mundo interior para reconocer en qué podemos estar equivocados. De alguna forma se da una llamada a ayudarnos mutuamente a ser mejores personas, a escuchar al hermano en esa crítica constructiva o lo que siempre hemos conocido como corrección fraterna, aquella corrección que brota desde el  corazón, desde la amistad. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

20171201 Viernes 34 T.Ordinario (01-12-17) #HuellasdeJesús


20171202 Sábado 34 T.Ordinario (02-12-17) #HuellasdeJesús


20171203 Domingo I Adviento (03-12-17) #HuellasdeJesús


20171204 Lunes I Adviento (04-12-17) #HuellasdeJesús


20171205 Martes I Adviento (05-12-17) #HuellasdeJesús


20171207 Jueves I Adviento (07-12-17) #HuellasdeJesús


20171206 Miercoles I Adviento (06-12-17) #HuellasdeJesús


20171208 Inmaculada Concepción (08-12-17) #HuellasdeJesús


20171209 Sábado I Adviento (09-12-17) #HuellasdeJesús


20171211 Lunes II Adviento (11-12-17) #HuellasdeJesús


20171210 Domingo II Adviento (10-12-17) #HuellasdeJesús


20171212 Martes II Adviento (12-12-17) #HuellasdeJesús


20171213 Miercoles II Adviento (13-12-17) #HuellasdeJesús


20171214 Jueves II Adviento (14-12-17) #HuellasdeJesús


20171216 Sabado II Adviento (16-12-17) #HuellasdeJesús


20171215 Viernes II Adviento (15-12-17) #HuellasdeJesús


20171217 Domingo III Adviento (17-12-17) #HuellasdeJesús


20171218 Feria de Adviento 18 diciembre (18-12-17) #HuellasdeJesús